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domingo 4 agosto, 2013

Lilaza

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El debate por TN entre los candidatos a diputados de UNEN hacia las PASO fue un espectáculo gracias a Carrió. Desde antes del surgimiento del kirchnerismo y la popularización de Ernesto Laclau, Lilita ya era la mayor experta en “la palabra adversativa” (texto homónimo de Eliseo Verón de 1987 donde sostenía que el discurso político “parece inseparable de la construcción de un adversario”).

Carrió, como toda estrella, siempre se pone fuera de las restricciones enunciativas habituales. Frente a Gil Lavedra, Lousteau e Illia, lejos de ubicarse en una relación simétrica con quienes eran sus compañeros de debate y de una misma fuerza política, se ubicó en una relación complementaria superior y los posicionó a ellos en un lugar inferior. No los trató como a iguales.

A Lousteau le destinó un discurso pedagógico dándole consejos y reprimendas. Le dijo: “Es fácil denunciar la corrupción ahora en estos tiempos fáciles donde todos los medios denuncian. Tener coraje era denunciar a De Vido mientras vos estabas en el Gobierno”. Es cierto, pero más poder que Lousteau tiene el Grupo Clarín, que tampoco denunciaba la corrupción kirchnerista por entonces, y criticarle eso sólo a Lousteau sin hacer extensiva la crítica al anfitrión del debate no resulta coherente con el coraje que declamó.

A Illia directamente lo ignoró: “A vos no te hablo”, le respondió intolerante frente a la elementaridad representativa del hijo del ex presidente radical. Y con Gil Lavedra fue freudiana. Explícitamente para Lilita la política cumple el lugar de su familia (“por eso discutimos, pero nos queremos como en cualquier familia”) y en este contexto, mientras Pino Solanas se podría decir que simbolizaba al amante (“¿Estuve bien Pino?”, le arroja a la platea), a Gil Lavedra le tocó ocupar el papel del marido en un matriarcado. “Me quiere domesticar (fuerte risa), es el único hombre del mundo que dijo esta estupidez”, dijo Carrió y Gil Lavedra contestó: “Nadie lo ha logrado”. Ella retrucó: (sin embargo) “me aman mucho, mucha gente”.

En otro intercambio ella le dijo: “Yo soy dura a diferencia de él (por Gil Lavedra) que es un blando porque cree en el diálogo”. Y él le respondió: “Vos no sos dura, sos dogmática. No hay que confundir blandura con espíritu democrático (...) la historia muestra que fui firme cuando así correspondía”.

Gil Lavedra le reclamó haber faltado a sesiones donde se votaron leyes fundamentales y ella lo acusó de insensible porque sabía que fue operada, y por eso iba al Congreso con faja, sumado a que otra ausencia obedeció a que su hijo se recibió en el Chaco y no podía faltar porque viviendo en Buenos Aires ya lo veía muy poco.

Allí Carrió exhibió la abnegación de su cruzada contra la corrupción a la que está  entregada. Con aires de santidad emanó un aura de estar casada con el país al que le es simbólicamente célibe: “Jamás he aceptado un cargo y me han ofrecido ser ministro, de todo”.

La religiosidad de Carrió era más conocida que la de Bergoglio. Ahora con el papa Francisco hay una inspiración más laica y operativa: “Hice un gran lío estos días, fue por un error, el Papa mandó a los jóvenes a hacer lío y se me ocurrió hacerlo a mí, que estoy grande”.

Lilita sabe que muchos la ven como a “una loca que anda armando lío” y lo resignificó convirtiéndolo en un estandarte: “Yo nací para hacer lío”, había dicho en una entrevista con Lanata días antes del debate. Y juega con esa imagen; al comenzar el debate, aclaró: “Yo no rompo nada, discuto pero luego como un asado”, y más tarde: “Nadie tiene que asustarse, las discusiones públicas son maravillosas”. Tuvo continuos gestos de superioridad hacia Lousteau y de burla a Illia. Tuteó a los conductores del debate y por momentos hasta habló de ella misma en tercera persona: “Todos los logros de esta denunciante crónica”. “Sirven las denuncias –prosiguió– ¿Sirven las denuncias?. Claro que sirven, ahora el pueblo sabe quién los robó”. Allí ella no es pueblo, está ubicada en un lugar de privilegio para analizar la situación política. Lo que refuerza cuando dijo: “Amo a los ricos, amo a los pobres y amo especialmente a la clase media”, de la que se siente su representante.

Ella interrumpía mientras acotaba todo el tiempo como un relator sobre la escena: “Este es peor que yo”. No cumplir con las reglas es una postura; como a ella le sobra rectitud con su actitud ética, no necesita de formalidades que otros deben respetar y hasta le quedan divertidas. Efecto contrario se aplica para Lousteau, quien recitaba para compensar las transgresiones personales que lo hicieron famoso.

En Lilita, la intemperancia es un rasgo central de su confrontativa producción de estilo, un desacartonamiento que la hace más fresca y original. (“¿Cómo se llama ese ministro motomandado? Ah, sí, Randazzo”, chicaneó) pero el propio dispositivo del debate entre pares es contrario a su ser: ella es una solista. Foucault decía que la metodología es la ideología y la metodología de un debate de candidatos de un mismo partido valoriza la articulación de la diversidad y la búsqueda de acuerdos programáticos. En ese punto, Gil Lavedra mostró su superioridad.

La cantidad de votos de Carrió para diputada por la Ciudad de Buenos Aires fue siempre alrededor del 20%: 22% en 2005, 19% en 2009 y probablemente algo similar, aunque mayor, obtenga en 2013. Su fracaso electoral fue la tercera vez que intentó ser candidata a presidente, en 2011, cuando sacó menos del 2%, porque la gente ya había aprendido que no tenía ninguna vocación ejecutiva, y su candidatura presidencial era sólo una cuestión de egocentrismo.

Gran diputada, pésima conductora, insuperable estrella política de la TV.


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