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En lugar de tercera vía, la tercera y la cuarta

Bandera argentina
Bandera argentina | Pablo Temes

Continúa de ayer: “Economía, coronavirus y elecciones” 

 

Martín Lousteau dice que no entiende por qué el ala dura del PRO se ofende cuando él sostiene que el legado de largo plazo de Macri es haber instaurado un bicoalicionismo alternante como sistema político, mientras Macri se obsesiona con reivindicar su economía. “Es como si Alfonsín hubiera tratado de defender su gestión inflacionaria en lugar de haber mantenido viva la democracia”, argumenta.

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Quien antes diseñó ese bicoalicionismo fue Néstor Kirchner con su visión binaria “amigo-enemigo” sabiendo que el peronismo como representante de la mayoría del pueblo saldría beneficiado de un sistema de fuerzas políticas así. Y lo que no tuvo en cuenta es que podría surgirle desde dentro de su panperonismo una tercera vía, como la de Francisco De Narváez en 2009 y Sergio Massa en 2013, que dividiéndole al peronismo le terminaría dando el triunfo al “enemigo”. 

Pero tras la derrota de 2015 y una vez aprendido que la división del panperonismo hacía ganar al adversario, el kirchnerismo comprendió que tenía que tragarse todos los sapos que fueran necesarios: desde Massa, que propuso la cárcel para los kirchneristas acusados de corrupción, Moyano, que despechado con Cristina había apoyado a Macri en 2015, pasando por gobernadores peronistas como Schiaretti siendo Córdoba la provincia más antikirchnerista de todas, o Sergio Uñac, quien en 2019 propuso que fuera Lavagna el candidato del peronismo. Una tercera vía siempre les saca votos a las otras dos pero naturalmente más a la mayor, en este caso al panperonismo.

El fenómeno de amores y odios que representó Perón en la política argentina consolidó de hecho un sistema bipartidista o bicoalicionista. Peronismo y antiperonismo viene gobernando los fallidos destinos del país durante muchas décadas y resulta plausible asignarle a ese modelo la responsabilidad de nuestra decadencia. Y la falla reside en que es menos democrático de lo que parece porque una minoría que controle al panperonismo representa a la mayoría del país cuando en realidad no lo es.

En las grandes corporaciones es muy habitual que un accionista con solo el veintiséis por ciento del capital controle la organización porque con el 51% de las acciones de la corporación (imaginemos en este caso como una metáfora, la Argentina) tiene el 100% de la decisión. Y colocando ese 51% de las acciones en otra sociedad (imaginemos en este caso como una metáfora el peronismo) en la que acepta socios hasta el 49%, finalmente con solo el 26% de capital (los votos propios) es dueño del cien por ciento del Poder Ejecutivo.

Este modelo, que Mauricio Macri conoce muy bien por las empresas que fundó su padre, le permitió al PRO siendo una minoría representar a una mayoría, aceptando como socio minoritario al radicalismo y sus derivaciones (Carrió). Lo mismo imitó Cristina Kirchner, quien aceptando como socio minoritario al peronismo tradicional y sus derivaciones (Massa), con entre un 25 y 30 de los votos pasó a representar a la mayoría del país.

Las dos coaliciones tienen una tensión constitutiva. El Frente de Todos lo integra el peronismo tradicional heredero del éxito de la ingeniería social de Perón en 1945 haciendo que los hijos de los obreros de entonces ascendieran a la clase media gracias al trabajo y el esfuerzo. Ese peronismo de clase media burguesa y aspiracional es el que gobierna las provincias y las intendencias del interior de la provincia de Buenos Aires.

Pero perdió el conurbano bonaerense, donde se concentró el aumento poblacional de los últimas cinco décadas justo cuando el país dejó de crecer a mediados de los años 70. Hoy la Argentina tiene el doble de población que hace cincuenta años y la misma cantidad de empleados privados en blanco que entonces, lo que indica que quienes no acceden a un trabajo con continuidad son tantos como los que Perón pudo elevar socialmente a través del trabajo. 

El kirchnerismo representa mejor que nadie a esos millones de personas que se concentran en mayor medida en el conurbano bonaerense, quienes ven a mucha distancia la subjetividad propia de la clase media y la superación a través del mundo del trabajo. Y el vertiginoso crecimiento de ese nuevo sujeto político hizo que el kirchnerismo, siendo, aunque no solamente, “el partido del Conurbano”, tuviera más votos (acciones de la corporación Frente de Todos) que el peronismo.

En Juntos por el Cambio también existen dos componentes sociales diferentes: por un lado, el conservadurismo de centroderecha y antiperonista con el que el PRO se forjó en sus cimientos, y el progresismo filo-panradical. Las tensiones no son entre Bullrich y Macri versus Rodríguez Larreta y Vidal. Ellos son apenas significantes de profundas y longevas corrientes de pensamiento y auténticos grupos sociales. De la misma forma en que si no existiera Cristina Kirchner surgiría alguien que simbolice las ideas que ella encarna y los grupos sociales que ella representa. Y aunque Alberto Fernández no cumpla las aspiraciones de constituir un “albertismo” que represente al peronismo no kirchnerista, ese sujeto social existe hace años y ya encontrará quién lo interprete para representarlo.

En este mapa social: peronismo-antiperonismo, la disputa política se concentra en la emergencia o no de una tercera vía que debilite al Frente de Todos, como fue Massa, permitiéndole a Macri alcanzar la presidencia. Pero eso ya demostró que no sirve porque luego no se puede gobernar, y el empate hegemónico estanca a la Argentina desde hace muchas décadas.

Quizás la solución no sea una ecléctica tercera vía, sino el sinceramiento de las cuatro alianzas sociales que conforman el país: el peronismo, el kirchnerismo, el conservadurismo y el progresismo, si se dividieran en dos ambas coaliciones ante un nuevo fracaso que empuje a los votantes y los dirigentes a cambiar para no seguir esperando resultados diferentes haciendo lo mismo.

Salvo en los países anglosajones, el bipartidismo es excepcional, la tendencia de las democracias maduras es que existan varios partidos competitivos y que se elija a través del balotaje (en los sistemas presidencialistas) o en la formación de gobierno con alianzas entre varios de ellos posteriores a las elecciones (en los parlamentarios). Basta mirar la España pos-Franco, que Néstor Kirchner tomaba como modelo, con el Partido Socialista y el Partido Popular. Y cómo hoy se dividieron en cuatro y gobiernan en alianzas con los otros ideológicamente más cercanos. O las elecciones en los países sudamericanos del Pacífico donde llegan al balotaje dos fuerzas habiendo sacado cada una entre el 20 y el 30% de los votos.

¿Qué permitiría un sistema así en la Argentina? Que los dos núcleos duros de cada coalición actual no dominen al resto polarizando. Y se pueda construir una alianza no electoral pero sí de gobierno entre los moderados de las dos coaliciones actuales que son la verdadera mayoría de la población del país. Peronismo, radicalismo, PRO y kirchnerismo son la Argentina actual y en las diferentes coyunturas que vaya enfrentando el país será más fácil poner de acuerdo a tres de cuatro que a dos de dos.