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sábado 9 noviembre, 2019

Lula da Silva libre: Y un día volvió a nacer

En cada "renacer", sin embargo, suele haber cambios y continuidades. Habrá que ver cuáles son los cambios de este Lula.

por Ignacio Pirotta

Lula da Silva, tras ser liberado de la cárcel. Foto: AFP

Hablar de Lula, además de hablar de uno de los mayores dirigentes políticos de la historia de América latina, es hablar de una biografía espectacular. Nacido en la región desértica del sertão nordestino, donde la falta de agua y el hambre se juntan para hacer de esa una de las regiones más desfavorecidas de Brasil, Lula nació políticamente en el ABC paulista, la zona industrial de la Gran San Pablo, de la mano del sindicalismo que a fines de los '70 comenzó a enfrentar a la dictadura.

Podrían mencionarse muchos otros momentos de su biografía, como cuando perdió, durante el parto, a su mujer y el que sería su primer hijo. Las derrotas electorales en las segundas vueltas del '89, '94 y '98. El escándalo del Mensalão, que hizo que se lo diera por muerto políticamente antes de finalizar su primer mandato. El juicio político a Dilma Rousseff también es parte de su biografía y, desde luego, el capítulo que por estas horas comienza a tener desenlace: la prisión iniciada en abril de 2018. Si algo muestra la biografía de Lula es que su energía, su astucia y sobre todo, el trabajo que ha realizado para favorecer a los más humildes en un país signado por la desigualdad, lo convierten en un hombre al que nunca se lo puede dar por acabado. Con 74 años de edad, Lula fue protagonista de la política brasileña durante al menos 30 años y hoy sale de la cárcel y se convierte en la figura central de la oposición.

Su liberación produce un primer efecto en la política brasileña que es darle un rostro a la oposición. Hoy Bolsonaro enfrenta a un conjunto de partidos de la izquierda y la centroizquierda que se declaran abiertamente opositores. En la Cámara de Diputados, por ejemplo, esta oposición reúne algo más de 120 miembros de un total de 513. Los partidos de centro y centroderecha apoyan la agenda liberal económica del gobierno y en menor medida su agenda conservadora en lo relativo a valores. Se declaran “independientes” y apoyan las iniciativas del Ejecutivo dependiendo de su contenido. El PSDB, que fue desde el año '94 el otro polo de la disputa presidencial con el PT, se encuentra en medio de una lucha por su conducción, con los históricos de un lado (Fernando Henrique Cardoso, presidente entre 1994 y 2002, Geraldo Alckmin y Aécio Neves) y el gobernador de San Pablo, Joao Doria, del otro. Doria, de la mano de la corriente conservadora de los últimos años, sostiene una postura más dura en relación a la seguridad y las costumbres. En septiembre de este año censuró libros de educación sexual en las escuelas aludiendo a la “ideología de género”. Hasta el momento la mejor oposición ha sido la del propio Bolsonaro, sobre todo con sus declaraciones.

Si hay una crítica generalizada a Bolsonaro es que no se comporta como un Presidente de la República. El PSDB y otros partidos del centro y centroderecha han apoyado la Reforma Previsional y posiblemente hagan lo mismo con otras reformas impulsadas por el gobierno. La coincidencia de una agenda liberal en lo económico le da soporte a un presidente que no tiene base parlamentaria, peleado con los principales gobernadores (la notoria excepción es Minas Gerais) y que posiblemente termine abandonando su propio partido en los próximos meses, a raíz de una disputa con el presidente del mismo fruto de las investigaciones por candidaturas truchas en 2018.

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Si Bolsonaro es caos permanente, peleas interminables y dilapidación de capital político, la liberación de Lula puede ordenar ese caos. Si el fuego amigo caracterizó a los primeros meses de la gestión Bolsonaro, con la salida de importantes ministros (uno de ellos ex militar) que hoy se dedican a defenestrarlo, los últimos meses fueron de un camino de ida en la pelea con gobernadores como el de Río de Janeiro y San Pablo y con integrantes de otras fuerzas partidarias que siempre habían sido próximos a Bolsonaro. Lula enfrente y micrófono en mano opacará esas disputas. Al menos por un tiempo. 

Lula puede ordenar el caos del bolsonarismo, puede darle un rostro a la oposición, pero también puede alimentar la división de los partidos de izquierda. Ciro Gomes, del Partido Democrático Trabajador, que obtuvo un 12% en las presidenciales de 2018 y forma parte de los partidos de la oposición, tiene un enfrentamiento casi personal con Da Silva. La fractura entre Lula y Ciro es el principal obstáculo para la oposición, y la liberación de Lula obviamente empeora el cuadro.

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Habrá que ver cuál será el posicionamiento de Lula en términos generales, si mantendrá una línea más dura y de izquierda como en los últimos años, desde la época del impeachment a Dilma, o si buscará moderar el discurso y buscar una aproximación con otras fuerzas del centro. Tal como hizo para llegar y mantenerse en el poder. La formación de un Frente Democrático, por ejemplo, es una de las opciones. Tal frente ya fue anunciado a mediados de año y quedó en la nada, sin embargo hoy vuelve a sonar en la boca de dirigentes de distintos partidos, incluído el PT.

Si bien la biografía personal y política de Lula es espectacular, hay una enorme mancha negra. Lula fue perseguido y encarcelado en un proceso guiado políticamente. El principal elemento para culparlo de “la intensión de obtener un departamento como coima” fue el testimonio de Leo Pinheiro, un empresario de la construcción que sólo lo incriminó en una segunda declaración luego de casi un año en la cárcel. Eso no quita los graves hechos de corrupción que sucedieron en su gobierno. Hay allí, al menos, una responsabilidad política.

Con Lula preso sus seguidores se preguntaban dónde estaba el Estado de Derecho. Con Lula libre, ahora se lo preguntan los bolsonaristas. Así lo hizo el vicepresidente Hamilton Mourao, que cuestionó la decisión del Supremo y así lo sienten millones de brasileños tambień. Sintomático de la polarización extrema que vive Brasil y terreno sobre el que algunos se pueden sentir a gusto para agitar fantasmas que habiliten el estado de excepción. 

Tal vez la radicalización y el juego de la polarización no sea la mejor alternativa ni para la democracia ni para ganar las próximas elecciones, tanto para Bolsonaro como para Lula. Bolsonaro parece no tener registro de su creciente aislamiento; Lula replica la situación de Cristina Fernández en tanto es el principal dirigente del país pero al mismo tiempo su figura genera límites electorales y de armado político. El “medio paso al costado” de Cristina resolvió una encrucijada que en Brasil, entre otras cosas en ausencia del heterogéneo peronismo, parece más difícil. Otra diferencia importante es que la Argentina durante 2019 ya sentía cierto desgaste y deseo de un “fin de grieta”. En Brasil no parece estar sucediendo ello. 

Archivo | El discurso completo de Lula antes de entregarse a la Justicia

La liberación de Lula aún guarda suspenso. Falta que su caso sea juzgado por tribunales superiores, que de condenarlo lo regresarían a la cárcel. Pero sobre todo porque en los próximos meses la Corte debe resolver si suspende las sentencias de Sérgio Moro en función de la falta de imparcialidad. El PT ha anunciado que espera que esa decisión tenga lugar todavía en noviembre. La imparcialidad de Moro quedó fuertemente cuestionada entre otras cosas con las intercepciones telefónicas a los abogados de Lula (algo completamente ilegal y denunciado por la defensa), su nombramiento como ministro de Bolsonaro y las conversaciones entre los fiscales de la causa Lava Jato y Moro reveladas recientemente, donde queda claro la manipulación de la causa y la parcialidad del juez. Esa es la gran apuesta de Lula y el PT, la suspensión de la sentencia de Moro.

En medio de tamaña polarización, una de las claves de la política brasileña pasará por los partidos de centro. Allí se destaca, en el Congreso, la figura de Rodrigo Maia, presidente de Diputados y que se ha puesto al hombro las articulaciones para sacar la reforma previsional. Aislando al PT o bien aislando a Bolsonaro, con quien ese centro tiene coincidencias en la agenda económica, el llamado Centrão será clave.

Una vez más Lula ha renacido. Si alguien merece el apodo de “mito” es él y no Jair Bolsonaro. En cada “renacer”, sin embargo, suele haber cambios y continuidades. Habrá que ver cuáles son los cambios de este Lula. La continuidad que se espera es la de la defensa innegociable de los más humildes.


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