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COLUMNISTAS / opinion
sábado 23 diciembre, 2017

Un camino trillado

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por Ángel Núñez

Las agitaciones de esta sorprendente semana de Navidad testimonian la decisión del Gobierno de imponer tres “reformas” para reorganizar el país. Se eligió una semana muy especial, que recuerda convulsiones no muy lejanas, y un tiempo que se supone de paz y armonía.

Reformas que van a fondo en cuestiones centrales de la vida social, y de allí la amplia repercusión que se dio –que se da– en ámbitos como el parlamento, el periodismo y en la misma sociedad, a través desde conversaciones cotidianas en el lugar de trabajo, hasta marchas, movilizaciones, huelgas y hasta cacerolazos.
Se alteró el régimen jubilatorio, el sistema impositivo y se apunta a modificaciones de la organización laboral. En todos los aspectos son pasos hacia atrás en cuanto a los derechos de los ciudadanos, porque se parte de la vieja teoría neoliberal de que la prioridad es la libre competencia del mercado, con trabajo lo más barato posible y con gastos sociales –las jubilaciones son el primero de ellos–, lo más restringidos que se pueda imponer.

La sorprendente llegada de Mauricio Macri al poder abría un interrogante: cuál sería el camino elegido por este dirigente con un partido político nuevo y con cuadros dirigentes apartados de la dirigencia tradicional.

Podía pensarse en una retomada de senda del neoliberalismo ensayado con Menem y De la Rúa, o tal vez –esperanza de muchos que lo llevaron al triunfo–, en una versión criolla de la social democracia en el intento de iniciar una fórmula renovadora que pudiera enfrentar las raíces del justicialismo del general Perón. Algo que el radicalismo ya había intentado.
La semana navideña que corre estos días nos demuestra que el presidente Macri retoma el camino trillado de pensar que una burocracia más eficaz, trabajo barato, ahorro en los gastos jubilatorios e impuestos que beneficien a las grandes empresas son la solución.

Es un camino ya recorrido, muy trillado, que desgraciadamente no presagia éxitos. Las quejas y protestas ya se han iniciado, e incluso ya aparecieron los pescadores a río revuelto de la alteración del orden, como se ha visto en las escenas lamentables de la Plaza de los Dos Congresos. Estos violentos quedaron aislados de la multitud que se manifestaba contra la reforma jubilatoria, pero obtuvieron abundante prensa y dejaron un sabor amargo en los asistentes. Pero no pasan de ser un grupo pequeño y bien identificado.

La dispersa oposición, sin un proyecto nacional en marcha, en plena desintegración moral del kirchnerismo y con la insuficiencia de fuerzas peronistas renovadoras, está en una crisis que le despeja el camino al presidente. El kirchnerismo perdió una elección presidencial en la que llevó no malos sino pésimos candidatos, con más prontuario que curriculum, y con probadas denuncias de enriquecimiento que resultaron indisimulables. Lo que sigue es en parte consecuencia de aquella vía muerta a la que Cristina llevó al pueblo peronista con sus decisiones.

Pero habrá que ver qué se prepara desde los estratos profundos del país trabajador. La audacia del Gobierno es grande y los golpes que propina, fuertes. Volver a caer en el consenso de Washington no es lo mejor que podíamos esperar. Pero los procesos sociales son complejos y el país tiene reservas como para que volvamos a pensar en un Proyecto Nacional con mayúscula y en serio para todos. Las banderas del justicialismo no están perdidas porque el kirchnerismo había dejado ya, hace tiempo, de representarlas, y no basta con poner la foto de Eva Perón para retomar el principio de la justicia social. El pueblo peronista votó disperso en las últimas elecciones, y esto hay que tenerlo en cuenta. La audaz burocracia oficial juega sus fichas y avanza. El pueblo peronista está desorientado, pero sigue presente y esa presencia silenciosa abre posibilidades y esperanzas.

* Poeta, crítico literario y ensayista.

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