sábado 12 de junio de 2021
COLUMNISTAS artífices
12-03-2021 22:59

Unos cien años

12-03-2021 22:59

¿Hasta cuándo podremos seguir fingiendo los argentinos que no tenemos historia, que somos nuevos en el planeta, que todavía estamos viendo qué comprar? Nuestra identidad cultural es un misterio; me he dedicado a rastrear en la historia las polémicas acerca de la posibilidad o no de fundar una identidad nacional en estos suelos gauchos, pero me temo que nunca se llegó a ninguna síntesis. No obstante, el tiempo, implacable, pasa, y ahora resulta que el Teatro Colón celebra cien años de Astor Piazzolla. ¿Qué hacemos con esto, dónde lo pondremos dentro de ese mapa de eterna y díscola insatisfacción? Se me antoja escoger este evento porque lo que hizo la Orquesta Escuela de Tango Emilio Balcarce marca un hito de excelencia que viene a cerrar varios nudos mal abiertos.

Un equívoco malhadado nos une y nos aleja de Piazzolla: ¿fue su genio creador tan resistido como la historia que contamos quiere contar? ¿Quién lo resistía? ¿Y para qué? El minucioso trabajo de músicos, copistas y directores de la Orquesta Escuela ofrece un sabroso raid antropológico. Comienzan con la desgrabación de discos de pasta en las que oídos algo brujos logran reconstruir los arreglos piazzollianos para su orquesta del 46. Pues esta orquesta no era para nada resistida; el estilo de Piazzolla y sus aventuras rítmicas gozaron entonces de una enorme aceptación popular y académica. 

Los virtuosos violinistas, bandoneonistas, contrabajistas, cellistas y pianistas de la escuela toman el Colón y –de riguroso negro y con protocolar barbijo– se me antoja que parecen una sola cosa: los verdugos. Que vengan, pienso, a degollar por fin este dilema. 

Es tango lo que suena y a la vez no importaría que no lo fuera más. Quizás por eso, y porque el genio no conoce de etiquetas, Piazzolla logró llevar una música bailable y folklórica a niveles de Stravinsky, alterándolo todo quizás para no alterar nuestro destino. Su música pretendía –para algunos– poner fin a eso que era el tango, pero viendo hoy las huestes de jóvenes de nudillos tatuados arrancando variaciones imposibles de los fuelles, con el diario del lunes ya podemos afirmar que el tango fue salvado.

El rescate no fue automático. A la visión de futuro, legado e identidad que entraña la obra inconmensurable de Piazzolla hubo que conjurarla con audacia e inteligencia. La labor de la Orquesta Escuela, ese sueño de Ignacio Varchausky, es profundamente revolucionaria cuando desentierra de la pasta base los secretos que –de otro modo– podrían habérsenos perdido para siempre. Se trata de una música partiturada hasta donde se puede; el resto del misterio fluye solo de maestros a aprendices en un pase de manos mágico e irreemplazable. La Escuela, que depende de Enseñanza Artística de la Ciudad de Buenos Aires, no siempre ve su futuro garantido. Yo espero que este broche de oro del Colón, que en tres días cuenta más de 70 mil vistas, anude también esa otra magia, la magia exacta que hay que operar para conservar nuestro patrimonio sin engolarlo en la oscuridad de los museos. Los músicos que se forman en la escuela (artistas ya maestros de varias nacionalidades) en el pasado tal vez hubiesen tenido que boyar a la deriva o audicionar ante orquestas que no los requerían para nada; la existencia de esta herramienta de acercamiento al arte es un triunfo en la democratización de nuestros valores culturales, como lo son –en silencio y de manera anónima– todas esas grandes y pequeñas escuelas en las que un maestro pone en manos de un joven incauto un atado de cuerdas. (Quienes hayan sido testigos del modo en que la música tuerce los pálidos destinos de los humildes sabrán a qué me refiero.)

Para cuando la orquesta y la Tana Rinaldi, con Cabarcos, Lavallén y Estigarribia, pisan fuerte el Colón y llega el Piazzolla del 56, el desafiante, el monstruo que ha venido a comernos a todos, el artífice que puso la música inexacta que requería el verso de un tal Borges, la transferencia ya está hecha. Y es sabido que en Adiós Nonino se nos conjura un viejo truco de ilegibilidades del que no podemos escapar por ningún lado estos tontos argentinos que aún nos preguntamos quiénes somos.

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