lunes 21 de junio de 2021
COLUMNISTAS laceraciones
29-05-2021 00:13

Ensor el revolucionario II

29-05-2021 00:13

El sábado pasado recordamos a Ensor lo vimos burgués, encerrado en los límites del ámbito familiar. Si, durante su infancia de laberinto de rejas Borges descubrió la metafísica  en una lata de galletas y yo encontré Oriente en el dibujo de un chinito sonriente grabado en un plato sopero de loza, él puede haber reconocido su universo pictórico  en el cambalache de máscaras, caracoles, faroles, jarrones rajados y otras chucherías que se vendían a turistas y locales en la tienda de sus padres. Éxtasis de las luces y las penumbra de esos espacios cerrados, la vida secreta de las cosas y sus silenciosas metamorfosis. Una línea de luz es el dedo de un demonio descendiendo hacia el Averno, un reloj desconchado figura una calavera. Ensor adora la luz que corroe las formas, la luz como emanación que supera al impresionismo: un mundo imaginario se entreteje en trazos tenues, agitados, rapidísimos.   

Harto de fracasar en sus primeras muestras colectivas (“¿—Cuanto vendí? —Nada. —¿Qué dijeron de mi obra? —Desinterés, desprecio y silencio”), se suma a un grupo vanguardista llamado Los XX, dentro del que desarrolla el costado que luego se llamaría su “período oscuro”, y tan oscuro que hasta sus compañeros de ruta pictórica  se niegan a compartir sala con él y lo expulsan del grupo. Ensor no retrocede ante el fracaso. Persiste, insiste. Algo se abre en su panorama y accede a su “período claro”. 

En 1887 muere su padre y no encuentra ni soporte ni afecto en el resto del núcleo. Su obra se vuelve violenta y agresiva, y  a cambio del rechazo habitual, los burgueses, que no se espantan ya de nada, comienzan a apreciarla. 1894 es el año de su primera exposición individual en Bruselas.  Hay quien ve en su relativo éxito un debilitamiento de su frenesí caótico, individualista y cultor de su propio yo (hay quien traspasa el mito del exceso personal a la valoración de su obra y quien crea obra para convertirla en sostén de ese discreto mito personal). 

Pero Ensor insiste, persiste. Inestable, egocéntrico y antisocial, cree que todo se resume a un conflicto entre dos términos: él y la sociedad. Entonces es el momento de la elección, y  no duda. Elige para identificarse a la figura de Cristo, no el Cristo del amor sino aquel que da batalla.  “Compadezco a los pintores de la manera precisa, decidida, condenados al trabajo uniforme, aparatos mecánicos de la reproducción idéntica, imaginaciones y manos serviles”, escribe. Se disfraza de Narciso carnavalesco y así se pinta, se vuelve insecto monstruoso, esqueleto viviente. La idea habitual es que a esta clase de personas o personajes la vida los lacera y terminan en un neuropsiquiátrico o en una alcantarilla. Pero Ensor muere a los 89 años, tras asistir a la inauguración de su monumento en Ostende.

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