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COLUMNISTAS / Pandemia de coronavirus
miércoles 8 abril, 2020

La imagen del gobierno comienza a caer en un entorno muy frágil

La semana pasada Alberto Fernández estaba en la cresta de la ola. Pero la armonía descansaba sobre un pacto de credibilidad. Eso fue lo que falló.

Alberto Fernández Foto: NA
miércoles 8 abril, 2020

La semana pasada, Alberto Fernández estaba en la cresta de la ola. Alcanzó la mayor medición de imagen de todo su mandato y, de hecho, de su vida. Ni como candidato, ni como funcionario, anteriormente, su aprobación había sido tan alta. Hace una semana, Alberto Fernández era Gardel; hoy, según los analistas, su imagen habría bajado entre 10 y 15 puntos. Hace una semana era campeón cómodo y hoy lo siguen por apenas unos puntos ¿Qué pasó en el medio? Si llegó a alcanzar una valoración tan alta, fue por el manejo que supo mostrar de la crisis traída por el coronavirus. Fernández no es, y nunca fue, una figura carismática, que atrajera al público con un magnetismo propio. Sí es, en cambio, un gestor, un político calmo y negociador y estas cualidades quedaron puestas en evidencia con la crisis.

La gente reconoció en Alberto Fernández no un líder sino un piloto de tormentas. Si acompañó masivamente las medidas tomadas por su gobierno, fue porque entendió con claridad el mensaje que éste le transmitía. Pero la armonía descansaba sobre un pacto de credibilidad. Para que la gente siguiera creyendo, hacía falta que el gobierno siguiera mostrando la misma responsabilidad. Eso fue lo que falló y lo que terminó generando una segunda crisis.

En la última semana se supo que muchos de los alimentos comprados por el gobierno fueron pagados con sobreprecios. Fideos argentinos pagos como si fueran pasta importada de Italia. Y recién hecha. Todo esto sucede porque los ministerios están, para decirlo de forma elegante, consensuados (si no fuera elegante, diría “loteados”) entre el gobierno y la Cámpora.

Daniel Arroyo, quien me consta tiene un buen historial como político serio, fue subsecretario en el Ministerio de Desarrollo Social comandado por Alicia Kirchner. Hoy no puede decirse sorprendido y desconocer que ese ministerio siempre estuvo manejado por la Cámpora y las fuerza sociales.

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Después del primer desliz aparecen otros. Toda crisis es buena, parece, para ayudar a los amigos y comprar a cualquier precio. El PAMI pagó el litro de alcohol en gel a más de 1000 pesos. Víctor Fera, de Maxiconsumo, empresario siempre ligado al peronismo, asegura que no hubo errores, que se trata de “las coimas que siempre se pagan en la Argentina”. Como broche de oro, el ex gobernador Verna le dedicó unas palabras dudosas al presidente: “ahora nos cagó un compañero”.

La imagen del gobierno sigue cayendo en un entorno ya frágil. Las demandas llueven de todos los sectores sociales, empresarios y organizaciones en general, es imposible hacerles frente, más aún cuando las mayores complicaciones hoy por hoy, economía parada, pandemia, abultada deuda sin un futuro económico, mundial claro y las disputas interna que no cesan. La pandemia nos sumergió en una crisis que puede muy fácilmente derivar en desastre. Un gobierno peronista sin plata funciona mal, y nunca un gobierno peronista estuvo sumido en una crisis tan grande y con las arcas tan vacías como este.

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Es inevitable que se desencadene una situación compleja en los próximos meses, y no nos olvidemos de que en poco más de un año ya estaremos en campaña de nuevo. Es un momento bisagra, tanto para el país como para este gobierno. Estamos ante una crisis distinta de todas las que habíamos vivido antes, y el futuro es demasiado complejo como para estar atendiendo a problemas de corrupción berretas. A fin de cuentas, es así como deberían ser tratados, y el ministro debe dar una explicación seria y contundente que resguarde la credibilidad del gobierno, sin dañar al presidente.

La corrupción ha favorecido el crecimiento de la inestabilidad institucional y el constante desgaste de las relaciones tanto entre individuos como entre instituciones y Estados lo que se supone una pérdida de legitimidad e ineficiencia burocrática.


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