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Especulé entonces que podría ofrecerle a Planeta organizar una encuesta telefónica sobre un libro de Penguin.

11-10-2020-Perfil logo
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Como decía Heidegger, “unos nacen para pito y otros para corneta”. En mi caso, es una trompeta de plástico que me vino en un Topolin. A la inversa, sí hay tipos con suerte. Por ejemplo, en este mismo bisemanario escribe todos los domingos (o los sábados, no me acuerdo bien) unas profundísimas notas de dos páginas, uno que increíblemente se llama igual que el principal asesor de imagen de los gobiernos de Macri. Por supuesto que no es el mismo, ya que en sus datos de autor figura que es profesor en una ignota universidad y no el otro honroso antecedente. A veces pasa. La literatura ha escrito grandes páginas sobre el tema del doble, por supuesto en Dostoievski, Nabokov, e incluso en Reanudación, la última novela de Robbe Grillet, a la altura de sus mejores textos. Como sea, bajo la influencia de uno (o del otro, o de los dos, qué sé yo), pensé que yo también podría dedicarme a la consultoría, en mi caso sobre temas editoriales. Especulé entonces que podría ofrecerle a Planeta organizar una encuesta telefónica sobre un libro de Penguin, que planteara esta pregunta: “¿Qué opina de que tal libro de Penguin es plagio? ¿Le molesta mucho, poco o no le importa?”. Por supuesto que ese libro no era plagio de nada, solo que al plantear así la pregunta ya generaba ese sentido. Pero rápidamente desistí (no por razones éticas sino porque ya nadie usa teléfono de línea). Entonces, se me ocurrió ofrecer mis servicios de asesoría de otro modo, más virtuoso. Por ejemplo, a la editorial Mansalva, cuyo catálogo es, por lejos, de lo mejor que se publica entre nosotros. Pues Mansalva debería publicar las entrevistas completas de El Ojo Mocho. De hecho, ya publicó las dos mejores. A Fogwill (primero, incluida en el extraordinario Los libros de la guerra, y luego como librito bajo el título de Diálogos en el campo enemigo) y ahora a Carlos Correas, incluida en Todas las noches escribo algo. Escritos reunidos 1953-2000, compilado por Jorge Quiroga y Federico Barea, con un muy acertado criterio temático antes que cronológico (“Correa literato”, “Correa existencialista”, etc.). 

Correa lucha contra el mal de haber escrito una obra maestra: La operación Masotta. Pero algunos de sus relatos y artículos (varios de ellos incluidos en Todas las noches…) son igualmente interesantes. Pero es la entrevista en El Ojo Mocho, al funcionar como puente entre esas preocupaciones y el tono de La operación Masotta, la que convierte el libro en imprescindible. A mitad de camino entre la anécdota ejemplar, la teoría, la deriva urbana y la malicia de la mala memoria, de entre todos los pasajes citables, elijo este: “Recuerdo que llegamos (se refiere a él, Masotta y Sebreli) a la casa (de David Viñas) y nos hizo pasar al escritorio (…) tenía abierto Ser y tiempo, de Heidegger, no sé, en la página veinte, y tenía puestos los anteojos así sobre el libro. A la salida chusmeamos, y dijimos que cuando escuchó el timbre fue corriendo a la biblioteca y lo abrió para mostrarlo (risas), mostrar que estaba leyendo a Heidegger”. Hoy, a setenta años de distancia (la historia es de principios de los 50), la anécdota se me vuelve irreal: habla del tiempo en que los libros eran objeto de deseo, de histeria, seducción y prestigio, mucho antes de que ese lugar lo ocuparan los celulares con sus apps, Netflix y votar al PRO.