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los muertos

El aire en llamas

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Los diarios titularon “El peor de los finales: los muertos son veintiuno”. Una puede decir qué horror, qué espanto, pobre gente, y quedarse en paz. Eso no sirve. Nada sirve, ni siquiera lo que dicen los que una sabe que enfrentaron la sabiduría, la compasión. Fue Aristóteles quien dijo: “La imaginación es una tenue percepción”. Y una traspone todas esas palabras, va un poco más allá del aire sutil que envuelve lo que se dice en duelo y trata de ver el cuadro de veintiún muertos en catástrofe, todos distintos, gordos y flacos, jóvenes y viejos, vestidos de otras maneras, manos agarrotadas, pieles quemadas, órbitas ensanchadas en el terror, y quiere por eso volver a los titulares, a la defensa que despliega el sonido de lo que se habla y se dice y a nada más. “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”, escribió en un poema José Martí. Qué solos. Ni usted ni yo podemos acompañarlos. Nadie. Ni los hijos que tuvieron ni los amigos que ganaron y ni siquiera los rivales, los adversarios, los enemigos si se los ganaron en un trueque siniestro, nadie. Qué solos los veintiuno y qué solos los que quedaron para llorarlos. Y no sabremos nunca de la sorpresa seguida de comprensión y espanto, del gesto para tratar de abrazarse a alguien, del grito que no llegó a salir de la garganta, del recuerdo que surgió quemante como si pudiera convertirse en ancla para sujetarse al mundo. No sabremos qué pensaron, qué les dolió ya no en el cuerpo sino en la esperanza, a quién llamaron sin decirlo. Silencio nosotros, que nos han robado a veintiún hermanos.