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Tecnócratas versus políticos

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Disparó. El exministro, en el reportaje con A. Fantino donde apuntó a CFK y a Máximo. | captura neuramedia

El 10 de diciembre próximo, la democracia argentina comienza a transitar el 40° aniversario de su reinstauración. Un proceso que, al menos en el plano de la continuidad, fue un éxito, habida cuenta de que en estas cuatro décadas tuvo que sortear situaciones complicadas: dos hiperinflaciones, al menos tres asonadas militares, un rebrote guerrillero tomando un cuartel militar, varios defaults de la deuda pública externa e interna, un crecimiento persistente de la pobreza, una caída del empleo formal privado y el estancamiento de la economía.

Un combo difícil de digerir para cualquier sistema político y que casi milagrosamente se pudo sortear por el consenso amplio sobre, al menos, un punto: el único sistema sostenible es la vigencia democrática.

Condición necesaria, aunque también esta experiencia demostró que, contrariando el “rezo laico” del candidato triunfante en las elecciones de 1983, con la democracia sola no se come, ni se educa, ni se cura. Imprescindible pero insuficiente.

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La pulseada entre economistas y políticos es un conflicto que traspasó fronteras partidarias

En todo este tiempo no se pudo implementar un sistema económico congruente con las aspiraciones ciudadanas, las restricciones externas y los mecanismos habituales en la toma de decisiones. Nuevamente parafraseando a Raúl Alfonsín, porque no se pudo, no se supo o no se quiso, las políticas económicas naufragaron en el fracaso una y otra vez. Algunas duraron más de lo previsto, como la convertibilidad o la resurrección económica a partir de su implosión de la mano de Roberto Lavagna. Otras ni siquiera lograron carretear, cargando con el lastre de la improvisación o la falta de apoyo político a las medidas que se planteaban, como la efímera gestión de Ricardo López Murphy o el minado constante al Plan Austral, que terminó en la primera hiperinflación.

El hilo conductor de toda esta secuencia fue un conflicto que traspasó las fronteras partidarias y que sistemáticamente fue agrupando a unos y otros: políticos vs. tecnócratas.

La última muestra de esta lucha fueron las expresiones que el viernes lanzó el exministro de Economía Martín Guzmán. No por lo sorprendentes: se refirió casi sin eufemismos al diputado Máximo Kirchner como un “chico caprichoso” y a su madre como la líder que no cumplió con el rol de apoyo a su gestión. Palabras más o menos, es la vieja puja entre el “ala” política, que tiene como objetivo ganar elecciones para conservar el poder y así conseguir la transformación propuesta, y los tecnócratas, que les advierten sobre los límites a su voluntad y las restricciones que el “modelo” anunciado o implícito tiene en el plano interno o externo. Cambiarán los nombres, pero el enfrentamiento seguirá repitiéndose mientras no exista un consenso acerca de un esquema posible en lo económico y sostenible en el plano político.

Inflación indomable y la ilusión del precio justo

Los resultados del desencuentro están a la vista: los problemas que arrastra la economía se van agravando, simplemente porque las soluciones se evitan y en su lugar se acude a parches y remiendos. El sistema previsional, por ejemplo, cuyo financiamiento total insume el 13% del PBI, está desbalanceado y virtualmente quebrado, con inequidades manifiestas. Pero sobre todo proyectando señales adversas sobre la creación de empleo privado, la otra gran deuda social. La pobreza creciente no es sino su consecuencia, amplificada por los continuos golpes inflacionarios y los serruchos de una economía que alterna crecimiento a tasas chinas y caídas de países en guerra con estanflación. Todo esto pone a la estructura productiva en una posición más vulnerable frente a cualquier contingencia: la caída de los precios de commodities, el shock energético, la guerra, la pandemia o la suba de las tasas de interés.

John M. Keynes decía que en el largo plazo estaríamos todos muertos, aludiendo a la necesidad de adoptar medidas para atender las urgencias sin esperar a que las variables encontraran su equilibrio más adelante.

El caso argentino, al menos, lo que enseña es que sin un diálogo entre políticos y tecnócratas no habrá salida: cualquier éxito de una facción a costa de la otra no será ni viable ni sostenible en el tiempo. El reconocimiento del valor que aporta cada “parte” al bienestar común es el primer paso para un diálogo fructífero. El largo plazo llega inevitablemente.