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COLUMNISTAS / Política argentina
domingo 2 agosto, 2020

Cristinismo, macrismo y peronismo

Las últimas elecciones demostraron claramente que la gente no obedece a los candidatos a la hora de votar. Los electores deciden lo que quieren cada vez con más independencia. No importan mucho las sumas de nombres y membretes.

Cristinismo, macrismo y peronismo. Foto: Pablo Temes

Cuando analizamos la política suponemos con frecuencia que la realidad es estática, que la verdad está en textos, que el mundo es nuestro metro cuadrado.  

Los activistas de los 60 creíamos que el imperialismo estaba  en todo lado. Tratábamos de descubrir quién era el candidato favorito de la Casa Blanca para la Presidencia de la Federación de Estudiantes Universitarios para combatirlo. Cuando teníamos problemas con nuestra pareja suponíamos que eran provocados por la Embajada norteamericana y si podíamos le lanzábamos alguna piedra.  La mayor parte del mundo vivía bajo gobiernos comunistas y daba la impresión de que la revolución era inevitable: llegaría pronto y cambiaría el universo.

Pasados los años conocimos Estados Unidos y nos topamos con que pocos sabían que Ecuador y Argentina estaban en Sudamérica, y no había ninguna posibilidad de que el imperio  se interese por nuestras elecciones estudiantiles. En 1990 el comunismo y el imperialismo se esfumaron cuando el capitalismo se divorció de la democracia, apareció renovado con gobiernos autoritarios y el líder de Rusia dejó de ser el líder del proletariado mundial.

Elecciones. Hay categorías y conceptos que pierden vigencia. Sería raro que alguien estudie al Partido Comunista para saber lo que ocurrirá con la política italiana y francesa o que estudie al Falangismo y su influencia en las próximas elecciones españolas. Fueron actores importantes de la política del siglo pasado, pero desaparecieron. En Argentina muchos creen que nuestra historia seguirá girando en torno al eterno enfrentamiento del peronismo con el panradicalismo. Para renovar la interpretación de estas categorías vale analizar los resultados de las elecciones de los últimos años.

Los partidos no nacen cuando el líder firma un acta y la gente grita consignas

En 2003 los partidos históricos se fragmentaron. Carlos Menem encabezó el escrutinio con 25%, seguido por Néstor Kirchner con 22%, Ricardo López Murphy con 16%, Adolfo Rodríguez Saá y Elisa Carrió con 14%. La suma de los votos peronistas llegó a 63%. El Partido Radical, que había ganado las elecciones anteriores, consiguió la votación más pobre de su historia con el 2% de Leopoldo Moreau. Menem, convencido de que no podría ganar la segunda vuelta, renunció a la candidatura y Néstor Kirchner se proclamó triunfador.

Se inauguraron dos décadas en las que los Kirchner fueron los actores centrales de la política argentina. A partir de la muerte de Néstor, Cristina Fernández lideró una fuerza política que ganó la presidencia de la nación en cuatro ocasiones con la misma votación.

En 2007 y en 2011 Cristina ganó la presidencia en una sola vuelta, con el 45% y el  48% de los votos. Llegaron en segundo lugar en el 2007 Carrió con la mitad de sus votos, y en 2011 Binner con un tercio. El peronismo se dividió con la candidatura de Eduardo Duhalde, pero Cristina no perdió nada, sacó tres puntos más. La UCR obtuvo 12% con Alfonsín. Algunos creyeron que Argentina iba al socialismo, pero buena parte de la votación de Binner salió de los barrios menos proletarios de la Ciudad de Buenos Aires.

Pasado reciente. En las elecciones presidenciales de 2015 y 2019 los candidatos  de Cristina repitieron su votación: Daniel Scioli 49%, y Alberto Fernandez 48%, tanto en las PASO, como en la primera vuelta. Siempre anduvieron cerca del 50%, no llegaron a esa cifra, pero tuvieron la habilidad de convencer a todos de que habían ganado arrolladoramente.

Cristina ha representado algo que ha movilizado a casi la mitad de la sociedad. Aglutina a los mismos grupos, la apoya el mismo tipo de electores, no es un fuego fatuo que ilumina una elección y desaparece.

Sería inexacto decir que encarna una ideología. La apoyan feministas radicales y curas anti abortistas, pobristas y terratenientes, personas con grandes fortunas y otros que odian a los ricos, dirigentes casi castristas y otros casi falangistas, peronistas leales a Perón y los que fueron echados de la Plaza de Mayo. Cuando Cristina participó personalmente como candidata, dejó muy abajo a sus adversarios, que no pudieron generar una fuerza política nacional de oposición.

Alternativa. Desde que en 2007 Macri ganó las elecciones para Jefe de Gobierno se fue formando una alternativa en la Ciudad de Buenos Aires. Los partidos no nacen cuando un líder firma un acta mientras sus súbditos levantan el brazo gritando consignas. Tal vez haya sido así antes, o es esa la imagen de la historia política que quedó en algunos cuadros.

Un partido surge cuando un sector importante de la sociedad se siente representado por sus dirigentes y los respalda reiteradamente en las urnas. Todo es dinámico. No todos los fundadores permanecen, llegan dirigentes de otros orígenes, pero para que se forme una organización debe existir una coherencia que antes se expresaba en papeles, estatutos, idearios y hoy se plasma en una liturgia, contextos, imágenes, gestos, actitudes, elementos más complejos que las meras palabras.

En 2007 Mauricio Macri ganó la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, acompañado de Gabriela Michetti con el 57% de los votos. Cuatro años más tarde obtuvo con Maria Eugenia Vidal la reelección con el  64%. Un partido se consolida realmente cuando puede trascender a la figura de su fundador y su familia. En 2015 Horacio Rodríguez Larreta y Diego Santilli triunfaron en la segunda vuelta de la ciudad con el 52%, frente a una buena campaña de Martín Losteau que obtuvo el 48%. En el 2019 Rodríguez Larreta fue reelegido con el 56% en una sola vuelta, cosa que nunca había ocurrido en la Capital. Ni Horacio ni Santilli eran parientes de Mauricio Macri, eran dirigentes con su propia trayectoria.

De esa experiencia y con esa gente surgió lo que suelen llamar el macrismo, que en cuatro ocasiones ganó la Jefatura de Gobierno, ganó en 2015 la gobernación de la Provincia de Buenos Aires con María Eugenia Vidal y la presidencia de la Nación con Mauricio Macri con un  triunfo ajustado: sacó 51% frente al 49% de Scioli.

Superstición. En 2019 las PASO trajeron una sorpresa: contrariando lo que decían todas las encuestas Alberto Fernández ganó con el 48%, frente al 32% de Mauricio Macri. Fernández obtuvo un punto menos que Scioli, pero ganó las elecciones porque Macri perdió el apoyo de la clase media fastidiada con su política económica.

Muchos dicen que la gente vota a ganador. Es una superstición no compartida por ningún consultor profesional. En esta ocasión esa hipótesis se puso a prueba como nunca: el resultado de las PASO convenció a todos de que Fernández había ganado y parecía inevitable que creciera la distancia con Macri. Algunos plantearon que era mejor que diera un paso al costado y apoyara a Lavagna. Esa propuesta partía de la idea de que la gente obedece a los candidatos. Nosotros partimos del hecho de que los electores deciden lo que quieren cada vez con más independencia. No importan mucho las sumas de nombres y membretes.

Preguntamos: ¿qué representaba Lavagna para la mayoría de los votantes de Juntos para el Cambio? ¿Qué representaba para los “macristas” que a lo largo de veinte años apoyaron al proyecto en la ciudad, la provincia y el país? ¿La gente votó por esos candidatos porque le gustaban los globitos o estos eran solo herramientas para comunicar un mensaje?

En la primera vuelta Fernández mantuvo el  mágico 48% y Macri subió a 40%. Incrementó significativamente su respaldo a pesar de que nadie creía en su triunfo y la mayoría de sus votantes estaba enojada con su manejo económico. Ni carro ganador, ni la economía. Fue la primera campaña presidencial importante que se ha hecho con la autoconvocatoria de los votantes. Una premonición de los tiempos que se vienen.

Los electores definen ahora lo que quieren en forma cada vez más independiente.

Listas. En 2009 el Frente para la Victoria de la provincia de Buenos Aires lanzó una lista encabezada por Néstor Kirchner, que incluía a Daniel Scioli, Sergio Massa, el Chino Navarro y otros dirigentes de prestigio. Probablemente es la lista más poderosa que haya participado en una elección para diputados en la Provincia. La lista macrista estuvo encabezada por Francisco de Narváez, un personaje con dotes extraordinarios que era poco conocido. Apoyaron en la publicidad Macri y Michetti, que tampoco eran muy populares pero simbolizaban lo distinto, lo nuevo, el futuro. De Narváez ganó con 35%, el Frente para la Victoria obtuvo 32% de los votos. La conmoción fue tan grande que se rumoreó que Cristina renunciaría a la Presidencia de la Nación.

En 2007 encabezó la lista de candidatos a diputados por la Provincia Cristina Fernandez. Circulaban  mitos como que su figura caía cuando le procesaban, subía cuando se callaba y se movía por otros motivos. Seguimos por años la evolución de su imagen con distintas encuestas comprobando que era casi inmutable. Sus electores no la apoyan porque un juez la procesa o porque otro la sobresee. Creen en ella por razones que no pasan por Comodoro Py.

Dada su trayectoria se produjo  otra sorpresa. Esteban Bullrich obtuvo el primer lugar con 41%, Cristina el segundo con 37%, y Massa el tercero con 11%.

Esteban y los demás candidatos de Juntos por el Cambio hicieron un excelente trabajo de equipo. Demostraron el valor de ese ingrediente de la nueva política que depende menos de líderes mesiánicos. María Eugenia Vidal se puso al hombro la campaña y la dirigió con enorme profesionalismo. Su aporte fue central.

Hay una tarea pendiente para comprender la realidad política argentina. Necesitamos analizar con objetividad qué significan el “cristinismo”, el peronismo y el “macrismo”. Plantearemos algunas hipótesis en nuestra próxima nota.

 

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.


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