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Naty les habla: “no te voy a dejar pasar”, dice. O: “vas a pasar cuando yo quiera”. Y cuando quiere se tira al carril más lento y la camioneta pasa trinando a nuestro lado.

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| Marta Toledo

Vamos con mi amiga Naty a Gualeguaychú. Salimos el viernes a la tarde temprano desde Almagro. Siempre atravesar la ciudad para encontrar la salida es un tedio. Naty aprendió a manejar hace unos años. La primera vez que salió a la ruta yo estaba en el auto. Fuimos a Rosario con otra amiga. Las dos tenían hijos chiquitos y era quizá la primera vez que se alejaban. Yo no sé manejar y tampoco leer mapas, ni siquiera el Google Maps. Pero soy buena cebando mate, dando conversación, manteniéndome despierta. Naty es zurda, así que me tengo que acostumbrar a pasarle el mate. Me gusta escuchar radio en un auto, pero detesto escuchar música. Pero no hacemos ni una cosa ni la otra. Hablamos. Siempre tenemos mucho de qué hablar aunque nos vemos seguido y cuando no, nuestro whatsapp siempre está encendiendo la pantalla del teléfono a cualquier hora.

Vamos a un encuentro literario que lleva el nombre de una poeta entrerriana, Dora Hoffman, a quien aún no he leído, pero sé que murió joven. A dos de las escritoras que lo organizan las conocimos hace poco, cuando también hicimos el mismo camino para ir a Gualeguay.

Me gusta verla manejar a mi amiga. Ella y su auto son pequeños, pero no se deja intimidar por las camionetas de los sojeros (para mí toda persona con esas camionetas es un sojero) que se pegan al coche y nos respiran sus litros de combustible en la nuca. Naty les habla: “no te voy a dejar pasar”, dice. O: “vas a pasar cuando yo quiera”. Y cuando quiere se tira al carril más lento y la camioneta pasa trinando a nuestro lado.

Cuando llegamos al primer puente decimos las dos ¡qué hermosura! Le digo que los puentes y los túneles me emocionan, que son obras de ingeniería verdaderamente impresionantes. Que si hay cosas importantes qué hacer en este mundo, una de esas es construir un puente. Le cuento del Túnel Subfluvial que conecta Paraná y Santa Fe, que pasa debajo del lecho del río. Le digo que es aterrador y hermoso pensar que arriba tuyo está el río inmenso. Dice que le daría miedo, pero no le creo. Le cuento que hace poco crucé un túnel hecho en la montaña, en Medellín.

Cada vez que paso el complejo de puentes Zárate-Brazo Largo me acuerdo de la primera vez. Tenía siete años y fuimos con mi tía Sara a Buenos Aires a visitar a mi abuela. Era de madrugada, pero yo me mantuve despierta. Como cualquier chico tomaba los nombres de las cosas de manera literal. Brazo Largo era eso para mí: una extremidad de gigante que se tendía sobre el río para que pasaran los micros y los autos. En la oscuridad no pude ver casi nada más que los hierros del puente desde la ventanilla y sentir los movimientos del colectivo, más toscos, más saltarines. Era casi flamante entonces, año ochenta, se había inaugurado en el setenta y siete. Antes del puente había que cruzar en una balsa.

Las últimas semanas ha estado lloviendo. Lo sé por mi madre y los whatsapp que nos mandamos seguido. Nunca hablamos por teléfono, ninguna de las dos tiene la costumbre. Hay espejos de agua por todas partes, salpicados de garzas muy blancas. Hay vacas con las patas en los esteritos o amontonadas en alguna altura del terreno. Hay, de vez en cuando, construcciones de madera, muy precarias, casi encima de la ruta con carteles que ofrecen carnada o pescado.

Bajo el sol de las cuatro de la tarde todo resplandece, el cielo, los espinillos, el asfalto que por el calor allá adelante parece agua también.

Mirá que es linda tu provincia, amiga, me dice Naty sonriendo.

Es linda, sí, le digo.