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COLUMNISTAS / reaccion posderrota
sábado 17 agosto, 2013

Ella no cambia

Más de lo mismo en la cumbre acuerdista con empresarios y sindicalistas. Fuga al massismo.

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Congestión de vuelos privados para este miércoles rumbo a Río Gallegos. Son invitados de Cristina a un debate-acuerdo, tipo pacto social de Gelbard, en el episcopado de esa ciudad. No parece casual el lugar, como en los tiempos de Fernando de la Rúa, cuando la Iglesia y hasta algún asesor de la ONU programaban diálogos para ver si la Argentina no estallaba en pedazos. O para que el estallido, al menos, tuviera una bendición. En este caso, el cónclave apunta a disimular goteras y el olor a humedad en el Gobierno luego del aguacero electoral del domingo. Insólito: parece que la Presidenta ignorara los ominosos agujeros del techo. Revuelo entonces para la primera página de los diarios, para que Cristina imponga su agenda –en oposición a la de los medios concentrados– y, sobre todo, para demorar con humo el viaje directo a Tigre que han empezado a realizar dirigentes de distinto signo. Impedir, en suma, la diáspora, la jubilación obligatoria que Massa parece imponerle a buena parte del kirchnerismo.

Viajan Héctor Méndez por la UIA y Jorge Brito por los bancos, como si la doctora los hubiera elegido para “profundizar el proyecto”, luego de haberlos denunciado como retardatarios del mismo. Los convoca, según la jerga oficial, como titulares de un equipo fantasma (al que Luis D’Elía difama con encomio), cuyos suplentes (Massa) son los que juegan el partido y hasta lo ganan por goleada. Y se olvida la mandataria de la invitación de otros empresarios más poderosos y significativos de grandes compañías, más que titulares en la Premier League, del mismo modo que excluye a quienes suelen pagar la cuenta del gasto estatal, los barones del campo. Pero, hasta allí, no puede descender Ella: es de mal gusto discutir con productores agropecuarios; para su nomenclatura, son las damas de beneficencia que combatía Evita.

Organiza sin gran esfuerzo Julio De Vido, ansioso para que cedan las versiones de su renuncia. Quiere ser el último en apagar la luz, sabe que una vez separado de la nómina oficial –como Ricardo Jaime– la defensa en los juicios se vuelve más trabajosa, se pierden las amistades. Se ayuda el ministro en otro colaborador de la zona, Gerardo Ferreyra, uno de los empresarios dueños de Electroingeniería, grupo que en el kirchnerismo logró una prosperidad inusitada y, ahora, trata de que no se le evapore la gracia concedida para realizar en Santa Cruz una de las represas más caras de la historia. Formidable licitación que, al revés de lo que se piensa, ganó no tanto por la amistad con Carlos Zannini, sino por la voluntad gubernamental de lastimar intereses brasileños (entre Dilma y Cristina se vive más guerra que paz) y de no pegotearse con otros oferentes como Lázaro Báez y Cristóbal López. Hay que ser un especialista en el tema para superar a ese par de Usain Bolt sureños.

Con la misma voluntad de ayuda de Méndez y Brito puede llegar, también en su avión propio, un permisionario que cotizó en la misma obra y también fue apartado, habituado en otros tiempos a cerrarle los ojos a otros mandatarios, metafóricamente hablando, y dispuesto a algún resarcimiento o al menos para que le concedan la habilitación del catering para los trabajadores del emprendimiento. Nadie que vaya al Sur, desde el miércoles, deseará volver con las manos vacías. No corresponde.

Para completar la fiesta, obvio, se requieren sindicalistas de ocasión. Nadie mejor que el constructor Gerardo Martínez, tan aplicado antaño con Domingo Cavallo en los 90, por no citar otros servicios previos a la comunidad; y, por supuesto, el metalúrgico Antonio Caló, quien al fin parece encontrar un espacio bajo el sol o las lámparas de la televisión de Canal 7, lejos ahora del taxista Omar Viviani, su principal socio en la CGT oficial, el mismo que hace 48 horas y como consecuencia de los resultados electorales les recordó a sus colegas gremiales una norma de oro en la profesión: siempre tenemos que estar con los que ganen. No es por conveniencia, sino por el interés de los trabajadores que representa.

Habrá otros asistentes y testigos que, sin decirlo, no desean perderse este acontecimiento cristinista, esa declarada búsqueda del diálogo entre los argentinos, procedimiento al que suele apelar en forma transitoria cada vez que pierde. En este caso no invita políticos, sólo a media docena de empresarios y sindicalistas que recorrerán también glaciares y hotelería, imbuidos ante la prensa con el espíritu de los que firmaron el Pacto de la Moncloa.

Así de trascendentes serán Méndez y Brito, a quienes Ella objetó en público como si fueran enemigos de la Nación y como si los hubiera conocido ayer. Uno estuvo durante varios años en la UIA y el otro afianzó su banco y hasta celebró operaciones inmobiliarias con el matrimonio oficial. Uno, seguramente, para no reiterar el papel de Gilberto Montagna en los últimos meses de Raúl Alfonsín, volcará reclamos tangibles de su sector y, a cambio, prometerá extender las preocupaciones del Gobierno a su organización. Es dudoso que suscriba un documento sin consultar a sus pares: ya no quedan protagonistas, menos si fueron devaluados en anteriores filmes. Por su parte, un menos diplomático Brito –aunque concesivo siempre, al igual que Méndez–, como fanático del boxeo podrá decirle a su interlocutora, luego de haber soportado los mamporros: “Esto es todo lo que tenés”.
Ambos compartirán, en su repertorio de quejas, un aluvión de críticas a Guillermo Moreno, el fabricante de dislates más reconocido del país. Es el muñeco a castigar por un lado, y a defender por el otro. Parte del juego. Como si los que lo denuncian por ineficiente e incapaz no supieran que el funcionario cumple al pie de la letra todo lo que le ordena la Presidenta. Tan disgustados se muestran los futuros visitantes a Santa Cruz que, más de uno supone que Brito (dicen que alguna vez se subió al cuadrilátero del Luna Park con guantes y pantalón corto) esta vez no parece dispuesto a colaborar publicitariamente con esa “pelea del siglo” que sólo puede recibir ese título en el subdesarrollo más extremo, en el que un custodio de Moreno –el empresario ad hoc “Acero” Cali– se medirá en apariencia con otro deportista de la especialidad, un género que se considera el Vale Todo. Ideal para el secretario de Comercio. Y para todos aquellos que imaginan un cambio en las costumbres, pensamientos y relaciones de Cristina.


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