Los buenos profesionales tienen buenos hábitos y uno clave de un periodista es la consulta circular: ver algo desde todos los ángulos.
Pero el periodismo suele ver al mundo desde un punto fijo y así no se entiende.
A ese punto fijo lo llamamos Occidente.
Esa idea es anacrónica y tapa la verdad del mundo. Y el periodismo parece gobernado por esa visión miope. En esta etapa histórica, la democracia y el periodismo se expandieron desde Occidente pero ahora esa idea lo limita. Nos impide ver la heterogeneidad interna de cada sociedad, a la que nos acercamos con un filtro viejo y gastado.
La prensa aplica una universalidad selectiva. Nos interesa una crisis lejana solo si impacta el centro del mundo, si no es invisible. En mis indagaciones no encontré medios argentinos con corresponsales en Asia o África. En Brasil los grandes medios tienden a ser más globales en su visión del mundo. Perfil tuvo iniciativas en Rusia, China y Angola. La Nación pensó en tener una corresponsalía en China, pero luego rechazó hacer ese esfuerzo
económico. Tampoco en Rusia, Japón, o India. Países que son civilizaciones en sí mismos están fuera de nuestro mapamundi. Siguen siendo exóticos, territorios aún no descubiertos. África por supuesto también.
Sin embargo, los últimos tres periodistas que ganaron el premio Nobel son de “Oriente”. En 2015, la bielorrusa Svetlana Alexievich ganó el de Literatura con una extraordinaria obra que registra con maestría las corrientes mentales y afectivas del mundo postsoviético; y en el 2021 compartieron el de la Paz la periodista filipina María Ressa y el periodista ruso Dmitry Muratov, ambos notables luchadores ante las autocracias.
LA DEMOCRACIA COMO VIOLACIÓN
Hoy, los 250 años de la independencia de Estados Unidos son un homenaje a su capacidad de recibir inmigrantes y convertirse en un cubito de caldo de la población universal.
Donald Trump intentó pausar ese camino pero seguramente no podrá. Es que también existe el Occidente salvaje, que son las fuerzas extremistas, racistas, antinmigración, sectarias y segregacionistas, que defienden los valores occidentales contradiciéndolos, y hoy están en un ciclo de auge. Y no es casual que esta ola sea antiperiodística.
Pero los festejos de los 250 años de la independencia de los Estados Unidos no tienen el copyright sobre la democracia. Como dijo hace dos décadas el pensador indio Amartya Sen, la democracia “es un valor universal”.
El reconocimiento es tan universal que las dictaduras se disfrazan de democracias. Tanto es así que unos días antes de la invasión a Ucrania, Putin se reunió con Xi Jinping y repitieron a Sen: “Ambas partes comparten el entendimiento de que la democracia es un valor humano universal, y no un privilegio de un número limitado de Estados, y que su promoción y protección es una responsabilidad común de toda la comunidad internacional”. El gobierno chino es un “esquema vertical, no democrático”, como reconoce un experto en China y ex embajador argentino, Sabino Vaca Narvaja. Lo mismo se aplica a Rusia. Pero ambos gobiernos en ese documento consideran que sus formas de participación popular son democráticas y que tienen “una larga tradición democrática”. Seguramente piensan distinto desde su casa en Moscú el periodista ruso Muratov o, desde su cárcel en Hong Kong, el editor Jimmy Lai, quien acaba de ser condenado a veinte años de prisión. En aquel documento conjunto, Putin y Xi Jinping dijeron que “corresponde únicamente al pueblo del país decidir si su Estado es democrático”. Pero no está claro en qué momento le preguntan, dado que estos gobiernos gestionan monólogos y ejercen el “periodismo vertical”.
El concepto “occidente” trata como a extranjeros a los millones de demócratas que viven en países no democráticos. Esta mirada es funcional a los autócratas de “Oriente”, los que defienden sus simulacros de democracia con argumentos identitarios y culturales. Entonces, la lucha por la democracia es una violación, igual que como se percibieron las Cruzadas, según cuenta Amin Maalouf en su libro Las cruzadas vistas por los árabes. Por eso estos autócratas acusan de extranjerizantes a sus disidencias internas. De hecho, la condena de la justicia china a Jimmy Lai fue por “conspiración para actuar en connivencia con fuerzas extranjeras”.
LA INDIFERENCIA DE LOS AMIGOS
El problema de la inercia de esta mirada occidental es que ni explica el mundo ni defiende la democracia. No rompe los tabúes culturales. Lleva implícita que hay países a
los que la democracia les queda lejos y así dejamos solos a los demócratas que batallan en esos lugares. Como dice Sen: “Un país no tiene por qué estar preparado para la democracia, sino más bien estar preparado mediante la democracia”.
Por cada tradición de pensamiento autoritario que se encuentra en los valores asiáticos o africanos, se puede encontrar una contrapartida entre los occidentales. Dice Sen: “La heterogeneidad de valores parece caracterizar a casi todas, si no a todas, las culturas”.
Irán, por ejemplo, tiene una sociedad civil sofisticada ninguneada en el debate internacional y, en Palestina, nunca se abrió el camino de la visibilidad a su sociedad civil, la que quedó asfixiada por la violencia de Hamas. Identificar a Irán con sus ayatollahs y a los palestinos con Hamas es una garantía de conflicto eterno. Quizás el principal récord de las democracias es que nunca se han guerreado entre sí. Si esto es así, es evidente que colaborar con la democracia en esos países es el camino de la paz.
La realidad muestra democracias asentadas en Asia y África. La transición a la democracia en España ayudó a demoler la idea de que los latinos no podían autogobernarse, por lo que impulsó la transición en América Latina. Hoy la historia democrática no la escriben cinco ciudades luz del cuadrante noroccidental, sino que tiene bases de apoyo en cada país del mundo, pero tendemos a no verlas y, por lo tanto, a no ayudarlas.
En Rusia, el problema es Putin, no los rusos. Rusia no es una fábrica de villanos, sino una de las grandes fuentes de la cultura global. Pero ciertos géneros de Hollywood nos enseñan a odiar países. Occidente tiene enemigos sobre los que la primera arma que utiliza es la caricatura.
Frente al villano Putin, ahora la Unión Europea creó el Centro Europeo para la Resiliencia Democrática, según su reciente programa Escudo Europeo por la Democracia, cuyo primer objetivo es ”salvaguardar la integridad del espacio de la información”, lo que incluirá “apoyo financiero al periodismo independiente y local”.
Al final, esta es una buena noticia que intenta compensar esta situación rara que vive el periodismo en los países democráticos donde los únicos que se ocupan de nosotros son nuestros enemigos, mientras los que deberían ayudarnos nos suelen ver con indiferencia.