Averroes, que es uno de los soldados de la razón, escribe “Tahafut al Tahafut”, (La incoherencia de la incoherencia), que Borges menciona en “La busca de Averroes” (El Aleph, 1949). La obra contribuye a instalar nuevamente el pensamiento filosófico en el Islam y, sin contrariar la mística, discute las proposiciones de Al Ghazali y revaloriza el pensamiento.
Pero hay verdades que solo existen si están ocultas. La creación es una de ellas. En Aristóteles, el universo es eterno: nunca comenzó, Averroes adopta esa idea e intenta armonizarla con el Corán. El mundo sería creado por Dios, sí, pero sin tiempo: su dependencia es perfecta y eterna, no histórica. El gesto racional salva el sistema, aunque debilita la poesía fundante del Génesis, donde la luz nace de la Palabra y donde el tiempo tiene un primer latido que marca la posibilidad de la historia, la libertad y la esperanza.
La profecía sufre un destino similar. Para la Biblia, el profeta es arrebatado: Dios irrumpe en su voz. Para Averroes, el profeta posee una imaginación superior que traduce intuiciones del Intelecto Agente en imágenes accesibles. Aristóteles distingue el intelecto paciente “Nous Pathetikos” de intelecto agente “Nous Poieticos”. Intelecto paciente: es la capacidad receptiva; contiene las formas en potencia y se corrompe o cambia con el sujeto. Intelecto agente: es activo, separa, actualiza y hace inteligible lo que está en potencia; Aristóteles lo describe como la luz que ilumina y permite el entendimiento (De Ánima, Libro III). La naturaleza ontológica del intelecto agente ha sido debatida: algunos lo interpretan como una facultad humana inmanente; otros lo vinculan con un principio divino o con el motor inmóvil. Esa ambigüedad dio lugar a interpretaciones medievales y modernas, divergentes sobre si es una facultad humana, un principio separado o incluso divino. La trascendencia se vuelve proceso, el milagro, psicología y la voz sagrada, un fenómeno de la mente. Y al hacerlo razonable, queda menos sagrada.
Ese movimiento racionalizador es sincero y grandioso, pero Borges advierte su flanco trágico: Averroes quiere comprenderlo todo sin perder la serenidad y, precisamente por eso, pierde aquello que la serenidad no puede conceder. Un símbolo plenamente explicado es un símbolo muerto. Una metáfora convertida en fórmula se vuelve fósil. La verdad es vida, no disección.
Borges lo narra con la delicadeza de quien admira a su personaje: “La pluma corría sobre la hoja, los argumentos se enlazaban, irrefutables, pero una leve preocupación empañó la felicidad de Averroes. No la causaba el Tahafut, trabajo fortuito, sino un problema de índole filológica vinculado a la obra monumental que lo justificaría ante las gentes: el comentario de Aristóteles. Este griego, manantial de toda filosofía, había sido otorgado a los hombres para enseñarles todo lo que se puede saber; interpretar sus libros como los ulemas interpretan el Alcorán era el arduo propósito de Averroes. Pocas cosas más bellas y más patéticas registrará la historia que esa consagración de un médico árabe a los pensamientos de un hombre de quien lo separaban catorce siglos; a las dificultades intrínsecas debemos añadir que Averroes, ignorante del siríaco y del griego, trabajaba sobre la traducción de una traducción. La víspera, dos palabras dudosas lo habían detenido en el principio de la Poética. Esas palabras eran tragedia y comedia. Las había encontrado años atrás, en el libro tercero de la Retórica; nadie, en el ámbito del Islam, barruntaba lo que querían decir. Vanamente había fatigado las páginas de Alejandro de Afrodisia, vanamente había compulsado las versiones del nestoriano Hunáin ibn-Ishaq y de Abu-Bashar Mata. Esas dos palabras arcanas pululaban en el texto de la Poética; imposible eludirlas.”
Averroes, concentrado en descifrar las palabras “tragedia” y “comedia” en Aristóteles, escucha desde su ventana a unos niños que juegan a morir y resucitar, a llorar y a burlarse del dolor. La escena teatral ocurre ante él, pero el filósofo no la ve. Su razón busca en el libro lo que la vida le está ofreciendo en cuerpo y gesto. Aquí Borges coloca el corazón del problema: Averroes lee lo que debería sentir, mira lo que debería padecer, posee las palabras, pero no la experiencia que ellas guardan.
Entonces comprendemos que este filósofo representa la grandeza y el doloroso sino de la razón humana cuando confía en que traducir es más importante que vivir, cuando olvida que el sentido nace en la niebla y no en la definición. Babel ha actuado otra vez: la palabra ha quedado separada de su alma.
Y sin embargo Borges le rinde homenaje; Averroes, es un héroe que fracasa, como todos nosotros, como Borges. Ese fracaso no lo disminuye; es el fracaso de Borges y el nuestro. Porque todos somos Averroes, todos buscamos comprender más de lo que podemos vivir, todos creemos que la verdad se entregará si la pensamos con suficiente rigor.
“En la historia anterior quise narrar el proceso de una derrota. Pensé, primero, en aquel arzobispo de Canterbury que se propuso demostrar que hay un Dios; luego, en los alquimistas que buscaron la piedra filosofal; luego, en los vanos trisectores del ángulo y rectificadores del círculo. Reflexioné, después, que más poético es el caso de un hombre que se propone un fin que no está vedado a los otros, pero sí a él. Recordé a Averroes, que encerrado en el ámbito del islam, nunca pudo saber el significado de las voces tragedia y comedia. Referí el caso; a medida que adelantaba, sentí lo que hubo de sentir aquel dios mencionado por Burton que se propuso crear un toro y creó un búfalo. Sentí que la obra se burlaba de mí. Sentí que Averroes, queriendo imaginar lo que es un drama sin haber sospechado lo que es un teatro, no era más absurdo que yo, queriendo imaginar a Averroes, sin otro material que unos adarmes de Renan, de Lane y de Asín Palacios. Sentí, en la última página, que mi narración era un símbolo del hombre que yo fui, mientras la escribía y que, para redactar esa narración, yo tuve que ser aquel hombre y que, para ser aquel hombre, yo tuve que redactar esa narración, y así hasta lo infinito. (En el instante en que yo dejo de creer en él, «Averroes» desaparece).”
Y entonces aparece el teatro, el dolor, la fiesta, el amor, la muerte y nos recuerda que la verdad más honda no se deja poseer. Averroes intentó levantar nuevamente aquella torre célebre. Borges también, porque es inevitable, pero desde abajo, advierte que el cielo nunca estuvo a nuestro alcance por esa vía.
La Biblia conserva un silencio luminoso: el Misterio se insinúa lejano.
*Coleccionista de arte y presidente de la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes