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COLUMNISTAS / opinión
domingo 29 septiembre, 2019

Encontrar libros

¿Glauber Rocha escribió una novela? Vi casi todas sus películas, pero no sabía que había escrito una novela.

por Damián Tabarovsky

default Foto: CEDOC
domingo 29 septiembre, 2019

En qué momento conocemos nuevos libros? O mejor dicho, libros que ya deberíamos haber conocido hace mucho o al menos saber de su existencia. A mí me pasó la semana pasada: participé en un concurso de juntar chapitas de gaseosas y me gané un viaje, primero a San Diego, Estados Unidos, y de allí directo a San Pablo, Brasil, sin pasar por Buenos Aires. En San Pablo hacía tanto calor (37 grados en pleno fin de otoño, salían notas en los diarios sobre el cambio climático) que decidí ir a pasar las tardes al campus de la Universidad de San Pablo, un lugar lleno de árboles y buena fresca. Entré a un aula, un profesor gordo y megalómano hablaba sobre algo absolutamente ininteresante (las posvanguardias y otros asuntos por el estilo: Bolsonaro debería prohibir esas cosas a la brevedad) al que por supuesto no le presté atención, mi única expectativa era dormitar un rato mirando por la ventana. En eso estaba cuando una alumna mencionó la novela de Glauber Rocha. ¿Glauber Rocha escribió una novela? ¡No lo sabía! Vi casi todas sus películas –es uno de mis directores favoritos– y también leí varios de sus escritos sobre cine, pero no estaba enterado de que hubiese escrito una novela. Pues así es. Escribió una sola, llamada Riverão Sussuarana.

Rápidamente salí del aula y más rápidamente aún estaba recorriendo librerías. Primero la Matin Fontes de la Avenida Paulista, luego la Travessa recién inaugurada en Pinheiros, más tarde las demás librerías de nuevo. Resultado negativo. Publicado originalmente por la editorial Record en 1978, el libro se agotó y, luego de dos años de negociaciones con los herederos de Rocha, hace poco se reeditó en una edición impresa por las ediciones de la Universidad Federal de Santa Catalina. Pero esta edición también se agotó en un tris. Acudí sin demoras a las librerías de viejo, primero al Sebo do Messias y a todos los que están alrededor de la Praça João Mendes. Nada. Bajé después otra vez hasta Pinheiros, que también tiene librerías de viejos, pero menos buenas. Nada. Consternado, no tuve más opción que entrar a internet. En Estante Virtual estaba en una sola librería, a un precio exorbitante. Llamé a Buenos Aires, vendí las últimas Leliqs que me quedaban y les escribí. Tardaban 48 horas en enviarme el libro, para entonces yo ya no estaría en San Pablo. Frustrado, esa noche me quedé en el hotel viendo viejos capítulos del Capitán Escarlata que pasaba un ignoto canal paulista (escucharlo en portugués le daba un encanto aún mayor).

Cuando me desperté al mediodía, había cambiado de opinión. ¿Desde cuándo los libros tienen que encontrarse fácilmente? Pocas cosas me entristecen más que los autores que se quejan de que sus libros no se encuentran en tal o cual librería. Por supuesto que si yo trabajase en una editorial (Dios no lo permita), o en una distribuidora, o incluso justamente en alguna librería, haría todo como para que los libros se encuentren sin dificultad. Pero en verdad, tiendo a pensar que a los buenos libros hay que buscarlos mucho. Los libros no son como los caramelos, los tornillos, los negocios de fundas para celulares o los periodistas corruptos, que se los encuentra en cada esquina. La lectura funciona bajo el instructivo del deseo en vilo, en permanente desplazamiento. Ahora tengo una buena excusa para volver a Brasil lo antes posible.


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