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Playas

Cuando veníamos desde Cartagena vimos varios manglares llenos de garzas o lo que fueran esos pájaros zancudos. Sonaba prometedor. Pero las expectativas se esfumaron rápidamente.

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Playas. | marta toledo

Las calles del centro de Santa Marta son sucias con charcos de aguas servidas que levantan vapores al rayo del sol. No recuerdo una ciudad tan fea. No se parece a las fotos que vi antes de venir y tampoco entiendo los comentarios elogiosos que leí en internet. Y mejor no hablemos de la música a todo volumen que empieza a sonar al atardecer en cada bar, uno pegado al otro, y que sale por las puertas y las ventanas abiertas, aturdidor y violento. 

El hotel está bastante bien, es una casona antigua, con patio y muchas plantas. La pileta está en reparación, pero nos dieron una habitación que tiene su propia piscina. La vista desde allí es un poco frustrante: un baldío donde hace poco demolieron una construcción, pero si una estira el cuello allá lejos se puede ver el mar, los barcos enormes que van y vienen dejando estelas de combustible en el agua. Eso no lo veo desde la terraza del hotel, pero lo vimos cuando fuimos a pasear por la playa, justo antes de que brotara un militar armado de la arena diciendo que no podíamos ir más allá pues era zona del ejército.

Cuando veníamos desde Cartagena vimos varios manglares llenos de garzas o lo que fueran esos pájaros zancudos. Sonaba prometedor. Pero todas las expectativas se esfumaron rápidamente. Me lamento porque hace muchos años que no vamos de vacaciones a la playa y me daba ilusión. Vuelvo a las páginas de internet, no sé por qué insisto en creerles a los turistas. Yo no sé ser turista, entonces no sé por qué seguir sus consejos. Al día siguiente buscamos otra playa. Otra vez no es como en las fotos. Es una especie de Mar del Plata, pero con el agua tibia. 

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Al otro día, tomamos un bus y vamos al Parque Tayrona, que está por cerrar como cierra tres veces al año. Hay una cola de unos doscientos metros para entrar; los empleados de las agencias de turismo revolotean e insisten en que pueden hacerte pasar antes si vas con ellos en la combi. Nosotros tenemos decidido caminar la hora y pico hasta la primera playa. Hacemos la fila con el gringuerío y con algunos locales que también decidieron visitar el parque en su último día abierto. En un chiringuito donde venden jugos y sombreros y pañuelos, hay una mujer tayrona con un bebé y su marido: son pequeños como niños de doce años y muy hermosos. Al lado del quiosquito los motoqueros que compiten con las combis para entrar gente a la playa, tienen su base y hay un barbero cortándole a uno el pelo. La cola avanza bastante rápido, desmintiendo a los de la agencia que nos decían que íbamos a estar dos horas haciendo la fila.

Cuando por fin pasamos empezamos a caminar. A cada rato hay que hacerse a un lado en el camino porque las camionetas con turistas pasan a toda velocidad. Las hojas de los árboles y los helechos que crecen en el borde están completamente tapadas de polvo. Más adentro la selva silenciosa, acallada por el ruido de los vehículos.

Para llegar a la playa hay que pasar por un restorán que tiene un mirador. Subimos. El mar se ve turquesa. Dos hombres tayrona, vestidos con sus trajes blancos, conversan y yo afino el oído para escuchar la lengua. Hablan despacio, entre ellos, con pequeños crujidos como cuando pisamos ramitas en el monte.

Bajamos por un sendero hasta la playa. Es hermosa, con rocas gigantescas, el agua está fría y con olas espumosas. Hay poca gente, no hay música, apenas el sonido de las conversaciones, un nene chiquito que llora, un bar atendido por mujeres que nos sirven una fritanga deliciosa. Se está bien aquí, sin la histeria alborotada del turista aunque todos somos extranjeros.