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COLUMNISTAS / palabras
viernes 9 noviembre, 2018

El Negro de Banyoles

Estoy en Girona, que es (no sé si sigue siendo) la ciudad española con mejor nivel de vida. O eso mienten los gerundenses.

por Rafael Spregelburd

El Negro de Banyoles. Un pigmeo, un cadáver embalsamado (mis amigos se autotraducen diciendo “disecado”, como si se tratara de un damasco), cazado en plena faena de descubrimiento y exhibido como rareza en el museo. Foto: Captura

Estoy en Girona, que es (no sé si sigue siendo) la ciudad española con mejor nivel de vida. O eso mienten los gerundenses. Allí la vida está hecha a escala humana, se camina a todos lados y cada encuentro es posible. Mis queridas actrices Cristina Cerviá y Meritxell Yanes montan una maravilla llamada Llibrálegs, mezcla entre “llibres” (libros) y “diálegs” (diálogos): escenas sobre la ominosa relación entre humanos y libros. La obra no se hace en teatros sino en bibliotecas y no hay más artificio ni tecnología que la palabra.

Una de las autoras, Claudia Cedó, es de Banyoles. Su pueblo es tristemente célebre por dos cosas: una es la laguna en la que se dio vuelta un catamarán lleno de jubilados franceses. A Claudia la sacaron de clases para que fuera a ayudar en el rescate. Querían intérpretes que pudieran hablar francés. Cuando llegaron, no había nada que interpretar: los jubilados se habían muerto. A solo dos o tres metros de la orilla.

El otro hito era el Negro de Banyoles. Un pigmeo, un cadáver embalsamado (mis amigos se autotraducen diciendo “disecado”, como si se tratara de un damasco), cazado en plena faena de descubrimiento y exhibido como rareza en el museo

El otro hito era el Negro de Banyoles. Un pigmeo, un cadáver embalsamado (mis amigos se autotraducen diciendo “disecado”, como si se tratara de un damasco), cazado en plena faena de descubrimiento y exhibido como rareza en el museo. Las niñas daban la vuelta al escaparate porque desde cierto punto, como pasa con Rodin, al pigmeo se le veía el miembro debajo del taparrabos. La exposición del cadáver insepulto siempre causó desasosiego. Hace poco se resolvió devolverlo humanitariamente a su lugar de origen (el Africa ignota) y darle sepultura. Pero la ira de Hades ungió al Negro: hay diarios que afirman que el sitio en el que fue enterrado lo azotó la sequía. Otros diarios que afirman que al Negro se lo quedó un anticuario y que está en venta.

En La Plata, creo, se exhibieron también unos indios patagones hasta entrado el siglo pasado. Una curiosidad sin nombre, blanca y científica, prefirió ver lo exótico antes que un muerto. O podríamos pensar que a un muerto se lo puede llamar con varias palabras. Son todas inexactas.


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