05 dic 2020
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sábado 14 noviembre, 2020

Geopolítica de la vacuna

. Foto: Pablo Temes

El mundo evidencia una gran transformación a causa de la pandemia. De la carrera armamentista, a la carrera científica. De las armas nucleares, a las vacunas anticovid. De fabricar muerte, a fabricar vida. El coronavirus cambió, al menos por este año, el interés de las potencias por ganar poder y prestigio a nivel mundial. Y eso, hay que decirlo, es una buena noticia. Pero no siempre fue así.

“Los fuertes hacen lo que quieren; los débiles hacen lo que pueden”. Aquella famosa fórmula, establecida hace más de dos mil quinientos años por el general ateniense Tucídides en Historia de la guerra del Peloponeso, representa la regla primordial del realismo clásico: el mundo está dominado por los poderosos. No se trata de un dilema ético, es una realidad que se impone por la fuerza en el anárquico sistema internacional.

Desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial y hasta la Caída del Muro de Berlín, el mundo estuvo dominado por Estados Unidos y la Unión Soviética. Las dos superpotencias se enfrentaron en una caliente Guerra Fría, que se distinguió por una despiadada carrera armamentista, en la que Washington y Moscú se preocuparon por aumentar desmedidamente arsenales cada vez más mortales.

En 1945, Estados Unidos arrojó sobre Hiroshima y Nagasaki las primeras (y únicas) bombas atómicas que provocaron una masacre. Cinco años más tarde, en 1949, la Unión Soviética logró dominar esa macabra tecnología. En 1952, Washington hizo explotar una bomba de hidrógeno, con un poder destructivo mil veces superior. Y Moscú alcanzó ese estatus un año más tarde, en 1953.

De la carrera armamentista, a la carrera científica. De las armas nucleares, a las vacunas anticovid. De fabricar muerte, a fabricar vida. El coronavirus cambió, al menos por este año, el interés de las potencias por ganar poder mundial.

Cuando las potencias ya habían controlado la producción de armas de destrucción masiva, era necesario poder desarrollar la tecnología que les permitiera lanzar sus bombas a miles de kilómetros por medio de cohetes de largo alcance. Así, a la carrera armamentista, le siguió la carrera espacial.

Como la URSS venía secundando a EEUU en los logros nucleares, el Kremlin puso especial énfasis en el desarrollo aeroespacial y en 1957 se convirtió en la primera potencia en enviar un satélite fuera de la órbita planetaria: el Sputnik (sí, el mismo que ahora homenajea Putin con su vacuna). Los soviéticos también fueron los primeros en poner en órbita a un ser vivo (la famosa perra Laika) y en lograr que un ser humano (el siempre sonriente Yuri Gagarin) pudiera contemplar la Tierra desde el espacio exterior en 1961.

La supremacía de Moscú finalizó gracias al impulso de la NASA, creada por Eisenhower y potenciada por Kennedy, que hizo posible el principal hito para Estados Unidos, cuando Neil Armstrong dio “un pequeño paso para el hombre y un gran paso para la humanidad” al pisar la Luna en 1969.

El mismo interés que despertó en el siglo pasado alcanzar el mayor arsenal nuclear y dominar el espacio, en esta era pandémica está depositado en la afiebrada carrera de las potencias por convertirse en el primer país en lograr una vacuna contra el Covid. Se trata de un descubrimiento científico que podría llegar a usarse como una herramienta de infinito poder, influencia y liderazgo a nivel mundial.

En términos geopolíticos, la vacuna contra el coronavirus tendrá el mismo impacto que la foto de la bandera de Estados Unidos flameando en la Luna. Y, esta semana se han acumulado varios ejemplos de manipulación política en base a la lucha contra el virus.

Rusia ha establecido acuerdos para distribuirla en varios países de América Latina –entre los que se encuentra Argentina–, y también de Europa del Este –Hungría aceptó ser el primer Estado extranjero en probarla–. Lo que demuestra que Moscú busca retomar su influencia en países latinoamericanos y recuperar el legado soviético tras la ex cortina de hierro europea.

En Estados Unidos el tema se había convertido en eje de la campaña presidencial cuando Donald Trump instauró la Operation Warp Speed, que buscaba producir una masiva campaña de vacunación antes de la votación. Pero la medicina fue aprobada esta semana y el republicano se quejó en su cuenta en twitter porque sostiene que esa demora le permitió ganar a Joe Biden. Cuando asuma en la Casa Blanca, el demócrata usará la vacuna para recomponer las dañadas relaciones diplomáticas que dejó el trumpismo.

En tanto que China anunció en las últimas semanas que privilegiará la llegada de su vacuna a Asia, África y América Latina otorgando facilidades de acceso crediticias, con la inocultable intención de asistir a los países menos desarrollados para contrarrestar la imagen negativa que afectó al gigante asiático por haber sido el lugar en el que se originó la pandemia.

Y la Unión Europea busca cómo aprobar la compra de millones de dosis para que puedan ser aplicadas en forma urgente a todos los miembros del bloque, a la espera del avance científico de los principales laboratorios europeos, especialmente, los que se encuentran en Inglaterra y Alemania.

El primer país que logre una vacuna contra el Covid tendrá una herramienta de infinito poder, influencia y liderazgo mundial. En términos geopolíticos, tendrá el mismo impacto que la foto de la bandera de Estados Unidos flameando en la Luna en 1969.

 
La abierta disputa entre las potencias que compiten en la carrera de la vacuna tiene un mal precedente. La falta de cooperación internacional que se observó cuando se inició el coronavirus permite anticipar que la descoordinación prevalecerá y los intereses nacionales primarán. En ese marco se podría generar un escenario muy desfavorable para hacer frente a la segunda ola mortal del virus.

El juego de suma cero que se presenta cada vez que las potencias se enfrentan fue muy bien reflejado con el concepto de “destrucción mutua asegurada”, que definió al escenario de la Guerra Fría. La teoría concebida por el matemático húngaro John Von Neumann demostró, a través de cálculos muy precisos, que el arsenal nuclear y la capacidad misilística que habían desarrollado EEUU y la URSS, representaba una seria amenaza para la supervivencia de la raza humana: sin importar quién iniciara un ataque, ambos bandos iban a ser destruidos. Y también el resto del planeta.

“Las superpotencias dejaron de utilizar la guerra como un arma política en sus relaciones mutuas, pues era evidente que representaba el equivalente a un pacto suicida”, sintetizó con agudeza el siempre inteligente historiador británico Eric Hobsbawn en Historia del Siglo XX.

“Destrucción mutua asegurada” en inglés se traduce como “mutually assured destruction”, o MAD, que significa LOCO. Ojalá que las potencias hayan aprendido las lecciones que dejó la carrera anterior: la pandemia no deja lugar para locuras.
 

*Doctor en Ciencias Sociales. Director de Perfil Educación. (@rodrigo_lloret)


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