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Estamos mal pero vamos mal

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Si no la ve, ahora la va a sentir. Javier Milei. | Pablo Temes

En julio de 2001 nació mi hija. Dos meses después, un ataque terrorista bajó de un plumazo las Torres Gemelas. Ese año terminó con este país volando por el aire. Nos preguntamos para qué traíamos una hija al mundo. Puérpera y preocupada, conservaba mi trabajo mientras despedían al reciente padre y a un séquito de compañeras y compañeros de la agencia de publicidad donde trabajaba, entonces intervenida para su reducción. Si bien ya veníamos viviendo el horror de la descomposición social y el aumento del desempleo, esos dos años fueron los más terribles. Pero en 2003, cuando nació mi hijo, el contexto ya había comenzado a mejorar. Hoy el tobogán de desgracias nos viene trayendo hacia abajo con más velocidad y sin escalas desde hace por lo menos una década. No estalla, pero tampoco se arregla. Y aunque la tolerancia tiene sus límites, los responsables de ambos lados del mostrador parecen desconocerlo. 

Esta semana es imposible enumerar la cantidad de cierres y recortes que se hicieron en diversos sectores. ¿Cuánto tiempo más puede tolerarse una crisis así? Se habla de dolarizar con los ahorros que están debajo del colchón, de ajuste, de licuación, de achicamiento, de que va a doler, de que hay que depurar la planta pública y las empresas privadas. Todos ñoquis, todas planeras, no importa en qué punto del mapa laboral estés.

Depurar es sinónimo de limpiar, purificar, eliminar, destituir, cesar, expulsar. Es muy difícil pensar en que algo pueda crecer si todos los verbos que usamos apuntan al camino de la poda, la mutilación y el cercenamiento.

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Rechacé la interna a cielo abierto del gobierno anterior y critiqué la falta de criterio a la hora de jerarquizar los temas de agenda. Pero esta semana trágica, en esta endeudada hora crucial de nuestra patria y con los inflados números de pobreza y recorte de gastos a pura motosierra, noto que solo la provocación y el resentimiento ocupan el centro de la escena. Hemos cambiado unas chicanas por otras. Ahora, en lugar de discutir ciertas cosas intrascendentes, discutimos otras, como el nuevo nombre CCK, la bata de la imitadora o el lugar de los caniles en Olivos. Hemos pasado de las metáforas náuticas a las metáforas del dolor. 

Mientras tanto, el recorte también quiere achicar el número de desaparecidos, como si esa cifra no representara un acuerdo pacificador y un consenso a partir del cual volver a construir. Limpiar, purificar, eliminar, destituir, cesar, expulsar…  

Del virus invisible al Aedes aegypti. De los profesionales agotados y mal pagos al creciente deterioro de la salud desregulada. Del desacuerdo entre unos al desacuerdo entre los otros, cada cuál con su pactito patriótico, ciudadano o social debajo del brazo, tironeando por una fecha, un nombre, un lugar distinto donde encontrarse a firmar lo que no se consensua. En el medio, la ciudadanía que no se siente nación. Unos esperando el error del otro, los más vulnerables esperando la próxima fiebre para ver con qué segundo síntoma combinarla y así conseguir atención en alguna guardia de verdaderos héroes invisibles en la que, de seguro, más de una parturienta se esté preguntando por qué habrá aceptado traer un hijo al mundo.