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Con el –cada día más actual– título “La tiranía de los derechos”, el gran ensayo del pensador canadiense Brewster Kneen, fue pionero al momento de entender el éxito de las estrategias transnacionales que un grupo de grandes corporaciones dedicadas a los agronegocios viene llevando a cabo en países como Canadá, Brasil o Argentina. Editado en castellano por Waldhuter, es descrito como un trabajo que aporta, mediante datos concretos, “a un debate que lleva casi dos siglos: el de los Derechos como manera de sometimiento y colonización” y “un recorrido crítico por la retórica sobre los derechos en la tradición euro-norteamericana, y cómo es aceptada y aplicada sin ponderar sus (deliberadas) contradicciones”.

La cuestión de los agronegocios, el ambientalismo o las tardías vindicaciones a la Pachamama y sus diferencias con el ecologismo real, fue pasto de varias de estas columnas, pero no está de más repetir uno de los ejemplos más claros de la relación entre colonialismo y alimentos tratada en el libro de Kneen: casi todo lo que compramos en verdulerías y carnicerías de Argentina no es apto para consumo humano en varios países de Europa, debido al altísimo grado de elementos contaminantes que intervienen en los procesos productivos. ¿Por qué unas regiones deben comer alimentos prohibidos en otras, sí, según los organismos de control internacional, todas tienen los mismos derechos? Y el problema opera en otras escalas porque tanto las verduras y frutas orgánicas como la carne libre de feedlot son inaccesibles para las mayorías, trazando un sistema de castas alimentarias en una sociedad que insiste globalmente con verse a sí misma como promotora de la igualdad de derechos entre las personas. ¿No está mal que en las llamadas democracias periféricas se aceptan condiciones delineadas en países primermundistas que no acatan esas mismas condiciones? Éstas y otras preguntas son respondidas con creces por Kneen, a contramano de los papers con los que gobiernos y multinacionales justifican el uso de venenos sospechados de cancerígenos en función de “terminar con el hambre”. Pero lo cierto es que desde que estos recursos comenzaron a usarse localmente durante el gobierno de Menem, primero, y luego en forma mucho más indiscriminada durante el kirchnerismo, el macrismo y este nuevo avatar de nuestra política que representa Milei, el hambre parece lejos de terminarse. La pasión sojera de lo que algunos siguen llamando “década ganada” no dio rédito a mediano o largo plazo y, actualmente, los campos de nuestro país requieren de pesticidas y agroquímicos cada vez más potentes, para seguir trabajando. El daño ya está hecho, y fuera de ciertos grupos minoritarios no se habla de él o ¡lo que es peor! se discute a la luz de una agenda internacional que se pretende cuidadosa del medio ambiente y las vidas humanas y animales, pese a estar coordinada con intereses de grandes empresas que no son sancionadas por sus acciones contaminantes. Pero hay quienes, como se dice del libro de Kneen, buscan “denunciar simulacros participativos en una larga serie de instituciones y organizaciones que, bajo el amparo de títulos ostentosos y no pocas veces invocando derechos humanos (al agua, a la alimentación, al libre acceso a la información, entre muchos otros), terminan fomentando más dependencia”.  

Es que la palabra “derechos” se fue convirtiendo en una suerte de invocación disponible para todo, aunque la equidad que supone no se confirme ni en cuestiones menores de la discusión pública, donde se habla de ellos sin parar. “CFK tiene derecho a invertir en la movida de Galperin” me decía un amigo fan de la expresidenta tras años de putear a Mercado Libre. “Milei tiene derecho a acusar a quien quiera en las redes”, afirmaba un joven libertario en YouTube con la misma lógica. Tanto en nuestra vida cotidiana, poblada de temas menores y distractivos que captan la atención popular como si fueran de vida o muerte, como en las cuestiones genuinamente importantes e, incluso, determinantes en la calidad de la vida futura, hemos permitido que los derechos se transformen en algo flexible para quienes tienen poder, dinero, o ambos, mientras que, para el resto, van desapareciendo o convirtiéndose, como dice Kneen, en tiranos al servicio de causas que sólo benefician a unos pocos.