jueves 16 de septiembre de 2021
CULTURA hallazgo
07-08-2021 00:27

Aparecieron escritos inéditos que habían sido robados a Louis-Ferdinand Céline

Luego de haber permanecido ocultos durante 77 años, un crítico teatral dio a conocer los papeles que habían pertenecido al genial escritor francés y que estaban en su poder.

07-08-2021 00:27

El nazismo parece ser una espina en el destino histórico francés. En el pasado mes de abril, en estas páginas, tratamos la aparición crítica de una edición de Mi lucha, el libelo de Hitler, que fuera editado antes de la ocupación alemana en un mercado editorial que quedaría expuesto, y a la vez disimulado, por la “justicia cultural” de la Resistencia. Vale decir, hubo editores y escritores condenados por colaboracionistas y otros salvados. 

Dentro de los primeros se encontraba Louis-Ferdinand Céline, célebre por su novela Viaje al fin de la noche, quien publicó tres panfletos antisemitas antes de la Segunda Guerra Mundial. En 2018, los mismos quedaron fuera de una nueva publicación “revisada y contextualizada” por parte de editorial Gallimard ante el reclamo de asociaciones judías francesas. Algo que no ocurrió con Mi lucha y su edición anotada. Lo que plantea una incógnita interesante: ¿para la sociedad francesa Céline es más nazi que Hitler mismo?

En una investigación periodística que se adjudica el diario Le Monde, esta semana ha dado a conocer la aparición de centenares de hojas manuscritas de Céline, algunas sobre la guerra, otras notas y reflexiones, 600 de ellas extensión de Casse-Pipe, otras mil de una novela inédita, Londres, y otros originales. El escritor, en la novela De un castillo a otro, se quejaba por cómo había sido saqueada por la Resistencia su residencia en Montmartre, en París, mientras él, al finalizar la guerra, huía a Dinamarca. El tesoro llega a ver la luz en una trama novelesca, entre romántica y aventurera, con una luz al final del túnel oscuro del tiempo. Sí, la luz será Gallimard, que publicará algunos de esos textos ocultos durante 77 años. 

La desaparición de estas páginas puede resumirse de la siguiente manera: a la caída del régimen de Vichy, Céline y su esposa, en su huida a Copenhague, viajan a Baden-Baden. Dejan su departamento, donde están todos estos papeles. El inmueble de París es robado, presuntamente por Oscar Rosembly, judío corso, luego acusado de otros delitos, quien al salir de la cárcel escapa a los Estados Unidos. Durante años el material queda en manos de un ser anónimo que hace 15 años le entrega todo al crítico teatral de Libération, Jean-Pierre Thibaudat,  bajo la condición de no darlos a conocer hasta después de la muerte de la viuda, Lucette Destouches, para no enriquecerla. Lucette falleció en 2019, a los 107 años.

La originalidad de estos papeles fue certificada por la Biblioteca Nacional de Francia, a la que los herederos (el biógrafo de Céline, François Gibault, y Véronique Chovin, amiga de Lucette) donarán el original manuscrito de Muerte a crédito. Estos, a su vez, iniciaron una demanda por robo contra el crítico teatral, quien los entregó pidiendo condiciones, un gesto que quedó en la nada ante la evocación del lector fantasma, tenedor de los textos. Al menos, estamos ante cuatro libros de Céline que, sin contar traducciones, pueden deparar una venta futura mínima de 10 millones de euros, cifra que amerita cualquier fantasía para blanquear la aparición de los originales.

Aquí el mito y la realidad se separan. Céline fue procesado y encarcelado en Dinamarca, el juez niega el pedido de extradición de la Justicia francesa porque dudaba de que tuviera un juicio justo por la sed de venganza instalada tras la ocupación. La Justicia de Francia lo condena en ausencia y lo hace de manera rápida, no sea cosa que estuviera en el estrado señalando a quienes lo acusaban, porque, ¿qué hombre podía debatir con él sobre lo abyecto y lo ético? ¿Quién estaba libre de culpa? 

En 1951, beneficiado por la amnistía, Céline regresa a Francia para un exilio interno hasta su muerte, en 1962. Se le adjudica su colaboración con los nazis durante la ocupación, incluso, en tono cínico y desafiante, decía haber rechazado el cargo de director de Asuntos Judíos en Francia, “caso contrario no habría quedado ni uno”. A su condena social, al olvido, opuso la reafirmación de aquellas convicciones antisemitas, para incomodar, acaso venganza por la falta de reconocimiento de su obra literaria, gesto revulsivo que también lo inmola en el desprecio. La paradoja es que su obra señalaba la verdad sobre la humanidad, la misma que niega mientras ejerce todo tipo de infamias que la confirman.

En el artículo La edición francesa en medio de la agitación de la Segunda Guerra Mundial, Jean-Yves Mollier destaca que Gaston Gallimard “ni siquiera tuvo que responder por su prudencia o sus cenas comprometedoras con el capitán Ernst Jünger, el teniente Heller y algunos otros. Sartre y Aragon lo protegieron...”; y también que el mismo editor fue “protegido por Jean Paulhan de la ignominia asociada al nombre de Drieu La Rochelle, director de la Nouvelle Revue Française nazificada”. Sí, Sartre, el mismo que pidió la cabeza de Céline en 1945.

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