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Día del Maestro: cuando enseñar también significa cuidar, proteger y ayudar a un alumno a crecer

Enseñar va mucho más allá de transmitir conocimientos: también implica acompañar, corregir y dejar una huella que puede permanecer durante toda la vida. Dos historias muestran cómo las decisiones de un docente pueden convertirse en aprendizajes que ningún libro podría enseñar.

Día del Maestro
Día del Maestro | CEDOC

Hay una diferencia entre tener autoridad frente a un alumno y dejar una huella en su vida. En el Día del Maestro, dos historias muestran cómo enseñar también puede significar proteger, corregir sin humillar y ayudar a alguien a convertirse en quien puede llegar a ser.

Hay dos palabras que muchas veces usamos como si fueran sinónimos, pero que en realidad son muy diferentes: poder e influencia. Un maestro tiene poder. Lo tiene porque ocupa un cargo. Puede poner una nota, llamar la atención, mandar a un alumno a dirección, pedirle que salga del aula e incluso, en determinadas circunstancias, decidir que ya no puede continuar en una institución. Ese poder viene con el cargo. No hace falta ganárselo. Pero hay algo que el cargo no puede dar: influencia.

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La influencia no viene escrita en un título ni en un nombramiento. Se construye. Se gana con la manera de mirar a un alumno, de escucharlo, de corregirlo, de exigirle y también de protegerlo. El poder puede conseguir que un chico obedezca. La influencia puede conseguir que, muchos años después, ese chico todavía recuerde lo que su maestro le enseñó. Y quizás por eso, para mí, ser maestro tiene tanto que ver con una palabra que no solemos asociar a la enseñanza: cuidar.

Un maestro delante de sus alumnos

Hay momentos en los que un maestro tiene que ponerse delante de un alumno. Literalmente. Rab Nathan Scherman contó alguna vez una historia sobre quien fuera su maestro, Hersch Kaplan. En aquella clase, cuando algún alumno se portaba mal, el profesor tenía una forma bastante sencilla de disciplinarlos: escribía sus nombres en la pizarra. Hasta que un día ocurrió algo inesperado. El director entró al aula sin previo aviso. El profesor Hersch miró hacia la pizarra.

Había cinco nombres escritos. Cinco alumnos que, de pronto, estaban a punto de quedar expuestos delante del director.

Y entonces hizo algo que Nathan Scherman nunca olvidaría. Se paró delante de la pizarra. Simplemente se puso allí, tapándola con su cuerpo. El director continuó hablando, sin darse cuenta de lo que estaba ocurriendo detrás de él. Y mientras escuchaba, de espaldas al director, el profesor comenzó a borrar los nombres.Uno por uno. Cuando finalmente el director se fue, el profesor se dio vuelta.

Su larga y elegante chaqueta estaba completamente cubierta de tiza. Sesenta años después, Rab Scherman no recordaba una prueba de aquella clase. No recordaba una lección. No recordaba qué había escrito el profesor en la pizarra. Recordaba aquella espalda cubierta de tiza.

Porque aquel día aprendió algo que ningún libro podía enseñarle: que un verdadero maestro no solamente está delante de sus alumnos para enseñarles; algunas veces está delante de ellos para protegerlos.

Corregir sin humillar

Y hay otra historia que lleva esta idea todavía un poco más lejos. Un día, un alumno llegó a clase con un reloj nuevo. Otro chico lo vio, lo quiso y, en un momento de tentación, se lo robó. Poco después, el dueño se dio cuenta de que el reloj había desaparecido y se lo contó al maestro. El maestro detuvo la clase.

—Alguien tomó el reloj de su compañero. Por favor, quien lo tenga, que lo devuelva.

Silencio.

Nadie respondió.

Entonces el maestro cerró la puerta.

—Todos de pie.

Los alumnos se miraron. El maestro les explicó que iba a revisar los bolsillos de cada uno hasta encontrar el reloj.

Pero antes de comenzar dijo:

—Todos cierren los ojos.

Y así lo hicieron. El maestro comenzó a revisar. Un alumno. Después otro. Y otro. Hasta que llegó al chico que había robado el reloj. Metió la mano en su bolsillo. Y encontró el reloj. Pero no dijo nada. Continuó revisando a todos los demás.

Cuando terminó, dijo:

—Ya está. Encontramos el reloj. Pueden abrir los ojos.

Le devolvió el reloj a su dueño. Y nunca dijo quién lo había robado. No lo expuso. No lo humilló. No lo señaló delante de sus compañeros. Tampoco volvió a hablar del tema. Pasaron los años. Muchos. Aquel chico creció.

Y un día volvió a encontrarse con su antiguo maestro.

—¿Se acuerda de mí?

El maestro lo miró y le dijo que no.

Entonces el hombre le recordó aquella historia.

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—Yo fui ese alumno. Yo robé aquel reloj. Usted lo encontró en mi bolsillo, pero nunca dijo que había sido yo. Ese día me salvó de la vergüenza. Y nunca me olvidé de lo que hizo por mí.

El maestro seguía sin recordarlo.

—¿De verdad no se acuerda de mí?

Y entonces respondió:

—Recuerdo el reloj. Recuerdo haberlo buscado. Pero no recuerdo quién lo tenía.

Hizo una pausa.

—Porque yo también tenía los ojos cerrados.

Quizás ahí está la diferencia entre tener poder y tener influencia. El poder pregunta: “¿Qué hiciste?” La influencia pregunta: “¿Qué necesitás para poder aprender de lo que hiciste?” El poder puede castigar una conducta. La influencia puede cambiar una vida. Porque educar no significa hacer de cuenta que los errores no existen. Todo lo contrario. Significa tener el coraje de corregirlos sin convertir ese error en la identidad de quien lo cometió.

Un chico puede haber robado un reloj. Puede haber escrito su nombre en una pizarra. Puede haberse equivocado, muchas veces. Pero un maestro no tiene que definir a una persona por su peor momento. Tiene que ayudarla a descubrir que puede ser algo más. Y para eso, algunas veces, tendrá que ponerse delante de una pizarra y mancharse de tiza. Otras veces tendrá que cerrar los ojos. Y quizás, muchas otras, tendrá simplemente que quedarse ahí.

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Porque hay cosas que un maestro enseña con palabras. Y hay otras que enseña con la forma en que trata a un alumno cuando nadie está mirando. Después de muchos años, probablemente un alumno olvide la mayoría de las lecciones. Pero difícilmente olvide al maestro que, en el momento en que podía utilizar su poder, eligió ejercer su influencia.

Feliz Día del Maestro.

A quienes cada día tienen el enorme privilegio —y la enorme responsabilidad— de enseñar, corregir, exigir, acompañar y, sobre todo, creer en sus alumnos incluso antes de que ellos mismos aprendan a creer en sí mismos. Porque al final, quizás eso sea enseñar: no solamente mostrarle a un chico lo que uno sabe, sino ayudarlo a descubrir quién puede llegar a ser.