COLUMNISTAS

De Watergate a WikiLeaks

El rostro de Assangeparece reflejar los síntomas de esos presos de largas condenas que enferman cuando les falta sol.

Assange: reportaje en la Embajada de Ecuador en Londres.
| Bruna Fontevecchia

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Hace poco más de un mes, publicaron una nota titulada “Quizás sería mejor que usted no leyera esta nota en un wi-fi abierto”, realizada por un periodista profesional del sitio holandés Decorrespondent.nl, especializado en periodismo de investigación. Su autor, Maurits Martijn, llevó a un hacker a un café de Amsterdam y en veinte minutos supo dónde habían nacido todos los que estaban usando sus celulares, a qué colegio habían ido, las últimas cinco búsquedas que habían hecho en Google, para luego pasar al nombre, los passwords, la orientación sexual, los hobbies, la ocupación, los problemas de relación y, dependiendo del tiempo, podía seguir al infinito.

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Que sigamos usando esos mismos proveedores, a pesar de las denuncias de Snowden y WikiLeaks, ampliadas y difundidas por todos los medios de comunicación del mundo, sobre que la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos graba e intercepta todas las comunicaciones realizadas a través de Google, Facebook y todos los mensajes, más aún los hechos por celulares con sistema operativo Android, es un indicativo del poder y la posición dominante que detentan.  

Ya desde una perspectiva periodística, en una era en la que la tecnología permite el almacenamiento de millones de informaciones en un espacio muy pequeño y de transmisión instantánea, es de suponer que habrá en el futuro sin parar listas, mails, documentos de todo tipo que se darán a conocer por personas que, más allá de sus motivaciones, estén en contacto con esas informaciones, y el periodismo de investigación, más que nunca, podría ser un periodismo de arrepentidos que apretando un botón enviaran todas las pruebas.

Y desde el punto de  vista ético, cuando se hace más difusa la frontera entre periodista y hacker (hay encuentros mundiales entre ambas profesiones organizados por Hack-Hackers), se podría decir que la diferencia entre periodismo y otra actividad donde la obtención de la información de verdadero interés público podría ser condenable, como el espionaje y las agencias de inteligencia privada, es que en el periodismo se busca ese tipo de información para hacerla pública mientras que en los otros casos para que alguien se la adueñe como una mercancía.

De estos temas, digamos de la ontología del periodismo y su futuro, consta el reportaje de más de dos horas, que –completo y textual– publica hoy PERFIL, al fundador de WikiLeaks, Julian Assange, realizado en la Embajada de Ecuador en Londres, donde se encuentra asilado desde hace más de dos años.

El Assange que vi ya no tiene el rostro fresco y juvenil. Vive confinado en un pequeño espacio dentro de una pequeña embajada que ocupa un semipiso en un pequeño edificio de Londres, exactamente frente a Harrods. Enterado de que yo también había dormido en los sillones de una embajada cuando me asilé en la de Venezuela en Buenos Aires durante la última dictadura militar, Assange me preguntó insistentemente si la embajada donde yo estuve tenía jardín porque yo le entendía garden por guardian sin imaginar que podía resultar tan importante un jardín. En la puerta de la embajada donde está Assange hay varios policías ingleses y, sólo en la guardia oficial que le montaron, el gobierno inglés ya lleva gastados 8 millones de libras (más de 12 millones de dólares). Pero el rostro pálido y cansado de Assange y su pelo más blanco que nunca parece reflejar los síntomas de esos presos de largas condenas que enferman cuando les falta sol.

Quizás, seguramente, esté más sabio y este largo encierro (previamente pasó otros dos años de arresto domiciliario) le haya permitido reflexionar más trascendentalmente. Apenas un consuelo del encierro.

Su mirada del periodismo coincide en muchas de las críticas que el kirchnerismo hace a “los medios hegemónicos concentrados”, “la corpo”. Pero el lector que resista hasta el final los 70 mil caracteres del reportaje verá que, aun discrepando a veces con Assange, se le debe reconocer una hondura muy diferente a la del periodismo militante.

Su actual preocupación, plasmada en su último libro, es Google como herramienta de control del sistema de seguridad norteamericano. Pero hay una paradoja, porque la misma tecnología que le permite al gobierno de Estados Unidos el control de la vida de las personas también permite que se aumente la transparencia y la lucha contra la corrupción con el periodismo de datos y plataformas como WikiLeaks.

Y no es únicamente Estados Unidos; un país mediano como la Argentina, sólo con diez millones de dólares por año, podría comprar un equipo de Dastec para grabar todas las llamadas telefónicas, los mails y SMS; porque ya resulta menos costoso grabar a todos que seguir a pocos.

Otro aspecto interesante es la comparación entre las filtraciones de la guerra en Irak de WikiLeaks y la divulgación en los años 70 de los llamados “Los papeles del Pentágono sobre Vietnam”. En aquella oportunidad, al empleado que fotocopió los papeles lo absolvieron y varios periodistas ganaron premios Pulitzer  difundiéndolos. Hoy, quien filtró los datos de la guerra en Irak, Branley Manney, está condenado a 35 años de cárcel y el fundador de WikiLeaks, bajo asilo, mostrando cuánto se redujo el valor del periodismo desde Watergate hasta hoy, y más aún en Estados Unidos, que tras el  ataque a las Torres Gemelas directamente descarriló en materia de libertad de expresión y derechos humanos.