COLUMNISTAS
instancias

Es solo una película

16-4-2023-Logo Perfil
. | CEDOC PERFIL

“Por estas cosas es genial Favio”, le dice, ante una escena de El romance del Aniceto y la Francisca, su madre a Martín Rejtman, que aún es un niño. El dato aparece en las primeras páginas de Es solo una película. El cine según Martín Rejtman, libro de Fernando Krapp y Pablo Chernov, editado por La Crujía, que propone conocer de otra forma a un director al que todos concuerdan en calificar como “único”. Dividido en distintas secciones que incluyen un diario de rodaje apócrifo redactado por Chernov e intervenido por Rejtman, el libro tiene, además, valiosos testimonios de técnicos y actores, y un prólogo iluminador de Sergio Wolf, titulado “El fin de la intemperie”, que da a conocer o evoca un momento clave de la historia del cine nacional en el que Retjman despliega “un método” que luego se ejercitaría “de manera recurrente” como “sistema para producir y pensar las películas de otro modo”.

Pero es en las páginas en primera persona donde probablemente encuentre mayor placer el lector cinéfilo porque, como ocurre con otros grandes directores, lo biográfico está indefectiblemente atado a las películas. “Uno de los cortometrajes que hice en Sight & Sound fue un poema visual, por llamarlo de alguna manera, y era sobre escaleras. Obviamente me llamaban la atención las de incendio. Cuando estaba buscando locaciones me metí en el pasillo de servicio de un brownstone para sacarle una foto a unas escaleras y de pronto por el visor vi entrar a tres negros con un revólver que me terminaron robando la cámara. De todas formas, filmé el corto y le puse música de Astor Piazzolla y Gerry Mulligan. Creo haber puesto esa música porque me sentía extranjero. Tenía 20 años y era un mundo ajeno por completo. A una cuadra de mi casa, sobre la 14, había un kiosko que se llamaba El Águila Argentina a donde iba a leer Clarín y a comprar empanadas”, cuenta sobre sus primeros trabajos, cuando estaba estudiando en Nueva York, de donde partió a Roma: “Cinecittà era un gran estudio de cine en las afueras de Roma: edificios enormes en un gran terreno construidos durante el fascismo. Estudios de filmación, una cantina y un pabellón donde estaban las cabinas de edición. Vi el último día de rodaje de E la nave va (1983). Después Federico Fellini editó la película ahí. En el pabellón donde estaban las cabinas de montaje había un teléfono, el único de todo el edificio. Muchas veces atendía yo y avisaba: ‘Signore Fellini, la chiamano al teléfono’”. También habla, más adelante, de la trastienda de sus largometrajes que, por momentos, parece robar el estilo a sus ficciones: “La reunión de las Silvia Prieto del final de la película fue una producción aparte para encontrarlas (…) Al final fuimos a los padrones electorales. Ahí es donde apareció la mayoría y las convocamos para la escena final. Una sola no aceptó. En el estreno de la película en el Bafici, cuando terminó la proyección, una mujer se acercó para hablarme y me dijo: ‘Yo soy la Silvia Prieto que dijo que no’”. 

Es solo una película funciona también, como apunta Alan Pauls en la contratapa, como un recorrido por la historia argentina reciente, fondo firme de varias películas de Rejtman, a veces realizadas como al límite de la obsesión: “El rodaje de Los guantes mágicos duró unas ocho semanas. Me puse muy exigente, más de lo normal. No aceptaba nada que no fuera lo que quería. Hubo una escena que la filmamos setenta y cinco veces. No entera, pero hubo setenta y cinco arranques. Es la escena en la que están mirando la película porno, sobre el final. Una escena coral, donde cada uno tiene su línea de diálogo, su acción. Y ahí algo pasó, una especie de alquimia entre el lugar y las personas: nunca se podía coordinar para que saliera bien. Podría haberlo solucionado haciendo un planito en el medio de lo que sea, pero la verdad es que no tenía sentido. Cualquier cosa que no fuera el plano único era un parche inmundo (…). Al final salió perfecto. Setenta y cinco. Debe ser récord absoluto”.

Al ver sus películas, leer sus cuentos –y, ahora, al leer su relato en Es solo una película–, muchos debemos haber sentido (o pensado), en algunas instancias, algo similar a lo que sintió su madre al ver esa escena de El romance del Aniceto y la Francisca, para terminar, como ella, diciéndole a alguien, o a nosotros mismos: “Por estas cosas es genial Rejtman”.