Poco a poco, la verdad hace su trabajo. Sin estridencias, sin atajos y sin necesidad de gritar. Poco a poco muestra su rostro: único, auténtico, profundo e irrefutable. Como el agua que, gota tras gota, termina horadando la roca más dura, la verdad siempre encuentra el camino para abrirse paso. Por eso vale la pena creer en ella. No apostar como un ludópata que confía en el azar, sino esperar con la convicción de quien sabe que la solidaridad, la decencia, la pureza y la verdad poseen una fuerza silenciosa que, tarde o temprano, termina imponiéndose. La mentira puede ganar tiempo; la verdad termina escribiendo la historia.
Porque la verdad nunca pierde; apenas suele demorarse.
Hay autores de prosapia que se han referido de distintas formas a la verdad. La verdad tiene un tiempo distinto. Hay quienes creen que la verdad necesita velocidad para imponerse. La experiencia demuestra exactamente lo contrario. La mentira suele correr más rápido porque se alimenta de la emoción, del prejuicio y de la confusión. La verdad, en cambio, avanza con otro ritmo: el de las pruebas, el del análisis, el del tiempo. Su fortaleza no radica en la espectacularidad, sino en su capacidad para resistir el examen de los hechos.
Miguel de Cervantes lo expresó hace más de cuatro siglos con una de las imágenes más poderosas de la literatura española: "La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira, como el aceite sobre el agua." (Don Quijote de la Mancha, Parte II, Capítulo X, 1615). No importa cuánto se la intente ocultar o deformar: tarde o temprano emerge a la superficie.
Esa misma convicción inspiró a Mahatma Gandhi cuando sostuvo que "la verdad nunca daña a una causa que es justa" (Young India, 17 de diciembre de 1925; The Collected Works of Mahatma Gandhi). La verdad puede resultar incómoda, puede obligar a revisar convicciones o intereses, pero jamás perjudica aquello que descansa sobre la justicia. Sólo desnuda aquello que no puede sostenerse por sí mismo.
En el terreno de la filosofía, Santo Tomás de Aquino definió la verdad con una precisión que atravesó siglos de pensamiento: "Veritas est adaequatio rei et intellectus", es decir, la verdad consiste en la adecuación del entendimiento con la realidad (Quaestiones Disputatae de Veritate, q. 1, a. 1). No es una construcción arbitraria ni una cuestión de mayorías; es la correspondencia entre lo que afirmamos y lo que verdaderamente ocurrió.
Mucho antes, Aristóteles había dejado otra enseñanza fundamental al afirmar, en la Ética a Nicómaco (Libro I, cap. 6), que aunque el afecto por las personas sea valioso, más valiosa aún debe ser la verdad. De esa reflexión nació la célebre formulación latina Amicus Plato, sed magis amica veritas, difundida posteriormente por la tradición escolástica. El mensaje sigue siendo actual: ninguna lealtad personal puede prevalecer sobre la fidelidad a los hechos.
"Loan sigue secuestrado": el contundente comunicado de la familia Peña durante el juicio
Esa confianza en el tiempo también atraviesa la tradición democrática moderna. El abolicionista estadounidense Theodore Parker escribió en 1853 que el arco del universo moral es largo, pero termina inclinándose hacia la justicia (Of Justice and the Conscience). Más de un siglo después, Martin Luther King Jr. retomó esa idea en su histórico sermón pronunciado en la National Cathedral de Washington, el 31 de marzo de 1968, convirtiéndola en una de las frases emblemáticas de la lucha por los derechos civiles. La justicia puede demorarse, pero no por ello deja de ser el horizonte hacia el cual debe dirigirse toda sociedad que pretenda llamarse democrática.
Quizá por eso convenga desconfiar de las sentencias demasiado fáciles que circulan por las redes sociales. Muchas frases atribuidas a Schopenhauer, Churchill o Mark Twain sobre la verdad y la mentira carecen de respaldo documental firme. Paradójicamente, hasta las frases sobre la verdad pueden construirse sobre atribuciones falsas. También allí la honestidad intelectual exige distinguir entre aquello que puede probarse y aquello que simplemente se repite.
En las causas judiciales complejas, como en la historia, la verdad rara vez aparece de un solo golpe. Se reconstruye. Avanza lentamente. Cada documento, cada pericia, cada testimonio y cada audiencia agregan una pieza a un rompecabezas que exige paciencia, prudencia y rigor. Por eso conviene recordar que el tiempo puede favorecer a la mentira durante un tramo del camino, pero difícilmente le permita sostenerse indefinidamente frente a la evidencia.
Porque, al final, la verdad no necesita propaganda. Necesita tiempo. Y cuando ese tiempo llega, suele hablar con una fuerza que ninguna operación, ningún rumor y ninguna campaña de desinformación consiguen silenciar. Como el agua sobre la piedra, actúa sin estridencias, pero con una perseverancia invencible. Puede demorarse. Puede obligarnos a esperar. Pero cuando finalmente emerge, ya no necesita defensores: los propios hechos hablan por ella.
María y José de este tiempo
Es inimaginable e incomprensible la profundidad del dolor espiritual de María y José; es una de esas sensaciones que no se le desean ni al peor enemigo.
La familia de Loan enfrenta hoy varios frentes en una lucha que, desde el primer día, ha excedido largamente el expediente judicial. Mientras el juicio oral y público avanza en Corrientes, también comienza a cambiar el clima que durante meses rodeó a la causa. Aquellas primeras versiones, muchas de ellas impulsadas por los propios imputados como Laudelina, dejaron una falsa impresión, como la del supuesto hallazgo del botín, posteriormente descartado por la investigación.
Posteriormente cobraron fuerza otras hipótesis impulsadas por quienes hoy están acusados de haber procurado desviar la investigación. Entre ellos se encuentran los diez procesados a quienes la Justicia atribuye haberse hecho pasar por integrantes de la Fundación Lucio Dupuy en el caso Loan Peña, conocidos mediáticamente como 'la banda del hotel'. Esas hipótesis hoy parecen haber perdido fuerza frente al peso de la prueba producida en el debate oral.
Las filtraciones interesadas, las operaciones de desinformación, los supuestos "periodistas" que aparecían sembrando miedo, incertidumbre y teorías de toda clase sobre el destino de Loan, fueron desapareciendo a medida que el juicio empezó a exponer los hechos bajo las reglas del debido proceso. Todavía subsisten algunos pequeños focos que, desde espacios cada vez más marginales, continúan intentando generar confusión o instalar sospechas sin sustento. Su alcance es mucho menor, pero el daño que procuran causar no deja de ser una preocupación para la familia.
También los medios de comunicación parecen haber incorporado una mayor prudencia siguiendo criterios protocolares, de rigor profesional y académico, como los propuestos desde el primer día por Editorial Perfil y otros medios que privilegiaron la verificación rigurosa de la información.
La experiencia acumulada durante estos meses y la contundencia que adquiere la prueba producida en el juicio oral llevaron a muchos periodistas y redacciones a extremar los recaudos antes de difundir información no verificada. El debate oral tiene esa virtud: obliga a confrontar las afirmaciones con la prueba y expone, al mismo tiempo, lo mejor y lo peor de quienes intervienen en el proceso.
La sociedad observa con atención. También lo hacen los jueces del Tribunal, que reciben cada testimonio, cada documento y cada pericia dentro del marco de un proceso público, oral y contradictorio. La sentencia se acerca y será el momento institucional en el que deberán valorar toda la prueba producida durante el juicio.
Mientras tanto, la familia de Loan sabe que aún no puede bajar la guardia. Debe continuar afrontando distintos frentes, actuar con prudencia y mantenerse atenta frente a cualquier intento de desviar nuevamente el eje de la discusión. El objetivo sigue siendo el mismo desde el primer día: saber quiénes y para qué se llevaron a Loan, que aparezca vivo, sano y salvo, que el proceso llegue a su conclusión con la mayor transparencia posible y que la verdad judicial pueda construirse sobre pruebas y no sobre operaciones.
Frente del juicio oral y público
Cada audiencia representa una herida que vuelve a abrirse. Los padres y los siete hermanos de Loan escuchan en silencio cada declaración, cada testimonio y cada explicación, con la esperanza de encontrar aquello que nadie ha podido responder desde el 13 de junio de 2024: ¿por qué se llevaron a Loan? ¿Para qué se lo llevaron? Esas dos preguntas atraviesan cada jornada del debate oral y permanecen, hasta hoy, sin una respuesta que pueda aliviar el dolor de una familia que vive entre la espera y la incertidumbre.
Frente del Legajo 92
Mientras el juicio oral reconstruye lo ocurrido respecto de los acusados, la investigación por la desaparición de Loan continúa abierta en el Legajo 92. Allí, la jueza Cristina Pozzer Penzo impulsa nuevas líneas de investigación destinadas a explorar aspectos que aún permanecen sin esclarecer. La pregunta sigue siendo tan sencilla como devastadora: ¿para qué llegaron tantas personas a 9 de Julio y cuál fue su verdadero papel en aquellos días? Muchas de las explicaciones conocidas hasta ahora resultan, para numerosos observadores y periodistas que siguen la causa desde el comienzo, insuficientes, imprecisas o difíciles de conciliar con el conjunto de los hechos. Por eso, las nuevas medidas de prueba adquieren una importancia decisiva: pueden aportar indicios que permitan acercarse, finalmente, a una explicación seria, verificable y responsable.
Porque el mayor vacío de esta causa no es solamente la ausencia de Loan. Es también el silencio. El silencio de quienes saben y no hablan. El silencio de quienes podrían explicar y eligen callar. El silencio que prolonga el sufrimiento de una familia que no reclama privilegios ni venganza, sino algo mucho más elemental: conocer la verdad. Mientras esa respuesta no llegue, la herida seguirá abierta y la deuda de la sociedad con Loan continuará intacta.
Frente institucional: las denuncias contra la jueza y el riesgo de desviar el eje de la investigación
Entre los frentes que, según manifestó públicamente la familia, generan especial preocupación se encuentran los ataques públicos dirigidos contra los fiscales del caso, los cuestionamientos formulados contra la jueza federal Cristina Pozzer Penzo y las presentaciones realizadas ante el Consejo de la Magistratura.
Más allá de la legitimidad que tiene todo ciudadano para promover los mecanismos institucionales previstos por la Constitución y las leyes, resulta inevitable preguntarse si este tipo de iniciativas contribuye efectivamente al esclarecimiento de los hechos o si, por el contrario, termina desplazando el centro del debate: la desaparición de Loan Danilo Peña.
Mientras el juicio oral avanza y el Legajo 92 continúa abierto con nuevas medidas de investigación, el foco debería permanecer allí donde siempre debió estar: en determinar quiénes participaron, cuál fue el destino del niño y cuál fue el verdadero móvil de su desaparición. Sin embargo, cada discusión paralela, cada controversia ajena al objeto principal del proceso y cada enfrentamiento institucional corre el riesgo de diluir la atención pública sobre las preguntas esenciales que aún permanecen sin respuesta.
Desde una perspectiva estrictamente procesal, la fortaleza de una investigación no depende solamente de la cantidad de prueba reunida, sino también de la solidez jurídica con la que cada acto procesal sea construido. Por ello, cualquier cuestionamiento a la actuación judicial será finalmente resuelto por los mecanismos de revisión previstos por el ordenamiento jurídico y no por el debate mediático. Esa es precisamente la garantía del Estado de Derecho.
La preocupación de la familia radica en que las controversias institucionales no terminen convirtiéndose en un elemento que retrase, complique o desplace el objetivo central de la causa. Después de más de dos años de investigación, la sociedad espera respuestas sobre Loan, no una sucesión interminable de conflictos accesorios. El verdadero desafío de la Justicia consiste en preservar la legalidad del proceso y, al mismo tiempo, impedir que cuestiones ajenas al fondo del caso opaquen la búsqueda de la verdad.
Porque, al final del camino, ninguna denuncia disciplinaria, ninguna controversia procesal y ninguna discusión paralela responderán la pregunta que continúa atravesando a toda la sociedad argentina: ¿dónde está Loan y para qué se lo llevaron?
La esperanza también es una decisión
Poco a poco también comienza a cambiar el ánimo de la sociedad. Cada vez son más las personas que vuelven a abrazar a María, a José y a los hermanos de Loan, acompañándolos con respeto, afecto y solidaridad. Después de tanto ruido, de tantas versiones y de tanta confusión, vuelve a abrirse paso la esperanza. Poco a poco renace la confianza en que la verdad llegará, en que la Justicia cumplirá su deber y en que ningún padre ni ninguna madre deben atravesar semejante dolor en soledad. Ese acompañamiento silencioso, humano y sincero constituye hoy una de las mayores fortalezas de la familia para seguir adelante.
Después de más de dos años de angustia, de incertidumbre y de un dolor imposible de describir, hay una certeza que nunca cambió. La familia de Loan jamás eligió el camino de la descalificación de las instituciones. Eligió otro camino: el de la ley. El de la Justicia. El de la República.
Desde el primer día decidió acompañar la investigación judicial, aportar todo cuanto estuvo a su alcance y confiar en quienes la Constitución y las leyes han colocado al frente de la investigación de semejante magnitud. Esa confianza se mantiene intacta. La familia ha respaldado, desde el comienzo, el trabajo de la jueza federal Cristina Pozzer Penzo, de los fiscales Carlos Schaefer y Tamara Pourcel, y de todos los funcionarios, profesionales, investigadores, fuerzas de seguridad y equipos técnicos que, con enorme responsabilidad, continúan trabajando para esclarecer lo ocurrido con Loan Danilo Peña. Esa confianza no significa ausencia de dolor ni renuncia a formular pedidos o planteos dentro del proceso; significa comprender que el único camino legítimo para alcanzar la verdad es el de las instituciones.
El Estado de Derecho no se construye cuando las decisiones nos satisfacen. Se construye, precisamente, cuando aún en medio del sufrimiento se respetan los procedimientos, el debido proceso, el derecho de defensa, las garantías y las competencias de cada uno de los órganos llamados a intervenir. Allí reside la verdadera fortaleza de una democracia: en la capacidad de buscar la verdad sin abandonar jamás la legalidad.
Durante estos meses hubo operaciones, rumores, especulaciones, hipótesis cambiantes y discusiones paralelas. Pero ninguna de ellas modificó el objetivo esencial. La pregunta sigue siendo la misma desde el 13 de junio de 2024: ¿dónde está Loan? ¿Quiénes se lo llevaron? ¿Para qué? Y esas respuestas no surgirán del ruido, sino de la prueba; no de las campañas mediáticas, sino del proceso judicial; no de la confrontación estéril, sino del trabajo serio, paciente y profesional de la Justicia.
La familia sabe que todavía queda camino por recorrer. También sabe que la verdad tiene su propio tiempo. Por eso continúa esperando con la misma dignidad con la que comenzó esta lucha. Sin resignación. Sin odio. Sin renunciar a la esperanza.
Porque la esperanza también es una decisión. Es negarse a aceptar que el crimen pueda imponerse sobre la verdad. Es creer que la solidaridad vale más que el miedo, que la decencia vale más que las operaciones y que la Justicia, cuando trabaja con independencia y apego a la ley, constituye la mejor herramienta de una sociedad para enfrentar el horror. Y mientras exista una sola medida de prueba pendiente, una sola línea de investigación abierta y un solo esfuerzo honesto por encontrar respuestas, los padres y hermanos seguirán creyendo.
Seguirán creyendo en las instituciones de la República. En la Justicia. Y, por encima de todo, seguirán sosteniendo la esperanza más profunda que puede albergar un padre, una madre y siete hermanos: que Loan aparezca vivo, sano y salvo. Ese día no concluirá solamente una investigación judicial. Ese día la República habrá dado una muestra de que, aun frente al crimen más cruel, las instituciones pueden abrirse camino hasta la verdad. Será también el comienzo de la justicia que toda la sociedad argentina le debe a un niño llamado Loan Danilo Peña.