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COLUMNISTAS / desigualdad
sábado 26 enero, 2019

Dos rostros de un mismo mundo

Si la desigualdad contribuye a "envenenar" el clima antipolítico, la brecha entre ricos y pobres está contribuyendo peligrosamente a fogonear un autoritarismo en ciernes.

por Bernarda Llorente

Davos. Bolsonaro fue una estrella fugaz y Dujovne habló ante un auditorio desinteresado. Foto: AFP
sábado 26 enero, 2019

Sucedieron de manera simultánea y son la contracara de un orden económico mundial entre aquéllos que dictan sus normas y quienes advierten sobre sus consecuencias. El frío invierno de Davos llegó a las deliberaciones de un Foro opacado por ausencias importantes e impregnado de proyecciones pesimistas acerca de la ralentización del crecimiento y la profundización de disputas y conflictos entre sus grandes protagonistas. Con menos glamour, pero mucha rigurosidad en sus estadísticas, Oxfam –la ONG internacional de origen británico especializada en desigualdad y pobreza– salió a cruzar la ortodoxia de una Cumbre que repite sus “recetas”, en un intento por replantear algunas variables de un modelo en crisis. Como una especie de “álter ego” que trata de repiquetear en la conciencia del “Club de los poderosos y billonarios”, para Oxfam el desafío no está en producir más riqueza, sino en cómo repartir la existente.

Durante 2018 la fortuna de los “mil millonarios” creció un 12%, a un ritmo de 2.500 millones de dólares al día. Correlativamente, la participación de la mitad más pobre de la población mundial, cerca de 3.800 millones de personas, decreció un 11%. Tan solo 26 billonarios –en 2017 fueron 47– concentran tanta riqueza como la mitad de la humanidad. Semejante desigualdad abruma. En su informe anual que publica en coincidencia con Davos, la ONG señala que “los ricos son más ricos y los pobres más pobres” y subraya que “las sociedades se polarizan a costa de un achicamiento de la clase media, especialmente de la clase media-baja”. No es casualidad, entonces, que “hartazgo” sea la palabra que repiten en todos los rincones de Francia los chalecos amarillos, quienes supieron tener una vida sin sobresaltos gracias al Estado de Bienestar y que Macron pauperizó en sus intentos reformistas.  

Jair Bolsonaro prometió ir más lejos. Llegó a Davos con los temores de un primerizo, intentando sortear el examen ante una gobernanza mundial que sabe dónde y cómo apretar las clavijas. Fue una estrella fugaz con sabor a poco. Su breve discurso –leído con dificultad durante 7 minutos cuando podía extenderse a 45– decepcionó a quienes creyeron ver en él la impronta de un líder que no logra despuntar en la región. Esquelético desde lo conceptual, apeló a una verba demasiado ideologizada para un auditorio ávido, numérico, impaciente.  

Las 26 personas más ricas del mundo concentran más del 50% de la riqueza mundial

Tanto mejor no parece haberle ido a Nicolás Dujovne, quien habló ante un auditorio desinteresado y monologó ante un puñado de periodistas que no parecían preocuparse por ejercer el arte de la pregunta. Hace apenas tres años, Macri fue recibido con expectativas que su gestión volteó abruptamente. Hoy, de cara a la reelección, pretende recobrar una confianza nunca ganada del todo, y definitivamente perdida.    

No hay demasiados misterios a develar para Oxfam acerca de los crecientes números de desigualdad y pobreza. La magnitud de la “grieta” social que aparece en los indicadores y se corrobora en las protestas tiene relación directa con el grado de incidencia de las élites en el manejo del Estado y de las políticas públicas. La “ceocracia” o “plutocracia” no solo ha llevado a la “economización” en las formas de concebir la sociedad y la política: también busca imponer una lógica en la cual se castiga el trabajo –con precarización, bajos salarios, cargas impositivas, desempleo– y se premia la riqueza con negocios, concesiones, leyes, decretos y privilegios en materia fiscal y tributaria.

A contramano del FMI o de los slogans de “cambio”, los expertos que proponen un mundo menos desigual y más justo no lo ven posible sin una intervención activa del Estado para menguar tanto desequilibrio. Sortear la distancia que separa a un ser humano de la sobrevivencia al de la existencia puede requerir cuatro generaciones o hasta 120 años. La pobreza y la riqueza se heredan, y poco tienen que ver con “teorías” hoy en boga que confunden “igualdad” con meritocracia.

Si la desigualdad contribuye a “envenenar” el clima antipolítico, la brecha entre ricos y pobres está contribuyendo peligrosamente a fogonear un autoritarismo en ciernes.

*Politóloga. Experta en Medios, Contenidos y Comunicación.


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