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CóRDOBA
UN ADIÓS QUE NOS DUELE

Messi, una emoción universal pero sólo nuestra

El gran capitán de las victorias, la gran maravilla de los escenarios de fútbol, le dijo adiós a la celeste y blanca. Ay, el tiempo pasó, pero nos dejó la belleza de su pie y alma de artista y el sabor de la victoria colectiva. Todo un milagro argentino.

Lionel Messi final mundial 2026
Lionel Messi en la final del Mundial 2026 | Cedoc

Las lágrimas de Leo cayeron demasiado desnudas ante millones de miradas en el mundo que vieron al gran prodigio de la pelota sufrir como nunca se lo había visto en un estadio de fútbol, el escenario donde goza y hace gozar. Mientras lloraba, o acaso por eso, Leo miraba a la multitud, a los ojos, cara a cara. Era él solo y los que estaban en la cancha, o sólo él y los que estábamos mirando las pantallas. Los muchos y él, sentíamos algo inmenso que pocas veces en la vida es posible de sentir.

No era la derrota en la final del mundo, era que intuíamos el gran final y eso dolía mucho más. No era sólo el final de Messi en la selección, sino de una época, de 20 años en los que nos sentamos a ver con qué maravilla nos convidaba. Es más, al cierre de su carrera, ya no sólo se trató de embrujos con sus pies y la pelota, sino que nos llevó al sitio en el que, equivocados o no, nos sentimos pertenecer al pequeño cielo al que nos malacostumbraron Diego y Messi: ser campeones.

¿Campeones de qué? De todo el orbe, nada menos, lo que tantos sueñan y unos pocos consiguen. El fútbol es un fabuloso imán de multitudes, el más global de todos los fenómenos de masas. Las estrellas del juego adquieren una condición de popularidad incomparable, más aún si se trata del más sobresaliente de todos, como es Messi, quizá la persona más famosa del planeta.

Pero esos momentos en los que la multitud y Messi quedaban mirada contra mirada, puños levantados y estridencia de lágrimas, no importaba donde estaban los demás, las cámaras, los ojos distantes y ajenos. Messi y la multitud, sobre las gradas o en millones de sillas a kilómetros de distancia, vivieron siempre momentos íntimos, a solas, ni siquiera posibles de conjugar con la sensación de plenitud que da una victoria de las grandes. Siempre fue algo más. Cada vez que Lío volvía de festejar un gol, caminaba lento, como entregándose a la caricia del caudaloso murmullo que celebraba su nombre.

Ser argentino

“Gracias Dios por hacerme argentino”, dijo en su carta de despedida de la selección. A Messi no le costó ser argentino. Se fue siendo un pibito, pero en su corazón quedó flameando en flamas la bandera de aquel sueño primero que le susurró al pecho un destino de camiseta celeste y blanca.

A muchos de los argentinos sí les costó reconocerlo. Hablaba como argentino, jugaba como argentino, hacía las mismas fantasías argentinas que Diego había llevado al paroxismo, pero acaso sólo queríamos que nos hiciera campeones, como a los catalanes. Por eso, hace 10 años, un día dijo chau. Y lo vimos llorar. Varias veces lo vimos llorar, como al final del último mundial. Entonces, y siempre, sus lágrimas tenían ese raro sabor existencial, amargo, que en los instantes más intensos retratan al fútbol argentino, pueblo y cultura, y su dramática pasión de ser vivido.

Lío es un hijo del siglo 21 europeo, que arrastró del 20 la loca ansiedad de un niño argentino por la pelota y los aromas de una patria de la infancia que le pintaron de celeste y blanco su corazón y la camiseta que asumió definitiva, aunque su leyenda se escribiría en otras canchas.

“Es como tener un hijo”

Hace unos meses, Lío habló de lo que sentía cuando hacía un gol de esos trascendentes, estrepitosos. Y la descripción nos tendió un puente hacia su Olimpo, tan inalcanzable. Lo que para cualquiera son los estremecimientos existenciales de uno, o unos pocos, hechos en la vida, Messi puede encontrarlos en un partido. Lo maravilloso es que no se acostumbró: siempre ha sido un tipo agradecido de que eso pueda pasarle. Pero para que eso le suceda, también fue capaz de luchar, de creer en él. Por eso también nos reconocemos en sus lágrimas. Si llora Messi, también sabemos llorar.

Y estamos aquí, hablando de Messi en presente. Es negación, sí, pero también algo más. Es que Messi está presente: su juego sigue en acción, pero le ha dicho adiós a nuestro equipo nacional con el que nos ha llevado a los más inmensos sueños posibles que una pelota es capaz de encender.

“Ya está”

No sólo se ha ido una etapa de su vida, sino también de la nuestra. Esa chispa de ilusión ya no estará. No tiene sentido hablar de cuándo o quién será nuestro próximo mesías. La única certeza es que el tiempo pasó. “Ya está, ya está”, le decía a su familia al cabo de la final de Qatar. Era como decir: mi obsesivo sueño por dar y tener una gran alegría argentina, ya está saciado.

Pero le quedaba algo más: jugar un mundial extraordinario, sino su mejor mundial, a los 39 años, para confirmar que es un ser humano demasiado extraordinario para comprenderlo del todo. Y hasta ganó su gran partido, maravilloso, frente a Inglaterra.

Messi es una emoción universal para un mundo que aún lo mira con asombro. Pero los argentinos, también montados en el asombro y la admiración, sabíamos que guardaba una llave mágica solamente dedicada a nosotros: la incomparable fórmula de la alegría colectiva y el orgullo celeste y blanco que todavía nos hace sentir a casi todos parte de un país y un sueño común.

Gracias a vos, Messi, por ser argentino.