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Fuenteovejuna, la advertencia de Francisco

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Papa. Su legado resuena en la conflictividad actual y la que se avecina. | cedoc

A mediados de septiembre de 2012 fue la última vez que Jorge Bergoglio vino a la Alameda. Como hacía siempre, llegó solo y en colectivo. Almorzó con nosotros –éramos una docena de compañeros– y luego bajamos al sótano, donde armamos un plenario. La idea era simple y, al mismo tiempo, profunda: que conociera más personalizadamente a los militantes más comprometidos con la organización y escuchara de primera mano lo que estábamos viendo y viviendo.

En ese encuentro expuse un diagnóstico que nos preocupaba cada vez más. Hablé de la trata y el tráfico de personas, de la penetración del crimen organizado en la Argentina, de los procesos de exclusión social y de las nuevas formas de esclavitud que avanzaban en los márgenes de la sociedad. También de una corrupción extendida, casi naturalizada, que atravesaba de manera transversal a los distintos poderes del Estado.

Mi hipótesis era que ese cuadro no podía sostenerse indefinidamente. En algún momento, la sociedad iba a reaccionar. Frente a esa reacción imaginábamos distintos escenarios: un nuevo estallido como el de 2001, con piquetes y cacerolas, o un proceso más organizado, conducido por el movimiento obrero, al estilo de Solidaridad en Polonia. Algunos de nosotros, incluso, ya intuíamos que Bergoglio podía llegar a ser papa.

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Su respuesta nos descolocó. Escuchó con atención, hizo un breve silencio y dijo, con una gravedad que todavía recuerdo: “Yo temo y creo que, si hay reacción, será como en Fuenteovejuna”.

Fuenteovejuna no es solo una obra de teatro. Es una advertencia histórica. Escrita por Lope de Vega a comienzos del siglo XVII, la trama se sitúa en 1476, en un pequeño pueblo cordobés sometido al abuso del comendador Fernán Gómez de Guzmán. El poder ejercido sin límites, la humillación sistemática, la violencia sexual contra las mujeres y la impunidad absoluta van acumulando una tensión que, tarde o temprano, estalla.

Cuando el comendador intenta violar a Laurencia y manda detener a su prometido, Frondoso, en plena boda, el pueblo dice basta. No hay plan ni conducción. Hay hartazgo. Los vecinos se levantan, asaltan la casa del tirano y lo matan. Luego, frente al juez enviado por los Reyes Católicos, todos responden lo mismo bajo tortura:

—¿Quién mató al comendador?

—Fuenteovejuna, señor.

La obra muestra algo inquietante: cuando la injusticia se vuelve insoportable y no hay canales institucionales ni mediaciones sociales, el pueblo actúa de manera unánime y brutal. No hay líderes, no hay responsables individuales. Hay una comunidad entera que decide defender su dignidad. Fuenteovejuna es, al mismo tiempo, un acto de justicia y una tragedia.

Nueve meses después de ser elegido papa, Francisco volvió sobre esa imagen. Al leer informes provenientes de la Argentina que alertaban sobre el avance del narcotráfico, la trata de personas, la corrupción y el riesgo de una “mexicanización” del país, dijo: “Fuenteovejuna me sigue preocupando. Lo veo como una obsesión” (15/12/2013).

No era una obsesión reciente. Años antes, durante la crisis de 2002, el entonces presidente Eduardo Duhalde había recibido una advertencia similar. En varias conversaciones que mantuve con él en 2016, me ratificó lo que ya había contado públicamente: que Bergoglio le confesó haber tenido una visión en la que veía “cadáveres colgados en la Plaza de Mayo”. Una imagen extrema, casi insoportable, usada para advertir hasta dónde podía llegar la descomposición social si no se reconstruían el diálogo y la convivencia democrática.

Diez años después, en el sótano de la Alameda, Bergoglio volvió sobre el mismo temor, esta vez bajo la forma de una metáfora literaria. Y al año siguiente, ya como papa, insistió nuevamente. El diagnóstico no había cambiado.

Durante su magisterio, Francisco se propuso algo tan ambicioso como silencioso: cultivar en la Argentina una cultura del encuentro en medio de grietas cada vez más profundas. No logró cerrarlas, pero sí evitó que se transformaran en fracturas irreversibles. Su preocupación constante fue que las tensiones políticas y sociales no derivaran en rupturas institucionales, ni en escenarios de violencia que siempre terminan pagando los sectores más humildes.

A fines de 2014, cuando Cristina Fernández de Kirchner atravesaba problemas de salud y circulaban rumores de un golpe de Palacio, transmitió a distintos visitantes argentinos un mensaje claro: “Cuiden a Cristina”. No era una toma de partido, sino una defensa explícita de la continuidad institucional. Del mismo modo, estuvo atento al traspaso de mando entre Cristina y Mauricio Macri, que, pese a las tensiones, pudo realizarse en paz.

Cuando, años después, crecieron la resistencia sindical y la conflictividad social durante el gobierno de Macri, alentó a canalizar esas tensiones por la vía electoral. Y al asumir el Frente de Todos, expresó tempranamente su preocupación por las disputas internas: “Me preocupa un poco el clima de ‘internas’ que ya comienza a aparecer. Para todos es un desafío mantener la unidad y la concordia” (19/01/2020).

En el fondo, Francisco parecía retomar aquella máxima de Perón: “Entre la sangre y el tiempo, elijo el tiempo”. Como Perón, estaba convencido de que gastar tiempo es, muchas veces, la única forma de ahorrar sangre. Esa convicción también atraviesa su exhortación Evangelii Gaudium, cuando afirma que “el tiempo es superior al espacio” y que “la unidad es superior al conflicto”.

Por eso no hay testimonio alguno, entre los miles de argentinos que lo visitaron, que haya escuchado de su boca una palabra que alentara estallidos, quiebres institucionales o aventuras violentas. Su rol fue, persistentemente, el de cuidar la paz social. Defender la democracia. Evitar la tragedia.

Eso no significa que haya sido indiferente frente a la injusticia. Bergoglio, y luego Francisco, fue un crítico severo de la corrupción, de los abusos de poder y de las desigualdades. Valoró profundamente a los sindicatos y a las organizaciones sociales, a las que siempre consideró expresiones vivas de las organizaciones libres del pueblo. Pero llamó a dar esas luchas dentro de la institucionalidad democrática, porque sabía que cuando esa institucionalidad se rompe, lo que emerge no es la justicia, sino el caos.

Fuenteovejuna, en boca de Bergoglio, no era una consigna ni una amenaza. Era una advertencia. Y también una responsabilidad.