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No comprar

Tal vez podría hacer una historia personal de los libros que no compré y después me arrepentí.

Hace unas semanas estuve en una librería de viejos en una ciudad que no es Buenos Aires. Revolví un rato, pero no encontré nada que me interesara. Salvo una postal, antigua, en buen estado, de publicidad del tabaco holandés Troost, que es el que yo usaba en la época en la que fumaba pipa. Era suave, no demasiado aromático y venía en un hermoso envase amarillo. Escribo en pasado porque desde hace años no se fabrica más. Cuando me enteré, ya hacía mucho que no fumaba pipa, no obstante volví a hacerlo un par de veces más, con otros tabacos supuestamente más o menos parecidos, pero no lo suficiente, así que finalmente dejé de fumar en pipa. La postal reproducía la ilustración que llevaban varios de los paquetes: un prisionero amarrado a una especie de cepo, con las manos atadas a sus espaldas, al que una persona –un gordito simpático, con gorro y chaleco colorado– le da de fumar una pipa, y de fondo las típicas casas de Amsterdam. La postal valía 500 pesos. Por un momento pensé en comprarla, pero desistí. ¿Por qué? No lo sé. Sé, sí, que al rato me arrepentí. Por razones que ahora no vienen al caso, tuve que pasar por la puerta de la librería al menos dos veces más, pero ambas de mañana, hora en que estaba cerrada. Mayor fue entonces la sensación de “qué tonto soy” (frase que me viene a la cabeza habitualmente entre dos o tres veces por día, por tantas razones que no estaría en condiciones de mencionar).

Aunque también se podría pensar de otro modo. Tal vez podría hacer una historia personal de los libros que no compré y después me arrepentí. Libros que tuve en mis manos y que, por diferentes razones, no los llevé y luego me di cuenta del error. Más de una vez, volví a librería al día siguiente y lo compré. Pero también me pasó, con uno de Herbert Read, que cuando volví ya no estaba. La sensación de desolación fue total. Una vez me contaron la historia de cómo procedía un comprador cuando viajaba a ciudades por poco tiempo. Con los libros que no estaba seguro de comprar, porque quizá los hallaba el primer día de la estadía y no sabía con qué se iba a encontrar en los días siguientes y por lo tanto no quería gastar el presupuesto de entrada y después quedarse sin nada de plata; los escondía. Por ejemplo, si era una novela inglesa, lo sacaba de esa batea y lo ponía en el fondo del estante de historia militar. Suponía así que nadie, salvo él, lo encontraría. Cosa que sucedía. Y que sucedía años después. Según me enteré, dos años más tarde de un viaje a París, en un nuevo viaje, en una librería de viejos de la Rue de L’Odeon, se reencontró con el libro que había escondido (Paul Léautaud. Entretiens avec Robert Mallet, Gallimard, París, 1951) exactamente en el mismo lugar en que lo había dejado 24 meses antes (¡en la sección literatura infantil!). También conozco otro caso. Un cliente iba habitualmente a una librería de viejos. A veces compraba, a veces no, sin jamás intercambiar una palabra con el librero (ese cliente ingresa en la categoría de quien no le gusta que los libreros le hablen ni lo molesten mientras mira libros). Cierta vez, fue a esa librería y, de golpe, el librero le muestra un libro y le dice: “Te lo guardé para vos, porque supuse que te iba a interesar”. Efectivamente, era un libro que venía buscando desde hacía años. A veces en las librerías no hace falta hablar, con prestar atención alcanza.