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COLUMNISTAS / opinion
sábado 8 diciembre, 2018

Mano dura

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por Jorge Fontevecchia

Bala. Patricia Bullrich, a lo Bolsonaro en Brasil. Foto: Cedoc Perfil

Vi el G20 a la distancia, desde Brasil, donde se realizó el evento de celebración de los 25 años de la revista Caras y los 30 de Editorial Perfil. Fue en el equivalente brasileño del CCK, Cidade das Artes, una mole gigantesca que por su tamaño la apodaron “el elefante blanco”, inaugurada para el Mundial de 2014 y las Olimpíadas de 2016 y que queda a pocas cuadras de la casa de Bolsonaro en Río de Janeiro, convertida hoy en símbolo y santuario rodeada de banderas que cuelgan de los edificios vecinos y vendedores ambulantes cuyos productos son camisetas, vinchas y suvenires con la cara del nuevo presidente.

Brasil es un sistema presidencialista con Congreso de coalición mientras Argentina es de confrontación

Más allá del deseo electoralista de Duran Barba y Patricia Bullrich, no se puede traducir a la Argentina la literal alegría que genera en la sociedad brasileña cada vez que un policía mata a un delincuente como lo muestra el video de esta semana donde la gente en la calle aplaude al policía que acaba de matar a un ladrón.

De la misma forma que sería inimaginable en nuestro país un gobierno democrático que contara con seis ministros militares, como acaba de nombrar Bolsonaro, aunque haya que reconocer que varios de ellos son especialistas en su materia como un almirante que es ingeniero nuclear y asume en Energía o un astronauta de aviación en Ciencia. Pero son más ministros militares que los que tenía la propia dictadura.

Mientras Macri recibía a los jefes de gobierno del G20, el viernes pasado Bolsonaro participó de la ceremonia de graduación de 427 cadetes como bachilleres en Ciencias Militares en la academia Agujas Negras, donde él mismo fue formado como oficial hace cuatro décadas, y en su discurso se refirió al “glorioso ejército”.

En Brasil los políticos están tan desprestigiados que los equipos de gobierno se tienen que formar con personas ajenas a los partidos y “así como Macri apela a los CEO de las empresas, Bolsonaro apela a los técnicos de las fuerzas armadas”, explican los periodistas brasileños.

El mismo día del evento en Cidade das Artes fue detenido por la Policía Federal el gobernador de Río de Janeiro, el primer gobernador preso en ejercicio del cargo, pero ya habían sido detenidos los años previos también por corrupción los cuatro gobernadores anteriores de ese estado, prácticamente todos desde la recuperación de la democracia.

En Brasil, el desprestigio de los partidos es aún mucho mayor que entre nosotros, donde solo el 6% de nuestros vecinos confía en los partidos políticos contra el 14% en Argentina (el promedio latinoamericano).

La inseguridad, como la corrupción, están en Brasil elevadas al paroxismo y, aunque nos cueste imaginarlo, dejan pequeñas a las de Argentina por comparación.

Igual, el “combo bolsonarista” de lucha contra la inseguridad y la corrupción es la mayor herramienta electoral que posee Macri para paliar la falta de resultados económicos en su búsqueda por ser reelecto en octubre próximo. Y tanto el nuevo protocolo con el que Patricia Bullrich les da más atribuciones a las fuerzas federales como el pedido de detención del CEO de Techint, Paolo Rocca –aunque simbólicamente–, responden a la lógica del humor de época.

Argentina se diferenciaba en el pasado de Brasil por seguir el mismo ciclo político pero siempre nosotros de manera más extrema, tanto con la violencia de la dictadura como con la de la guerrilla, o en los cambios políticos democráticos yendo de un extremo al otro. Ahora se invirtieron los grados de las tendencias, y en Brasil se siguen dando los mismos procesos que en Argentina pero allí de forma más exagerada.

En la lucha contra la inseguridad o contra la corrupción, Macri, Peña, Duran Barba y Bullrich usan el humor social en su beneficio mientras que para Bolsonaro se trata de su principal razón de ser en política. Y al revés, la economía, sobre la que se suponía que Macri iba a tener una superioridad, Bolsonaro la delega en una especie de Cavallo, el superpoderoso ministro Paulo Guedes, a quien se le asignan saberes superiores, mientras que el propio presidente dice no saber nada de economía. Quizá por eso, paradójicamente, termine funcionando mejor en Brasil que en Argentina, donde Macri creía saber del tema vaticinando como candidato que la inflación sería lo más fácil de resolver, y allí estuvo el inicio de su fracaso.

También Brasil tiene más convicción en la mano dura económica mientras que en la Argentina todo mantiene un componente de marketing. El superministro Paulo Guedes anunció que va a “privatizar todo lo que pueda”, a reducir y simplificar los impuestos, a abrir el comercio al mundo, a disminuir las jubilaciones y los gastos sociales, y a bajar el gasto público “para que haya más dinero para los privados”. Ese plan económico fue anunciado antes de las elecciones, por lo que tiene la legitimidad de haber sido votado por la mayoría de la población aunque muchos hayan elegido a Bolsonaro por su promesa de lucha contra la inseguridad y la corrupción más que por la economía.

Paulo Guedes también deslizó que sería bueno que el dólar costara más caro en Brasil para que su economía fuera más competitiva. En lugar de los 3,9 reales por dólar actuales, que costara 5 reales, un 20% más de verdadera mejora de la tasa de cambio, porque en Brasil la devaluación no se traslada a la inflación, como en Argentina. Aunque la causa de fondo es que la inflación se mantuvo muy baja haciendo que las devaluaciones siempre fueran casi inexistentes en los últimos quince años porque Lula fue mejor administrador que Cristina y hasta Temer, que Macri. El mejor ejemplo es que a comienzos de la década pasada, cuando estaba por asumir como presidente Lula y en Argentina Duhalde se encaminaba a pasarle el mando a Néstor Kirchner, el dólar costaba lo mismo en Brasil que en Argentina: 3,80 pesos y 3,80 reales; y quince años después en Argentina cuesta diez veces más: 38 pesos mientras en Brasil sigue costando lo mismo.

No todo en Brasil es mejor: la distribución de la renta sigue siendo mucho más injusta que en Argentina, un síntoma es que Brasil continúa teniendo el récord mundial de mayor cantidad de empleados domésticos del mundo: 7,2 millones, que representan el 13% de la población en actividad.

Al revés de Macri, Bolsonaro nombró un superministro de Economía para que asuma el primer día 

Quizá Macri puede mejorar sus posibilidades electorales el año próximo más por el efecto del crecimiento brasileño sobre nuestra economía que por los votos que pueda aportarle la mano dura de Patricia Bullrich. Y termine teniendo muchas más consecuencias positivas para la economía argentina el cambio de gobierno en Brasil que el éxito del G20 en Buenos Aires, aunque Bolsonaro sea impopular en Argentina.


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