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escándalo en el reino unido

El caso Roald Dahl o de cómo la corrección política terminó convirtiéndose en un negocio millonario

Las obras del escritor británico, que desde años son el regocijo de los lectores más jóvenes, sufrirían pequeños cambios: el sello Puffin Books, responsable de la edición de los libros del escritor fallecido en 1990, en connivencia con los herederos del autor, hizo leer sus libros por un grupo de “lectores sensibles” que señalaron aquellos términos que debían ser eliminados porque ofendían a una minoría (en algunos casos, a varias mayorías, dependiendo dónde se lea). Algo así como la traducción de una lengua a la misma lengua. Una política que no adoptará el sello Alfaguara, que publica sus libros en español.

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Voces. De izq. a der.: Rishi Sunak, Philip Pullman, Camilla Parker y Salman Rushdie. Arriba: Roald Dahl. | cedoc

La noticia: los libros del escritor británico Roald Dahl (1916-1990) fueron revisados y modificados para futuras ediciones eliminando cualquier lenguaje ofensivo. El motivo, según un vocero de The Roald Dahl Story Company –administrador de los derechos de autor–, “asegurarse de que todos los niños sigan disfrutando las maravillosas historias y personajes de Roald Dahl”. Dicha fuente aseguró que el análisis de los textos comenzó en 2020, antes de que Netflix comprara la compañía con el objeto de producir una nueva generación de películas basadas en los libros del autor. La “limpieza” de las páginas contó con la supervisión de la editorial Puffin Books, una división de Penguin Random House, y estuvo a cargo de lectores “sensibles” que aportó el colectivo Inclusive Minds, que dice trabajar para hacer que la literatura infantil sea más inclusiva.

La resonancia de Dahl se encuentra de lado del cine, películas como Matilda (1996) –dirigida y protagonizada por Danny DeVito– y Charlie y la fábrica de chocolate (2005), dirección de Tim Burton, con la actuación de Johnny Depp y Helena Bonham Carter. La primera apenas recuperó el costo de producción, pero la segunda lo triplicó y recaudó más de 475 millones de dólares, sin contar ventas de merchandising y otros derivados de la franquicia.

La corrección de páginas consistió en suplantar las expresiones sobre y desde los personajes respecto de peso, salud mental, género y raza; incluyendo violencias de todo tipo. Ejemplos: la palabra “gordo” (fat) se eliminó de todos los libros. Mrs. Twit, ya no es “fea y bestial” (ugly and beastly), sino “bestial”. En el mismo tono: “Una extraña lengua africana” (weird) ya no figura como extraña. Las palabras “loco” y “desquiciado” se eliminaron. En Matilda, donde se leía: “Consigue a tu madre o padre”, ahora se lee: “Consigue tu familia”. Y un abrigo ya no es negro, mientras que quien queda “tiesa como una estatua” (still as a statue) ahora luce “blanca como una sábana” (white as a sheet). La lista es tan larga como absurda.

Las secuelas fueron una catarata de expresiones en contra. Incluso las encuestas entre los abonados a los diarios británicos expresaron el 98% de desaprobación para semejante acto censor. Salman Rushdie publicó en Twitter: “Roald Dahl no era un ángel, pero esto es una censura absurda. Puffin Books y los encargados del legado de Dahl deberían estar avergonzados”. La poca santidad de Dahl es que era un antisemita, y llegó a decir: “Hay un rasgo en el carácter judío que provoca aversión... Quiero decir que siempre hay una razón por la cual lo anti-algo crece en cualquier sitio; incluso un apestoso como Hitler no los escogió a ellos sin razón”.  En 2020, antes de cerrar la venta con Netflix, los herederos de Dahl pidieron disculpas por las expresiones antisemitas del autor, treinta años después de su muerte, sinceridad que opacan los intereses de estos por 300 millones de libros vendidos y traducidos a 68 idiomas.

Sir Philip Pullman, autor de la trilogía juvenil La materia oscura, dijo a BBC Radio 4 que sería mejor “dejar que se desvanezcan” los libros de Dahl antes que reescribirlos si se consideran ofensivos. “Si Dahl nos ofende, que se agote. Lean a todos estos autores maravillosos que escriben hoy, que no reciben tanta atención debido al enorme peso comercial de personas como Roald Dahl”. También afirmó que no se trata de un estilo literario valioso, clásico y universal, es decir, no es Oliver Twist; en sí, lo sepultó por segunda vez.

El primer ministro británico Rishi Sunak expresó a través de su vocero: “Es importante que las obras de literatura y los trabajos de ficción se preserven y no se editen”. Y agregó: “Siempre hemos defendido el derecho al libre discurso y expresión”. La corona no se quedó atrás, y la reina consorte, Camilla, acompañada por el rey Carlos III, organizó una recepción para celebrar el segundo aniversario de La Sala de Lectura. Allí dijo: “Manténganse fieles a su vocación, sin obstáculos por parte de aquellos que deseen restringir su libertad de expresión o imponer límites a su imaginación”. No sin antes citar a John Steinbeck, premio Nobel de Literatura en 1962. Un tiro por elevación para el conglomerado editorial que publica al príncipe Harry y también a Dahl.

El escándalo mediático llegó a nuestra lengua: la editorial Alfaguara comunicó que no piensa corregir las ediciones en español. Esto porque el fenómeno no es solamente un acto de locura censora. Hay algo más, que supera el ámbito del libro: se trata de la batalla entre las plataformas de contenido audiovisual. Netflix suplantó a los herederos de Dahl y el 15 de diciembre de este año se estrenará Wonka, dirigida por Paul King, precuela de la citada Charlie y la fábrica de chocolate, de Tim Burton. Este escándalo precalienta la taquilla: otros 450 millones justifican cualquier esfuerzo mediático. Mientras tanto, HBO emite una serie que es un verdadero éxito: The Last of Us. En un mundo plagado de zombis infectados por un hongo, la niña inmune deriva por el territorio protegida por un Mad Max biempensante, y ambos frecuentan la diversidad inclusiva en cada capítulo. Netflix da respuesta lavando la cara a los libros de Dahl, es su inversión.