CULTURA
Aniversario y polémica

Borges y la profanación del malentendido

Hoy se cum­plen cua­tro déca­das de la muerte del escri­tor argen­tino; las dis­pu­tas en torno a nue­vas edi­cio­nes, tex­tos omi­ti­dos, dere­chos de autor y cri­te­rios de orga­ni­za­ción reve­lan que la bata­lla por el sen­tido de su obra con­ti­núa abierta. La reciente publi­ca­ción de sus “obras com­ple­tas” fun­ciona como excusa para refle­xio­nar sobre la indus­tria edi­to­rial, los usos con­tem­po­rá­neos de los clá­si­cos y la per­sis­tente ten­den­cia argen­tina a vene­rar, sim­pli­fi­car y dis­cu­tir a Jorge Luis Bor­ges al mismo tiempo.

Jorge Luis Borges
Jorge Luis Borges | Pablo Temes

“Se sabe que la mejor manera de igno­rar algo es supo­ner que se lo conoce”. Cua­tro años antes de la muerte de Jorge Luis Bor­ges, el psi­coa­na­lista y cineasta Mario Levin comen­zaba así una intro­duc­ción al legado de Ser­gei M. Eisens­tein. De alguna manera esa frase ofi­ciaba de pró­logo a un estado de la cul­tura argen­tina que, como si la igno­ran­cia fuera pilar cons­ti­tu­tivo, sigue vigente. En este mito crí­tico se funda la edu­ca­ción sen­ti­men­tal de los argen­ti­nos: la obra de Bor­ges es la más igno­rada y, a su vez, la más cono­cida. Casi com­pro­ba­ción de la dua­li­dad onda / par­tí­cula de la luz que nos per­mite leer (y que la divi­ni­dad supo crear para rego­cijo de todas las espe­cies), del des­ti­lado bor­geano hoy apa­rece el labe­rinto, uno que trai­ciona su intrin­cado diseño en otra frase, la que corona el lan­za­miento de la edi­ción home­naje en tres volú­me­nes “com­ple­tos” (cada uno dedi­cado a ensa­yos, poe­sía y cuen­tos): “del labe­rinto se sale leyendo”. Así consta en la ima­gen de difu­sión de la edi­to­rial Alfa­guara.

Entre polémicas, se cumplen 40 años de la muerte de Jorge Luis Borges.
La tumba del escritor en Ginebra, Suiza.

Sor­prende, en pri­mer tér­mino, la refe­ren­cia del men­saje a un lec­tor hipo­té­tico ence­rrado en un labe­rinto (no importa su forma) y que como solu­ción le pre­sen­ten la lec­tura. Luego, que la lec­tura resulte uti­li­ta­ria para el mismo, al punto que allana la salida de una figura más bien refe­rida a la rea­li­dad exis­ten­cial, cuya com­ple­ji­dad la hace inso­por­ta­ble.

Esta suma de abs­trac­cio­nes desata deri­vas, incluso radi­ca­les: lec­tura y escri­tura care­cen de uti­li­dad, no son herra­mien­tas.

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Entre polémicas, se cumplen 40 años de la muerte de Jorge Luis Borges.
Apuesta y mercado. La edición homenaje en tres volúmenes "completos" (cada uno dedicado a cuentos, ensayos y poesía).

Al punto que la lite­ra­tura, a su lec­tura nos refe­ri­mos, resiste la adju­di­ca­ción de una o múl­ti­ples carac­te­rís­ti­cas. Y más toda­vía. Lec­tura y labe­rinto son tan inú­ti­les que la com­bi­na­ción de ambas resulta en estas nocio­nes que aquí cesan. Jus­ta­mente, la lec­tura de la obra de Bor­ges incita a una con­ti­nui­dad de pen­sa­miento, incita a la cons­truc­ción de un labe­rinto pro­pio (el del lec­tor) o de uno más grato, y no menos inquie­tante, como la con­cen­tra­ción de todas las lec­tu­ras en El Aleph (cen­tro de aque­lla forma varia­ble y tal vez punto ciego de la memo­ria, lugar de Funes o del olvido abso­luto).

Ahora bien, la frase de lan­za­miento de este tríp­tico implica una nece­si­dad del mer­cado edi­to­rial, ven­der. Y ahí adquiere un valor sim­bó­lico reve­la­dor: Bor­ges es la solu­ción, el reme­dio, la salida a un mal abs­tracto y múl­ti­ple a la vez. Bor­ges ayuda, cura en toda situa­ción. ¡Es una lec­tura sana­dora! Por esto, la con­signa resulta un acierto, una exce­lente ape­la­ción a la nece­si­dad de los con­tem­po­rá­neos. Más aún si com­pite con tex­tos sagra­dos mile­na­rios y cuyos sig­ni­fi­ca­dos muchas veces resul­tan críp­ti­cos. Si deci­den una edi­ción de lujo en tapa dura, acom­pa­ñar la misma con un sobre metá­lico con­te­niendo eli­xir bor­geano, de exce­lente efecto, sería un gesto bon­da­doso.

Entre polémicas, se cumplen 40 años de la muerte de Jorge Luis Borges.
Borges y María Kodama.

Si aban­do­na­mos el aspecto y pre­sen­ta­ción de estos tres libros, debe­mos ingre­sar al con­te­nido, que deviene en la divi­sión temá­tica: ensayo, poe­sía, cuento. En una nota publi­cada en la revista Ñ el 25 de mayo, el escri­tor Matías Serra Brad­ford señaló varios deta­lles inhe­ren­tes a la edi­ción. Al título de la misma –Adel­gazó Bor­ges: las nue­vas “obras com­ple­tas” le tacha­ron medio libro–, le falta una “a” entre los dos pun­tos y “las”. Es aquí donde la lec­tura crí­tica, pos­te­rior a la lite­ra­ria, siente la navaja de Buñuel en Un perro anda­luz. Para este caso, más que una errata, enfren­ta­mos una ver­da­dera ¡Eh rata!

Allí afirma Serra Brad­ford: “La sobre­vida de Bor­ges –justo la suya, que tanto lo obse­sionó–, admi­nis­trada por ter­ce­ros cada vez más aje­nos, no le esta­ría haciendo favo­res a su obra. Para un escri­tor que se la pasó cru­zando y disol­viendo géne­ros, y que hizo de esa prác­tica un género pro­pio y una carta de triunfo, es lamen­ta­ble que ahora no se ree­dite su obra com­pleta –como en otra época hizo Emecé– res­pe­tando los libros uni­ta­rios, cro­no­ló­gi­ca­mente, sin divi­dirla en cuen­tos, ensa­yos y poe­sía, decons­tru­yendo así un labe­rinto que le llevó casi un siglo edi­fi­car.”

Corres­ponde elu­dir un extenso debate sobre que Bor­ges estu­viera obse­sio­nado por alguna forma de sobre­vida (inclu­yendo la reen­car­na­ción) o que su obra nece­si­tara favor de humano alguno (si el favor pro­vi­niera de tigres, tal vez). Pero con­viene limi­tar la res­puesta a que, según lo docu­men­tado, la tumba de Bor­ges en Gine­bra no con­tiene su momia en un sar­có­fago ni la sella una pirá­mide, con­va­li­dando esa tra­di­ción egip­cia de via­jar a la eter­ni­dad. Más toda­vía, si está en Gine­bra es para jamás vol­ver y des­can­sar a res­guardo de la socie­dad argen­tina, que sigue pro­fa­nando todo sin culpa alguna.

En lo que sí tiene razón Serra Brad­ford es que la edi­ción de Emecé en tomos cro­no­ló­gi­cos y sepa­ra­dos, como la que salió a la venta con La Nación domi­ni­cal en 2011 (20 tomos en total), es la más ama­ble y útil para el lec­tor. Es por­ta­ble, diná­mica (los libros pesan poco y son de for­mato pequeño com­pa­ra­dos con los tres tomos de tapa dura tra­di­cio­na­les). En sí, una edi­ción para el lec­tor ambu­lante, todo terreno, en toda cir­cuns­tan­cia. Pero, ¿cuán­tos de esos que­dan? No pode­mos ser tan opti­mis­tas para que los edi­to­res repli­quen aquel acierto.

El artí­culo citado tam­bién señala que “en nin­guno de estos tres tomos apa­re­cen las pri­me­ras 50 pági­nas –en prosa– de El hace­dor; sólo impri­mie­ron la segunda mitad de ese libro, en el volu­men apa­ren­te­mente corres­pon­diente.” Falta, por tanto: “El hace­dor, el que inau­gura la serie, y que indi­recta y secre­ta­mente anti­ci­paba estos des­ma­nes: “una terca neblina le borró las líneas de la mano”. Tam­poco podrá leer otros, igual­mente irreem­pla­za­bles, como Dream­ti­gers, Los espe­jos vela­dos, Una rosa ama­ri­lla, Mar­tín Fie­rro, Pará­bola de Cer­van­tes y de Qui­jote, Everyt­hing and not­hing, Ragnarök, y Bor­ges y yo, nada menos.”

Entre polémicas, se cumplen 40 años de la muerte de Jorge Luis Borges.
Apenas un puñado de volúmenes que componen la notable edición de Emecé que salió a la venta con La Nación dominical en 2011 (20 tomos en total).

Ahora sí, lle­ga­mos a la falta. Que tam­bién puede ser sín­toma de una enorme, ele­fan­tiá­sica, ¡Eh rata! O el correc­tor edi­to­rial bri­lló por su ausen­cia, o los archi­vos digi­ta­les -en la migra­ción de una edi­to­rial a la otra- obra­ron su fan­ta­sía por el fallo, en este caso la omi­sión. O fue­ron las dos cir­cuns­tan­cias. Y hoy los libros ya están impre­sos, dis­tri­bui­dos, dis­po­ni­bles al público. Por lo demás, el tono del reclamo -acaso horror vacui- es como si papel, impre­sión y encua­der­na­ción salie­ran del bol­si­llo del mis­mí­simo Serra Brad­ford.

El escri­tor y perio­dista Daniel Gigena tam­bién refiere a la omi­sión en una nota publi­cada en La Nación: “fal­tan los vein­ti­cua­tro tex­tos narra­ti­vos y ensa­yos bre­ves de El Hace­dor. Los poe­mas del mismo libro, publi­cado en 1960 en Emecé, figu­ran en el volu­men Poe­sía com­pleta ($ 59.999), entre las pági­nas 109 y 159 del volu­men de Suda­me­ri­cana.” Tam­bién repro­duce una

res­puesta de la edi­to­rial Pen­guin Ran­dom House: “Hay dis­po­ni­ble en libre­rías varias edi­cio­nes -comu­ni­ca­ron-. El con­te­nido de Poe­sía com­pleta (2026, Alfa­guara y Suda­me­ri­cana) es el mismo que se viene publi­cando en el volu­men de Obra poé­tica en Suda­me­ri­cana y Poe­sía com­pleta en Debol­si­llo desde 2011, que no es otro que el que había esta­ble­cido Bor­ges en la edi­ción para Emecé de 1977, en la que man­tuvo los tex­tos de El hace­dor en verso. A esa edi­ción se suma­ron pos­te­rior­mente La cifra y Los con­ju­ra­dos. El con­te­nido com­pleto de El hace­dor puede encon­trarse en los volú­me­nes indi­vi­dua­les publi­ca­dos por los sellos Debol­si­llo y Suda­me­ri­cana y en el tomo 2 de la Obra com­pleta publi­cada por Suda­me­ri­cana en cua­tro tomos de tapa dura”.

“Como toda cla­si­fi­ca­ción, este cri­te­rio puede ser com­par­tido o no; no obs­tante, como hemos seña­lado, no es una nove­dad, sino que con­ti­núa un modo de edi­tar la obra que se remonta a las deci­sio­nes del pro­pio autor y que fue con­ti­nuada por María, admite María Vic­to­ria Kodama”, resalta Gigena las pala­bras de la pre­si­denta de la Fun­da­ción Jorge Luis Bor­ges. Esta, junto a sus cua­tro her­ma­nos, sobri­nos de María Kodama -esposa de Bor­ges falle­cida en 2023-, son here­de­ros uni­ver­sa­les del patri­mo­nio y legado del escri­tor, inclu­yendo los dere­chos de autor hasta el año 2056. ¿Existe alguien más capa­ci­tado? De nin­guna manera, la rea­li­dad es esta, no otra, con­di­ción ina­pe­la­ble de lo real.

Des­pla­za­miento, olvido, omi­sión, recla­si­fi­ca­ción, todo a la vez y/o par­cial­mente, mien­tras Bor­ges sigue publi­cando. Esa mate­ria­li­dad resulta irre­ver­si­ble, para faná­ti­cos, detrac­to­res e indi­fe­ren­tes. Vol­va­mos a una obser­va­ción de Serra Brad­ford sobre el caso, escribe hacia el final: “Del labe­rinto se sale leyendo. A esta altura el sub­texto y la con­traor­den debe­rían ser obvios: Al labe­rinto se entra con res­peto”. La figura de res­peto remite, de manera natu­ral, a la cara que debe poner un escri­tor tanto en un velo­rio o al emi­tir una sen­ten­cia. Enton­ces, la pre­gunta es, ¿cara de qué? ¿O como de quién? ¿Enjuto a lo Andrés Rivera? ¿Dra­má­tico exis­ten­cia­lista al estilo Ernesto Sótano (Sábato)? ¿Para ingre­sar a la obra de Bor­ges debe­mos usar una más­cara de Gabriela Mis­tral? ¿Esto último es mucho? ¿Podría­mos tener otra lec­tura de la obra de Bor­ges usando la más­cara de Nabo­kov? ¿Y si usa­mos la de Tho­mas Pyn­chon cuando apa­re­ció en Los Simp­son? Pyn­chon admira a Bor­ges, nunca le faltó el res­peto.

Pablo Katchadjian, durante un acto para defender su El Aleph engordado.
Pablo Katchadjian durante un acto para defender su El Aleph engordado.

Sí, use­mos la más­cara del escri­tor sin ros­tro cono­cido, sería un gesto bor­geano. No está demás resal­tar que la figura del escri­tor vene­ra­ble, modé­lico, es con­ser­va­dora y tiene por objeto la cano­ni­za­ción (momi­fi­ca­ción) de las ideas, nada más retró­grado y fun­cio­nal -incluso cóm­plice- al lide­razgo polí­tico que exhibe este tramo del siglo XXI. Recla­mar res­peto desde un espa­cio crí­tico como si fuera tabu­rete de reco­no­ci­miento, trae la reso­nan­cia de un grito, el de Irene Gruss al poeta chi­leno Raúl Zurita durante el Fes­ti­val Inter­na­cio­nal de Poe­sía del año 2001: “Zurita, cortá con la dema­go­gia”. Serra Brad­ford, por favor…

Para con­cluir con el uso del tér­mino “res­peto”, el título del artí­culo de Serra Brad­ford comienza con una pala­bra mágica, clave cul­tu­ral de los últi­mos años: adel­gazó (y no por la mise­ria vigente). En rea­li­dad, se trata de un uso iró­nico, refiere al enjui­ciado (y sobre­seído) escri­tor Pablo Kat­chad­jian y su El Aleph Engor­dado, en edi­ción mínima para un jui­cio máximo. Por repro­du­cir el cuento com­pleto sin auto­ri­za­ción, María Kodama lo demandó en 2011, a esto siguie­ron ges­tos mediá­ti­cos a favor del engor­da­dor. Inclu­yendo un acto en la Biblio­teca Nacio­nal Mariano Moreno al que con­cu­rrió César Aira quien -como gran cul­tor del sar­casmo lite­ra­rio terra­te­niente (qué vigen­cia la de David Viñas)-, tal vez con­si­deró seme­jante acto per­for­ma­tivo un malen­ten­dido, acaso home­naje al pre­de­ce­sor de Bor­ges como direc­tor de la Biblio­teca Nacio­nal, Hugo Wast (Gus­tavo Adolfo Mar­tí­nez Zuvi­ría), best seller nazi y padre de mili­ta­res adic­tos a los gol­pes de estado.

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Una imagen de la entrevista que Antonio Carrizo le hizo a Borges en 1979.

Este cro­nista separó la mate­ria básica -el cuento de Bor­ges- del agre­gado por Kat­chad­jian, el resul­tado del engorde en sí: fra­ses sin valor esté­tico, ni lite­ra­rio, relleno en una glosa con noto­ria caren­cia de inge­nio, es decir, pla­cebo que no enri­que­cía ni menos­ca­baba el texto ori­gi­nal y sí ofre­cía un gesto humo­rís­tico básico. Un chiste que casi sale muy caro: robarle el texto a un escri­tor ciego que, encima, está muerto (algo necró­filo, ¿no?). La rea­li­dad es que Kat­chad­jian, al ser enjui­ciado, casi muere del susto: nadie pelea con un fan­tasma y sale indemne.

En ese mismo año (se cum­plían 25 años de la muerte de Bor­ges), como imi­ta­ción del gesto ante­rior, el escri­tor espa­ñol Agus­tín Fer­nán­dez Mallo publica en la edi­to­rial Alfa­guara (no era un chiste pre­dic­tivo, ¿o sí?), El hace­dor (de Bor­ges), Remake. En él rea­liza un pro­ce­di­miento simi­lar al del engorde, pero inter­vi­niendo los tex­tos, defor­mando, agre­gando, incluso párra­fos que hoy ni la más pri­mi­tiva inte­li­gen­cia arti­fi­cial se atre­ve­ría a escri­bir. Algo que ofre­ció un resul­tado devas­ta­dor: era inne­ce­sa­rio. Así lo enten­dió el edi­tor gene­ral del sello Alfa­guara, quien cuando tomó cono­ci­miento de la apro­pia­ción y edi­ción llamó a María Kodama para pedir dis­cul­pas, reti­rando la edi­ción de libre­rías. No hubo jui­cio, ni siquiera inti­ma­ción, pese a la carta de adhe­sión a Fer­nán­dez Mallo y su metó­dica vic­ti­mi­za­ción pos­te­rior. Ahora, la reciente publi­ca­ción muti­lada de El hace­dor, ver­da­dero, el de Bor­ges, ¿es una ven­ganza de Alfa­guara por aque­lla edi­ción dese­chada como papel de rezago para enva­ses de car­tón? Qué sus­penso…

Sobre el cri­te­rio edi­to­rial entra­mos en un campo cena­goso, difí­cil, poblado de obs­tá­cu­los y dife­ren­cias de cri­te­rio. Desde la ausen­cia física de Bor­ges se han publi­cado Tex­tos reco­bra­dos, Tango (con­fe­ren­cias al res­pecto, con el audio corres­pon­diente), y otros volú­me­nes. Una biblio­gra­fía com­pleta, parece, resulta un labe­rinto ines­ta­ble, incom­pleto. Mues­tra de eso es un artí­culo publi­cado en el número 65 de la revista Punto de Vista -diciem­bre 1999-, diri­gida por Bea­triz Sarlo, titu­lado Edi­tar a Bor­ges fir­mado por Iván Almeida y Cris­tina Parodi (pág. 24 en ade­lante). Pue­den acce­der al mismo a tra­vés de AHIRA (Archivo His­tó­rico de Revis­tas Argen­ti­nas) en: ahira.com.ar. Estos auto­res des­ta­can: “la edi­ción crí­tica de las obras com­ple­tas debe­ría com­por­tar un cor­pus con­ti­nuo y una parte con­sa­grada a notas y varian­tes. Den­tro del cor­pus con­ti­nuo, la pri­mera parte debe­ría estar con­sa­grada a los libros canó­ni­cos y la segunda, a los “tex­tos no reco­gi­dos” corres­pon­dien­tes a la misma época. Por último, al final de cada libro canó­nico, debe­ría figu­rar la corres­pon­diente sec­ción “Al mar­gen de”, con todos los tex­tos exclui­dos de las dife­ren­tes edi­cio­nes.”

Pablo Katchadjian, durante un acto para defender su El Aleph engordado.

Otros obser­va­do­res seña­lan que, al fal­tar una edi­ción defi­ni­tiva, com­pleta y única, la cita espe­cia­li­zada en los estu­dios aca­dé­mi­cos sufre -inclu­yendo los idio­mas a los que fue tra­du­cida- una nube de con­fu­sión. La refe­ren­cia, así, resulta aza­rosa, caó­tica. La única moción que resulta equi­ta­tiva parece ser la de uni­fi­ca­ción de cri­te­rios de cla­si­fi­ca­ción y reco­no­ci­miento

de tex­tos. Y esto se tiene que con­so­li­dar con un cri­te­rio edi­to­rial que res­ponde al mer­cado. En tér­mi­nos cató­li­cos, es con­for­mar a Dios y al Dia­blo, pero con resul­ta­dos tan­gi­bles, nada de pro­me­sas. En el medio geo­mé­trico, algo peor que el labe­rinto que se rei­tera, mucho más que un caos: la obra de Bor­ges parece nave­gar en una tor­menta per­fecta, des­truye todo y siem­pre está a mano, inmi­nente. ¿Es esto lo que la hace uni­ver­sal?

Sí, Bor­ges es uni­ver­sal, toda su obra fue con­ce­bida con ese obje­tivo, afir­ma­ción que corres­ponde a la poeta argen­tina Inés Pereira (La ruta de la seda, 2018). Bajo esta línea teó­rica cabe espe­cu­lar (de espejo, horror del reflejo que insiste) que sus tex­tos resis­ten cual­quier defor­ma­ción, sec­ción, mez­cla a cargo de un DJ, o de un dios apó­crifo con­su­mi­dor de hon­gos alu­ci­nó­ge­nos al pie de un vol­cán en erup­ción. Sería la parte de Bor­ges que lo sobre­vive, su obra mutando a lo mari­posa, pero con la memo­ria de un mamí­fero cetá­ceo como Moby Dick. Resulta inte­re­sante ima­gi­nar las secue­las en la inte­li­gen­cia arti­fi­cial luego de “apren­der” la ver­sión ampu­tada de El hace­dor. ¿Mos­trará toda su inu­ti­li­dad deli­rante hasta la des­truc­ción?

Existe otro aspecto, acaso igno­rado por­que implica una pala­bra mal­dita res­pecto a la tarea inte­lec­tual: tra­bajo. Bor­ges, ya de joven, fue un tra­ba­ja­dor a des­tajo. Leyó La Divina Come­dia en el tran­vía rumbo a la biblio­teca muni­ci­pal, como cual­quier obrero leía un dia­rio. Paró la olla al más crudo estilo arra­ba­lero y ori­llero. Escri­bió en perio­dismo, comu­ni­ca­ción, pro­logó y diseñó colec­cio­nes, escri­bió a cua­tro manos, tra­dujo, corri­gió tex­tos, habló ante todo tipo de públi­cos por un pago. Tenía una madre, una her­mana con hijos en matri­mo­nio escaso, res­pon­sa­bi­li­da­des de pater fami­lias. De ese bol­si­llo esfor­zado salía cierta dig­ni­dad sote­rrada, de un pres­ti­gio social que man­te­nía pese a las man­chas de hume­dad en el depar­ta­mento cues­tio­nado por un futuro Pre­mio Nobel (en repor­taje de Mario Var­gas Llosa, 1981, en el que pro­nun­cia la frase hecha céle­bre por el Indio Solari en la can­ción Un poco de amor fran­cés -La mosca y la sopa, 1991-: “El lujo es vul­ga­ri­dad…”).

El español Fernández Mallo.
El español Fernández Mallo.

En esta Babel desa­fo­rada, super­vi­viente -digna de una lla­nura de los chis­tes devas­tada por la agra­fía de gober­nan­tes que degra­dan a los dis­ca­pa­ci­ta­dos, entre ellos a los no viden­tes, como lo era Bor­ges-, debe­mos ante­po­ner el humor, tan elu­sivo en todos estos años. ¿Para cuándo un com­pen­dio de Chis­tes de Bor­ges? Pero que incluya vera­ces y dudo­sos, todos son váli­dos.

Debe­rían reco­pi­larse, tam­bién, las entre­vis­tas rea­li­za­das a Bor­ges en todos los idio­mas, más allá de res­ca­tar Los diá­lo­gos con Osvaldo Ferrari y las entre­vis­tas con Anto­nio Carrizo, algo así como un “Bor­ges mediá­tico trans­con­ti­nen­tal”. Y si la ima­gi­na­ción de cada uno de uste­des encuen­tra la picar­día sufi­ciente, varios volú­me­nes que invo­lu­cren tex­tos sos­pe­cho­sos de su auto­ría, los evi­den­tes como apó­cri­fos, la corres­pon­den­cia con todo tipo de per­so­na­li­da­des. En esta línea, la edi­to­rial Emecé (Grupo Pla­neta) acaba de anun­ciar una nueva edi­ción en dos tomos del Bor­ges de Adolfo Bioy Casa­res que se lan­zará en sep­tiem­bre pró­ximo, el mismo con­ten­drá un índice ana­lí­tico “ampliado”.

Y falta más. Una digna bio­gra­fía, des­po­jada de la enjun­dia y codi­cia de dudo­sos colec­cio­nis­tas, ope­ra­do­res cul­tu­ra­les de oca­sión y varios esta­fa­do­res dis­fra­za­dos de libre­ros espe­cia­lis­tas. Tal can­ti­dad de pira­tas derrum­ba­rían una nueva Torre de Babel. Pri­me­ras edi­cio­nes fir­ma­das, dedi­ca­das a un sujeto apó­crifo, por un Bor­ges fal­si­fi­cado, abun­dan cir­cu­lando a pre­cios side­ra­les.

Pero, como todo bien, ter­mi­nan mal. Lo que vale es el con­te­nido, no el aspecto cir­cuns­tan­cial. Tanto como la lec­tura com­pren­siva, esa expe­rien­cia esté­tica intrans­fe­ri­ble que nos lleva a una duda jus­ti­ciera, diver­tida, ¿habrá una adap­ta­ción cine­ma­to­grá­fica de His­to­ria Uni­ver­sal de la Infa­mia? ¿Será a manos de los her­ma­nos Coen o de Quen­tin Taran­tino? ¿Y por qué pen­sar en el cine para su obra? Es muy pro­ba­ble que en poco tiempo ya no exis­tan lec­to­res de Bor­ges, pero al menos, que­da­rán espec­ta­do­res.