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INCERTIDUMBRE

Vuelve a escena el cristinismo

Mientras se mantienen las dudas sobre el rumbo económico, CFK veta y coloca su gente en el Congreso. Volvió el tema del aborto.

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Bonaerense, Axel Kicillof. | Pablo Temes

Las aguas por las que navega la interna del futuro gobierno se han puesto procelosas. Alberto Fernández tiene un desafío y una oportunidad. El desafío es demostrar que es él quien toma las decisiones. La oportunidad es construir un peronismo republicano que deje atrás al peronismo feudal que encarnó a lo largo de sus dos presidencias Cristina Fernández de Kirchner.

Armado. Ese peronismo feudal se vuelve a observar claramente cuando se analiza el armado que la vicepresidenta proclamada ha definido en el Congreso. La designación de su hijo Máximo en la conducción del bloque de diputados del Frente de Todos busca implementar un control parlamentario absoluto del futuro oficialismo, lo cual ya ha generado algunos roces.

La decisión del senador Carlos Caserio de armar un bloque que le responda a AF y no a CFK dejó a la intemperie esas diferencias. No hay que olvidar que muchos gobernadores peronistas no callan su sentimiento de profundo rechazo hacia la ex presidenta. Es que el desamor continúa. Es un desamor silente y profundo.

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Está claro que tras la reunión que mantuvieron Alberto Fernández con su vice y el hijo de ella en la noche del lunes han sucedido varias cosas. ¿Hubo veto de CFK a posibles candidatos a ocupar cargos?  La respuesta de uno de los que participó de la reunión fue: “El veto es pura fantasía de los medios. Eso sí, el presidente proclamado evitó proponer nombres que habrían molestado a CFK (sic)”.

La gestión de Alberto Fernández nace presa de una duda capital: cuán independiente o no será de su vice. Hasta aquí, la transición no ha servido para disiparla. Por el contrario, algunos gestos y/o definiciones dados por el presidente proclamado no han hecho más que ahondarla.  

Es como si en las entrañas del nuevo poder hubiese en gestación un proceso de “cristinización”. La posible designación de Carlos Zannini como procurador del Tesoro –nada menos– sería una ominosa confirmación de esa tendencia. Durante el kirchnerato, Zannini ocupó la Secretaría Legal y Técnica de la Presidencia, lugar desde donde se diseñaron varias de las peores cosas que se implementaron a lo largo de esos doce años.

El procurador del Tesoro es el abogado del Estado, a quien le corresponde llevar adelante las querellas originadas en la Oficina Anticorrupción. ¿Qué hará con las que tienen bajo proceso a los ex funcionarios de aquellos gobiernos, incluyendo a la futura vicepresidenta?

No se entiende cómo Alberto Fernández pretende –de concretarse una designación como esta– hacer creer que “vuelven para ser mejores”.

Nielsen. Uno de los nombres que parecía estar fuera de toda  discusión era el de Guillermo Nielsen. Hasta el jueves era el número puesto para ocupar el Ministerio de Economía. El viernes todo pareció cambiar.

Lo que se sabe es que hubo una discusión fuerte entre el presidente proclamado y Nielsen. No fue la primera. Son dos personas de carácter. Cuando discuten suelen hacerlo con vehemencia y vocabulario grueso. Eso generó lo que para algunos es una crisis y para otros un impasse.

Lo cierto es que el futuro de Nielsen es ahora incierto. No hay nada definido. Es sabido que Nielsen –que fue el hombre clave en la exitosa negociación con el FMI durante el gobierno de Néstor Kirchner– no le profesa ningún tipo de afecto personal ni de respeto profesional a Axel Kicillof.

Eso se traduce en diferencias muy concretas a la hora de la renegociación de la deuda de la provincia de Buenos Aires y de la deuda externa. Recurrir al mercado siendo condescendiente con los términos de una reestructuración amigable, o siendo muy duros o cerrando al estilo de Néstor son las opciones bajo análisis.

Economía. No se sabe qué va a ser de la economía en los próximos meses, si va a haber mucha emisión monetaria o si se va a pagar la deuda. Eso genera muchísima incertidumbre interna y externamente.

Como no se conocen las medidas, lo que por lo menos se quiere saber son los nombres de las figuras que ocuparán los principales cargos en el futuro gabinete. En esa danza de nombres surgió en estos días el de Marco Lavagna como posible titular del Indec.

Las dudas que el gobierno enfrenta son fruto de las inconsistencias entre lo que hay que hacer y lo que se querría hacer. Los acreedores van a pedir renegociar la deuda con la condición de que alguien audite la situación fiscal de la Argentina, que, más allá de lo que sostiene el actual ministro de Hacienda, Hernán Lacunza, hoy no es sustentable.

Mientras espera definiciones de Fernández y Fernández, que servirán de ordenadoras para organizar su gobierno y designar los ministros, Axel Kicillof ha dado algunas definiciones de lo que será su gestión.

Como tiene pensado ejercer un dominio efectivo sobre la totalidad de los engranajes de la administración de la provincia de Buenos Aires, decidió que todos quienes vayan a ocupar los cargos correspondientes a la categoría director general de administración (DGA), que son los que le dan funcionalidad a toda la gestión administrativa, le sean propios. Hay un DGA por cada ministerio, secretaría y organismo descentralizado.

Los DGA tienen a cargo un delegado de personal, un tesorero, un director de contabilidad, un director de presupuesto, un director de compras mayores y un director de compras menores. María Eugenia Vidal, al no tener gente propia ni con conocimiento de la estructura administrativa bonaerense, les dio la continuidad a casi el 80% de los directores que respondían a Daniel Scioli.

Kicillof, astutamente, no quiere pasar por lo mismo. Por eso tomó la determinación de conformar una estructura administrativa que le responda sin fisuras. Son decisiones que ponen de mal humor a los intendentes peronistas del Conurbano.

En ese firmamento irrumpió de modo fulminante e inesperado el tema del aborto. Por un lado, la renuncia del secretario de Salud, Adolfo Rubinstein –motivada por la derogación del la actualización del protocolo para la atención integral de las personas con derecho a interrumpir el embarazo–, que generó un terremoto en el actual gobierno.

Y por el otro, la sonora declaración de Alberto Fernández diciendo que enviará “cuanto antes” al Congreso un proyecto para despenalizar el aborto.

El arzobispo de La Plata, monseñor Víctor Fernández, –prelado de la absoluta cercanía al papa Francisco–, le hizo saber clara y rápidamente la consecuencia inmediata de su decisión: si eso se concreta, el anhelado vínculo de cercanía con el Sumo Pontífice quedará reducido a la nada. Y eso abarcará también a Cristina Fernández de Kirchner.