Escribo esto el 31 aunque el lector de PERFIL se lo cruzará luego de haber descorchado o clavado en su ojo bueno el corcho del champagne más pimpante o la botellita de sidra menos agraciada.
Las fiestas tienen el engañoso rasgo de la celebración, el sueño de una esperanza renovada. Yo mismo envío un simpático o deletéreo emoji donde se ve a Carlos Saúl y a Eduardo, jóvenes y frescos y con el pelo recién teñido de negro rabioso, mirando a cámara y protagonizando un aviso de campaña cuyo lema es “El camino es la esperanza”. Perdón: “La esperanza es el camino”. Y eso, en ambas versiones y porque se sabe, el destino final está contenido en una promesa cuyo único rasgo es la dilación perpetua de su cumplimiento. Por supuesto, entre las siniestras votaciones de nuestros representantes congresales y las nulas expectativas puestas en el mejoramiento de las condiciones de educación, ciencia, salud y cultura, el incremento de la deuda y la licuación del capital social, sometidos a un proceso de aniquilamiento regulado y paulatino so pretexto del inefable equilibrio fiscal que en Europa y Estados Unidos y el resto del mundo no se consigue, uno tiende a entender que las deudas son de nosotros (de nuestro colchón, ya lo había avisado Pato Bullrich) y las vaquitas: el petróleo, el agua, las tierras, el litio y todo lo que puedas inventariar son ajenas. La esperanza, entonces, se posa en el espejo retrovisor, recordando cuando la había y uno la llamaba futuro.
Una pequeña aclaración urbi et orbi, pero sobre todo para periodistas lenguaraces siempre a la pesca de nuevos vendedores de humo. Al señor pastor y sedicente candidato a presidente de la telepolítica Dante Gebel se lo nombra como si su apellido fuera Guebel. No señores. La falta de la vocal U, fonéticamente convierte a la consonante inicial G en una J. Por lo tanto, pronúnciese Dante Jebel, fanatícese quien quiera con su estilo de piola barrial que ha llegado, y no me llamen más a mí queriendo entrevistarlo a él.
Volviendo al no pequeño tema de la esperanza, y no habiendo iniciado aún la mitad del camino de la bebida, hoy siento deseos de brindar con el recuerdo de los seres queridos que se fueron yendo de mi vida. Familiares, amigos, amores y colegas, en tumulto. Mis abuelos: Miguel, Rosa, María y Ernesto. Mis tíos: Clara, Mario, Víctor, Noemí, Arón, León (Coco). Mi exsuegra, Virginia. Mi padre, Luis. Mis amores: Adriana, Patricia, Diana y Lucía. Mis amigos y colegas, el Negro Miñones, Charlie Feiling, Luis Chitarroni, Fogwill, Dipi Di Paola, Juan Martini, Miguel Briante, Marcelo Cohen, Marcelo Sztrum, Sergio Chejfec. Me gustaría a la vez tenerlos y dejarlos, porque hay tanto dolor como humor, y tanto humor como ternura en cada recuerdo. Los abrazo fuerte contra mi corazón y deseo que me esperen la mayor cantidad de tiempo posible.
Luego queda celebrar la suerte de los muchos que están vivos y rogar a la celestial nada que nos ampara que alcance las extensiones más extraordinarias en su duración.
Semana que viene, volvemos o cerramos con Athanasius Kircher, polímata.