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COLUMNISTAS / Opinión
domingo 30 junio, 2019

La editorial colada

Rueda no era especialmente un gran lector, aunque tenía, como bien señala Petersen, una extraordinaria intuición.

por Damián Tabarovsky

default Foto: CEDOC
domingo 30 junio, 2019

La escena transcurre hace dos o tres años. Mi amigo C.L. y yo acabábamos de leer El traductor de Ulises. Salas Subirat. La desconocida historia del argentino que tradujo la obra maestra de Joyce, de Lucas Petersen (Sudamericana, Buenos Aires, 2016), libro que nos pareció magnífico. Inmediatamente se produjo una conversación entre nosotros, sobre esto y aquello, pero siempre derivada de la lectura del libro. No me acuerdo cómo, pero llegamos a la traducción de Estela Canto de En busca del tiempo perdido, de Proust, y la editorial que la publicó. ¿Cuál era? ¿Losada? ¿Santiago Rueda? Descartamos esta última: la traducción de Canto es relativamente tardía, estuvo trabajando en ella hasta su muerte en 1994. Para entonces ya hacía años que Santiago Rueda había dejado de publicar. La charla continuó y, casi obviamente, llegamos a la historia de Santiago Rueda, es decir a la ausencia de una buena historia de Santiago Rueda. Pues bien, el propio Petersen se encargó de ella en Santiago Rueda. Edición, vanguardia e intuición (Tren en Movimiento, Buenos Aires, mayo de 2019). Libro cuyo encanto e interés son tan elevados como el anterior.

A partir de 1940 y durante décadas, la editorial Santiago Rueda publicó Ulises de Joyce –por primera vez en castellano– Proust, Freud (editó las primeras Obras completas en español a principios de los 50), una parte importante de la entonces nueva narrativa norteamericana realista (Hemingway, Dos Passos, etc), además de Henry Miller, D.H. Lawrence, entre muchos otros. Sin embargo, Rueda no goza del prestigio de otras editoriales como Sur, situación bien injusta (aunque pensándolo bien, no tanto: de nada hay que huir más que del prestigio). Rueda, el editor-propietario, no era especialmente un gran lector, aunque tenía, como bien señala el subtítulo de Petersen, una extraordinaria intuición. Petersen va más lejos en la descripción del estilo y los efectos de la editorial: “Rueda no solo se coló entre los grandes nombres del boom editorial de mediados del siglo XX sino que alcanzó entre ellos un lugar de preeminencia a fuerza de batacazos que, en principio, parecían muy por encima de su modesto alcance”.  De las 41 palabras de Petersen que acabo de transcribir –todas impecables– hay dos claves, la tercera y la cuarta: “se coló”. La idea de que Santiago Rueda es la gran editorial colada, la que se cuela entre medio de Sur y de las editoriales ligadas a Boedo, la editorial polizonte de la alta cultura nacional, la que se escapa del radar de Victoria Ocampo y hasta del propio Borges, me resulta extraordinaria. Habría que poner en sistema a Santiago Rueda con la traducción argentina (publicada por la editorial Argos) de Ferdydurke, de Gombrowicz, hecha en esos años 40 en el bar Rex, por el propio Gombrowicz junto al cubano Virgilio Piñera, Adolfo de Obieta –hijo de Macedonio Fernández–, a veces Carlos Mastronardi, entre otros como grandes momentos anómalos de la cultura argentina. Habría que tirar de ese hilo y buscar otros hitos, para desembocar en una teoría loca, erudita y excéntrica de lo argentino, tan ajena a estos tiempos en que el sueño de los escritores parece ser publicar en Penguin Random House.

Son también interesantes las razones del declive de la editorial en los 60. No tengo ya espacio para glosarlas. Lo haré la semana que viene, la otra, o tal vez nunca.


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