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COLUMNISTAS / INTELIGENCIA ARTIFICIAL
sábado 6 octubre, 2018

De Talos a los robots colaborativos

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por Alejandra Litterio

default Foto: CEDOC

La domesticación de las fuerzas naturales y el intento por imitar lo humano son constituyentes primigenios esenciales  en  el nacimiento de los “autómatas”, fenómeno reflejo de la creación divina, según la tradición talmúdica. Ficción o realidad, los autómatas se encuentran desde el inicio de los tiempos transmutándose hasta el limbo tecnológico cognoscitivo de formaciones arquitecturales interactivas inteligentes de nuestros días.
La imagen retrospectiva en la búsqueda de indicios nos remonta a la Grecia Antigua con Talos, el coloso de bronce, guardián de la Creta minoica, creatura de Hefestos así como las primeras nociones de los seres mecánicos y la referencia incipiente a la robotización. El auge de la tecnología de la Antigüedad y la ambición de emular a los seres vivos se cristalizaron durante el Renacimiento con los escritos de Ctesibius, Philon y Heron, que ejercieron gran influencia en el pensamiento científico de una nueva época. La fascinación por reproducir una forma mecánica responsiva a la acción nos lleva hasta la Euphonia de Faber, una máquina capaz de replicar el habla humana.
Todos estos mecanismos apócrifos diseñaron la escenografía perfecta para el desarrollo más significativo del siglo XXI: la “cibernética de lo humano” más allá de los humanoides y los robots colaborativos.
La problemática se gesta en torno a las “inflexiones materiales” de la realización automática con aplicaciones prácticas que conducen a la producción de complejos dispositivos para alcanzar el fin último de su creador: la automatización, con una contracara la “simplificación de la labor humana”. En 1847, Helmhotlz, escribía: “No intentamos construir seres capaces de llevar a cabo miles de acciones humanas, sino máquinas capaces de ejecutar una única acción que reemplace aquella de miles de humanos”. Así la automatización estaba pensada en términos de beneficios aumentando la productividad económica. En la era de los autómatas, los dispositivos se asemejaban a los humanos. Con la Revolución Industrial, las máquinas ya no proyectan la imagen de sus creadores sino sus funciones. El rol del humano queda reducido y cobra primacía la máquina, se produce un cambio y una ruptura de escala.
Como habrá observado el lector, el advenimiento de la inteligencia artificial y la robótica, con la consiguiente modificación en el ecosistema laboral, el desfase y la ruptura, data de un largo recorrido histórico cuya génesis se encuentra en la Creación.  
Podría pensarse, contrario a la creencia popular, que si bien la innovación tecnológica producirá indefectiblemente un impacto crítico en el tejido de nuestras vidas, no representa una amenaza. No es esperable una reacción ludita como la del s XIX. No somos neandertales tecnófobos, aún cuando puedan existir detractores. En la cotidianeidad, nos asemejamos a un artificio, un ser social tecnológicamente traspasado y mimetizado.
De cara al futuro, el mundo como lo conocemos propiciará “lugares comunes” donde robots y humanos compartirán el mismo espacio y realizarán diferentes tareas de manera colaborativa, un nuevo paradigma de relaciones metonímicas que inviste los lazos entre el hombre y la nueva especie: el autómata cobotizado.
Pero, hoy, al parecer, “el problema con las categorías es que están enraizadas en una división nosotros/ellos, que es a la vez binaria y etnocéntrica, cada uno de estos hechos es limitativo de un modo propio.” (Goody, 1985).

*Linguista.


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