viernes 09 de diciembre de 2022
COLUMNISTAS Historias

Recuerdos de César Tiempo

22-10-2022 01:45

Hacerle contar al gran escritor que fue César Tiempo sus encuentros con los famosos era una experiencia inolvidable, fundamentalmente por lo vívidos que resultaban sus relatos, sobre todo cuando se referían a esa extraordinaria bohemia literaria que se vivió en el Buenos Aires de los años 20 y 30, porque participaban de ella poetas, periodistas y escritores, como Macedonio Fernández, Jorge Luis Borges, Ricardo Güiraldes, Francisco Luis Bernárdez, Leopoldo Marechal, Xul Solar, Oliverio Girondo, Álvaro Yunque, Ulyses Petit de Murat, José Santiago Tallón, Roberto Arlt, y la lista podría ocupar toda esta página.

Pero hoy solo quisiera referirme a una de mis tantas charlas que tuve el placer de mantener con César Tiempo cuando mi curiosidad literaria se centró en Pedro Henríquez Ureña, porque además de su vasta obra y de su presencia por años en nuestro país, siempre me llamó la atención de los viajes a La Plata los días sábados de Jorge Luis Borges, para escuchar a Henríquez Ureña en su casa. César Tiempo, con su habitual generosidad, me contó una tarde cómo había sido su primer encuentro personal con Pedro Henríquez Ureña, más de cuarenta años atrás. Había leído que el escritor dominicano daba una conferencia en la Casa del Pueblo y le pidió al poeta José Sebastián Tallón que lo acompañara. Hablaría de Ibsen y de Tolstoi.

A Tiempo le pareció un héroe. De esos héroes superiores a los halagos del poder

En el salón había poca gente, pero eso lo tenía sin cuidado a don Pedro, porque era un maestro exento de vanidad. Trazó un perfil de sus vidas, examinó sus ideas e hizo una aproximación al mundo inagotable de sus obras. Habían nacido los dos en el mismo año, y don Pedro los mostró como dos seres humanos auténticos que jugaron sus almas contra la riqueza del mundo. Habló de sus afinidades y de sus discrepancias. Fue una conferencia inolvidable por su maestría. Cuando terminó, Tiempo se quedó con Tallón en la puerta del salón para verlo salir. Don Pedro vestía todo de negro, desde el sombrero hasta los zapatos, pasando por la corbata y el portafolios. Salió solo y se echó a caminar por Rivadavia, hacia el Congreso.

Los dos jóvenes poetas lo siguieron durante algunas cuadras sin atreverse a abordarlo. Hasta que Tallón, más impulsivo que Tiempo, se animó, con la frase de rigor: “con su permiso, señor... estuvimos en su conferencia”, y ya envalentonado lo invitó a tomar un café. Se presentaron como poetas iniciales, pero la sorpresa que colmó la vanidad de ambos fue que el gran dominicano los conocía, por haberlos leído en una famosa antología de Julio Noé publicada por la editorial Estrada. Para romper el fuego, Tallón le preguntó si su padre había sido presidente de la República Dominicana.

Entraron en un bar de la calle Callao, y él pidió tres cafés. Después empezó a hablar. Les dijo que efectivamente su padre había sido presidente pero que también había sido médico, de cuerpos y de almas, cosa a la que evidentemente daba más importancia que a la presidencia.

En un momento dado, Tiempo le preguntó si su apellido era judío. En realidad, parecía un árabe (semita al fin), no solo por el color de su tez, sino por la forma lenta de hablar de los masoretas. Los antepasados de don Pedro Henríquez Ureña, como los de Rafael Cansinos-Assens, tuvieron que convertirse y asimilarse para eludir los quemaderos de la Inquisición.

Los Henríquez y los Cansinos debieron de haber estado en España cuando el Decreto de Expulsión de 1492. Pero los Cansinos se quedaron en España y en cambio los Henríquez emigraron a Portugal, a Holanda y a América. Al llegar a este punto, Ximena, que escuchaba extasiada, “se animó”, como Tallón, a interrumpir al maestro don César para contarle que Rita Hayworth (una debilidad de Tiempo) también venía de dicha rama (los Cansinos) y que, gracias a ello, su película Gilda pudo burlar la censura en España.

Tiempo y yo nos quedamos sorprendidos y esperamos que nos diera más información: sus tías le habían contado que Franco era gran aficionado al cine, cosa no tan sabida como su afición a la caza, a la pesca y al poder. Y cuando se enteró de que Rita Hayworth era “Cansinos”, quiso ver Gilda. Su comentario fue que esa Cansinos era una verdadera almogávar y que por ello sus películas debían ser vistas en España. Es decir que era esa especie de soldado que hace correrías en tierra enemiga... Tiempo quedó encantado con la apostilla de Ximena y prosiguió su relato. Don Pedro, que había heredado de sus antepasados el nomadismo, salió de su Santo Domingo natal y estuvo casi veinte años en nuestro país, pero también anduvo por Cuba, Chile, Estados Unidos, España y México. Era un verdadero judío errante.

Como su erudición era extraordinaria, Tiempo le preguntó en aquel primer encuentro por Israel Zangwill, un gran novelista y ensayista inglés, al que obviamente conocía muy bien, y luego por personajes de origen semita en la literatura inglesa.

Tallón estaba deslumbrado ante tanto saber expresado sin énfasis

Tallón, que además tenía origen británico, estaba deslumbrado y emocionado ante tanto saber, expresado con una media voz sin énfasis y sin pedantería. El mozo les retiró los cafés con mirada asesina, porque se estaba haciendo de madrugada. Sabiendo que había vivido en México, Tallón le preguntó por López Velarde. No lo había conocido personalmente, pero le había escrito con motivo de Zozobra, cuya lectura lo había impresionado profundamente, por la magia de su poesía. Pero López Velarde nunca le contestó esa carta. Estuvo enfermo y murió muy joven. Sin embargo, a través de su obra, don Pedro había conocido al poeta como si hubiese vivido a su lado largamente.

Tallón, que también había contraído la dolencia fatal de la poesía, se puso de pie e inesperadamente besó en ambas mejillas a Henríquez Ureña. Salieron del bar bien de madrugada, cuando bajaron sus persianas metálicas, y allí se despidieron de don Pedro Henríquez Ureña, a quien volverían a ver más adelante varias veces. Caminaron con Tallón en silencio hasta la puerta de su casa, en la calle Brasil al 1300.

César Tiempo le preguntó qué le había parecido, y Tallón le dijo que le había parecido un santo. A Tiempo le había parecido un héroe. Pero uno de esos héroes que él mismo describió no como héroes de batallas ni de victorias. Héroes superiores a los halagos de la riqueza y del poder. Héroes de sacrificio, la única especie de héroes legítimos que había producido su patria, y que merecían el homenaje de la posteridad.

Para él, don Pedro estaba tallado en oro, y su vida era una lección luminosa. Un maestro ejemplar por el saber y por el decoro insobornable de su vida.

*Periodista, escritor y diplomático.