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Jugar contra nadie es un gran negocio

Con el 7-0 a Burkina Faso, la Selección Argentina apila 21 victorias consecutivas en amistosos... Pero hay que pensar un poco más en el juego y menos en las figuras, la play e Instagram. 

Chiqui Tapia, en el Monumental en el triunfo ante Burkina Faso.
Chiqui Tapia, en el Monumental en el triunfo ante Burkina Faso. | AFP

Fue muy tierno ver a los chicos ABC 1, vestidos con la camiseta de la Selección Argentina original (cuyo precio oscila entre 150 y 300.000 pesos), gritando el sexto gol contra Burkina Faso como si fuera el penal de Montiel en Qatar. Estos amistosos están convirtiendo el fútbol en esto. No importa el partido, no importa si hay partido. Hay que “ir a ver a Lautaro, Enzo, el Dibu, Cuti, Lisandro”, etc. Los papás llevan a los pibes a ver a los futbolistas que ven por la televisión el fin de semana en las ligas europeas. “Mirá, ahí está Nico Paz”. La diversión es esa. Desnaturalizaron el fútbol por completo. Ya no hay amistosos con Brasil, con Uruguay, con Paraguay o Chile. Ahora hay partidos amistosos (da pudor llamarlos así, son entrenamientos con público) contra nadie.

Una cuenta de X nos informa orgullosa que “Argentina lleva 21 victorias consecutivas en amistosos” y los detalla. Aquí vamos.

  • 5-0 Estonia
  • 3-0 Honduras
  • 3-0 Jamaica
  • 5-0 Emiratos Árabes Unidos
  • 2-0 Panamá
  • 7-0 Curaçao
  • 2-0 Australia
  • 2-0 Indonesia
  • 3-0 El Salvador
  • 3-1 Costa Rica
  • 1-0 Ecuador
  • 4-1 Guatemala
  • 1-0 Venezuela
  • 6-0 Puerto Rico
  • 2-0 Angola
  • 2-1 Mauritania
  • 5-0 Zambia
  • 2-0 Honduras
  • 3-0 Islandia
  • 4-0 Bolivia
  • 7-0 Burkina Faso

Estos son los 21 amistosos consecutivos que lleva ganados la Selección Argentina. El mas complejo fue el de Ecuador y se ganó solo 1-0. Podríamos agregar a Venezuela y Bolivia, habituales adversarios de las Copas América y Eliminatorias, pero son dos de los más flojos equipos de esta parte del mundo.

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Rivales ignotos y hasta semiamateurs

Hay muchas razones que se esgrimen para explicar los enfrentamientos con estas rivales ignotos y, en algunos casos, semiamateurs. El primero se da de cabeza con los cimientos de nuestra añeja cultura futbolera: “¿Y si perdemos? ¿Sabés el quilombo que se arma? Dejá así, así el DT labura tranquilo. Jugando contra estos equipos horribles ganamos la copa en Qatar y llegamos a la final en EEUU”.

Viejas heridas

El miedo a perder es muy de estos tiempos y es fomentado desde los lugares de poder. River y Boca tienen postergados partidos entre ellos por finales de copas locales y nunca pusieron fecha de realización para evitarse el problema que puede ocasionar no ganar. Si uno lo compara con los 80, 90 y comienzos de los 2000, cuando Boca y River jugaban cuatro superclásicos por verano, es complicado encontrar en donde se pusieron miedosos y conservadores. Lo mismo pasa con la cantidad de equipos en Primera. Uno de los razonamientos es que si hubiera 20 en lugar de 30, instituciones poderosas se hubiesen ido al descenso. También está la falsa argumentación de que los equipos del interior o los equipos llamados chicos nunca llegarían a jugar en Primera o se irían al descenso todo el tiempo. Vale recordar que, en torneos de 20 equipos, fueron campeones Lanús y Banfield, Gimnasia perdió un campeonato en la última fecha. Pero el nivel de exigencia era mucho más alto, los dirigentes debían saber como armar planteles que les permitieran hacer campañas acordes con sus expectativas, ya sea para salvarse del descenso o ganar un campeonato. Con el esquema actual, hay clubes que, sabiendo que no corren riesgos abajo y no les da para la pelea de arriba, no gastan demasiado, arman planteles mediocres para ir zafando y el nivel del juego es cada vez peor.

La Selección Argentina saludando al público luego de su triunfo ante Burkina Faso.
El saludo de la Selección luego del trámite ante Burkina Faso.

Volviendo a la Selección Argentina, hay un par de motivos mas. Podríamos hablar de la obsesión de Claudio Tapia de quedarse con todos los récords. Se le reconoce todo lo hecho en esta parte de su función, pero que también tiene alguna idea de perpetuarse en bronces y estatuas. El hecho de que el predio de la AFA se llame “Lionel Andrés Messi” dice un poco eso. No porque Messi no merezca todos los homenajes que puedan hacérsele, sino porque ponerle ese nombre al predio sólo refiere a un Campeón del Mundo y la Argentina tiene tres.

¿Por qué sólo se habla de Messi en el nombre del predio y no de Kempes o Maradona, que están en el mismo sitio?

La respuesta es sencilla: el capitán de la Selección Argentina que ganó un Mundial con Chiqui Tapia de presidente es Leo Messi. Ni hablar de los ploteos interiores. Las referencias al campeón de Qatar superan largamente en número y tamaño a las otras dos conquistas. Estos amistosos contra rivales impresentables también arrojan números abrumadores en favor de los jugadores de esta selección, en detrimento de fútbol o listas de otros tiempos que, además de jugar menos partidos, se enfrentaban a rivales de mayor envergadura. Alguna vez, en el mismo año calendario, Argentina enfrentaba a Paraguay por la Copa Chevallier Boutell, a Chile por la Copa Carlos Dittborn, a Brasil por la Copa Roca y a Uruguay por la Copa Lipton. Viniendo más acá en el tiempo, Alejandro Sabella formaba una selección local para enfrentarse con un equipo similar Brasil por el Superclásico de las Américas. Tuvo dos ediciones, en 2011 y 2012. Había una idea de competencia, de preparación real más que de un show para que los chicos vean a los jugadores que conocen de la play o en las figuritas. Se iba a la cancha a ver a la Selección Argentina y se gozaba o se sufría, no “a ver a Lautaro, a Cuti, a Dibu, a Enzo, a Mastan que se dejó el pelo largo o a Nico Paz que va a ponerse la 10”. Lo aleatorio pasó a tener una preponderancia insólita por sobre lo esencial, que es el equipo de fútbol y el juego. Se tiene más llegada, más información, más gente que se ocupa de contenidos y, sin embargo, se sabe menos, el conocimiento es más precario. Basta con ver lo que esos mismos asistentes a los estadios escriben en las redes o plataformas sobre fútbol.

El suspendido Argentina-España

A comienzos de este año 2026, Argentina —como campeón vigente de la Copa América— debía jugar la Finalíssima contra España, ganador de la Eurocopa. Era un partido muy esperado. Sin embargo, se suspendió. Los argentinos dicen que los españoles no querían jugar, los españoles dicen que pusieron todas las fechas a disposición para hacerlo (la última oferta había sido en Roma el 27 de marzo) y la AFA no quiso, los dirigentes dicen que Scaloni no tenía muchas ganas de jugarlo, hay quienes sostienen que Scaloni se fastidió mucho cuando la AFA lo dejó sin la prueba final para poner a punto al equipo para el Mundial. Lo cierto es que se buscaron todas las maneras posibles de no jugar el partido, justo el partido más esperado y más complicado que podría tener la Selección Argentina en su preparación para el Mundial. Para bajar el tono de las criticas o convencer a la gente de las bondades de no jugar un partido de tamaña exigencia, hay un periodismo blanco y domesticado que explica todo lo positivo que hay en cualquier decisión que se tome desde la AFA sobre la Selección, no importa la contradicción en la que caigan o el ridículo que hagan. Para ellos, la AFA siempre tiene razón y más cuando no la tiene.

Hay que pensar un poco más en el juego y menos en las figuras, la play e Instagram.

Tal vez la última explicación sobre tan pobres rivales en amistosos sea la que derribe cualquier argumento anterior, siempre pensando que quienes discuten de fútbol o habitan su tóxico mundo tienen más respeto por el dinero que por las personas. Si Argentina juega con un rival como Burkina Faso, por ejemplo, se queda con el 90 por ciento del cachet, como mínimo. Un dirigente del país africano dijo que Tapia paga “lo mínimo indispensable” para que vengan a jugar. Con una Selección importante, de un país con tradición, habría que discutir todo: fecha, sede y, sobre todo, cachet. Si Argentina armara un amistoso con Alemania, por ejemplo, el dinero se repartiría en partes iguales. La AFA hacia grandes negocios en esos partidos contrae rivales ignotos porque se presentaba con Leo Messi y eso engordaba las ganancias. Que estuviera Messi en la cancha permitió, por ejemplo, que se cobraran 500.000 pesos una platea en la cancha de Boca para ver un partido con ¡Mauritania¡. Argentina ganó 2-1, pero esa noche los jugadores estuvieron desmotivados a tal punto, que hubo quejas públicas de Dibu Martínez y Scaloni al final del partido. El rival era muy malo, pero así y todo hizo un gol y consiguió que la Argentina jugara uno de los peores partidos del ciclo.

¿Y los partidos sin Leo?

Resta saber que pasará con estos amistosos ahora que no estará Messi. Anoche, frente a Burkina Faso (que tuvo problemas para llegar y mandó un sub 23), medio estadio de River estuvo inhabilitado y se regalaron entradas en los colegios para que las plateas y las tribunas no estuvieran tan raleadas. Ya no será tan fácil imponer el cachet con un golpe en la mesa porque la carta más valiosa ya no estará. Una solución sería mejorar el nivel de los rivales, aunque no sean europeos. Un partido contra Colombia, por caso, sería mejor que jugar contra Benín. Hay que pensar un poco más en el juego y menos en las figuras, la play e Instagram.

La era Post Messi comenzó y, en ese nuevo orden, las cosas deben cambiar mucho. Uno de esas modificaciones, urgente, debe ser el nivel de amistosos para evitar papelones como el de anoche, récords falsos y pretensiones de bronce.