“Ha habido, en el curso de la edad clásica, todo un descubrimiento del cuerpo como objeto y blanco del poder (…) el cuerpo que se manipula, al que se da forma, que se educa, que obedece, que responde, que se vuelve hábil o cuyas fuerzas se multiplican”, había escrito Michel Foucault en Vigilar y castigar antes de que mi abuela (más apta para leer algo tipo Escrito en el cuerpo que filosofía) gritara: “De cuerpito gentil ¡no!” al verme a punto de salir en catsuit durante la adolescencia, para agregar: “Hay sátiros”. Sátiros. Qué palabra superior a degenerado, perverso, violín, pedófilo, abusador o pajero, que se usan para hablar más o menos de lo mismo que ella. De haber vivido en esta época, hubiese sido una excelsa tradwife. Zurciendo, haciendo crema pastelera y eliminando la urticaria de las bendis y las hormigas del limonero con trucos ecofriendly, se hubiese llenado de guita. Pero sin seguidores, suscriptores ni likes, vivió de la billetera del marido junto a la mínima comunidad que conforma una familia. Ahora la palabra cuerpo está más de moda que en sus tiempos y los de Foucault, cuando el panóptico remitía al control en cárceles de hormigón y no al de medios y redes. En la Argentina, su poder de influencia en la discusión pública se sirve de distintas palabras, como hegemónico, fit, mío, disidente, marrón o el jovial femenino cuerpa.
“América Latina y el Caribe siguen marcados por un régimen que ha configurado y moldeado nuestras sociedades, nuestra política, nuestros territorios, cuerpos, imaginarios y ecosistemas”, afirma en un texto sobre extractivismo el sociólogo Emiliano Terán Mantovani, crítico, pese a trabajar en Venezuela, del modelo de dependencia petrolera de los gobiernos bolivarianos. Pero la relación del cuerpo con su medio y su circunstancia es problemática en todo el mundo y de mil maneras. Los antiguos sistemas de explotación se reconfiguran de la mano de avances científicos y tecnológicos que no son solo motores del extractivismo territorial, sino vehículo para la perpetuación del cuerpo en el rol de commodity. Prácticas como la subrogación de vientres, tema extraordinariamente tratado en la novela El cuerpo es quien recuerda, de Paula Puebla, parecen un poco fiduciarias de la esclavitud y la eugenesia, en tanto las modificaciones físicas destinadas a moldear cuerpos de acuerdo a la estética contemporánea nunca fueron tan drásticas y masivas como en lo que va del siglo XXI.
En un ensayo donde da cuenta de algunos equívocos en las lecturas que se hacen frecuentemente sobre Freud (uno que mi abuela sí conocía un poco) y Foucault, el filósofo argentino Esteban Montenegro también focaliza en el cuerpo y su medio cuando dice que “las clases populares todavía permanecen ligadas a la vida por medio del cuerpo” y que “mediante el trabajo real, físico, entran en relación con lo elemental en forma directa: con la necesidad, la supervivencia, el propio cuerpo, la tierra, la materia, el esfuerzo, etc.; en suma, con el principio de realidad”. Plantea que “la división de clases existenciales propia de nuestro tiempo” es entre “usureros cosmopolitas flexibles que pueden (y quieren) estar hoy aquí y mañana allí traccionados por su deseo, versus los condenados al sedentarismo”. Esta clase de esquemas se viabiliza a través de distintas gobernanzas. En ese sentido, Mantonavi afirma que, “a pesar de manifestar sus diferencias con los gobiernos conservadores y neoliberales del pasado y del presente, los gobiernos progresistas mantuvieron sin excepciones el estilo e imperativo extractivista, asociados además al fortalecimiento de sectores del capital nacional y transnacional”. Además, señala que la acción de los cuerpos que se exponen a la lucha más o menos pacífica contra la contaminación, la expropiación o el crecimiento del crimen organizado en torno del extractivismo tiende a replegarse por efecto de “la represión y la criminalización”. Podríamos sumar la militancia online, que sacó cuerpos del territorio, como Tinder de los antiguos lugares de levante o el Zoom de las oficinas, entre cientos de actividades que se confinaron al formato vertical del celular.
Hiperconectadas pero empobrecidas, las capas medias urbanas son las primeras en ausentarse de los escenarios en los que siempre se habían hecho presentes. Sean consumidores, o jugándola de influencers como podría haber hecho mi abuela, sus integrantes soportan la vigilancia y el castigo de las redes a cambio de dopamina, antes de afrontar la onerosa gestión de la experiencia directa. Transfigurado, víctima de patologías derivadas de la inmovilidad, el encierro y las pantallas, el cuerpo pide ser nombrado todo el tiempo, como si deseara que su poder, cada vez menos ligado a la materialidad y el movimiento, pudiera ejercerse solamente de palabra.