CULTURA
Apuntes en viaje

Caranchos

Incluso el diente de león que vive en una grieta de la pared está otra vez vivo y coleando, abriéndose paso en la pintura flamante.

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Caranchos. | marta toledo

Mi regreso sería apenas una posta de días antes de irme de viaje por dos meses. Pero, claro: pandemia, no me autorizaron a viajar. Ahora estoy redescubriendo la terraza de mi casa. Después de más de un año de haberme mudado volví a mi vieja casa que ahora es casi otra, casi nueva, transformada completamente luego de una obra que llevó más tiempo del esperado por la cuarentena, etcétera. El jardín de la terraza sigue siendo el mismo o, mejor dicho, aquellas plantas que se empecinaron y sobrevivieron a los albañiles, la falta de riego, el frío del invierno. Incluso el diente de león que vive en una grieta de la pared está otra vez vivo y coleando, abriéndose paso en la pintura flamante. 

Paso toda la mañana aquí y vuelvo al atardecer. Una mañana escuché unos chillidos por encima del ruido del tráfico; sorprendida, empecé a buscar con la vista de dónde venía el sonido. Arriba de unas viejas antenas de televisión, en un edificio bajo de la otra cuadra, vi cuatro pajarracos agarrados con sus patas a las varillas de metal. Me acordé de que, hace más de una década, cuando aún trabajaba en el Ramos Mejía, encontramos un pájaro así muerto en los jardines del hospital. Nunca supimos qué era exactamente ni de qué había muerto, pero también fue la primera vez que escuché que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires había trasplantado aves de rapiña para controlar las poblaciones de ratas y palomas. Después oí muchas veces la misma anécdota de distintas personas e incluso la repetí yo hasta hace unos días cuando gugleé “aves de rapiña” y antes de terminar de escribir el buscador me sugirió “aves de rapiña en CABA”. 

Al parecer, según varias entradas de los diarios durante la cuarentena más dura, el avistaje de estos pajarracos fue el deleite de muchos porteños durante el aislamiento. Así como en otras ciudades del mundo aparecieron osos y ciervos o en las aguas inmundas de nuestro Riachuelo cardúmenes de sábalos. Cuando le conté a una amiga enseguida me advirtió que tuviera cuidado con los gatos porque podían ser presa fácil para los carroñeros. Pensé que tal vez la Negrita, pero para llevarse a Corazón se necesitan más de dos garras fuertes. 

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Leyendo estas notas en las que aparecían textuales de vecinos pero también de especialistas e investigadores del Conicet resulta que es falso que caranchos, aguiluchos y halcones sean parte de un programa de gobierno y también es falso que se lleven gatos y perros pequeños para el almuerzo. Sí comen ratones, ratas, aves más chicas pero básicamente comen basura. 

Si pienso en el diente de león en la pared y en las plazas de la ciudad cada vez más rebosantes y rozagantes de plantas nativas –salvias, cortaderas, colas de zorro, pasto chuza–, los caranchos encajan perfectamente. Después de todo la Ciudad de Buenos Aires es parte de la pampa. 

No sé si los que viven en la antena son caranchos, pero siempre me gustó la palabra, el sonido. Una de mis películas preferidas es Los isleros, de Lucas Demare. Una pareja que vive en el delta, una vida áspera y ruda. Brillan entre los juncos Arturo García Burh y Tita Merello, una mujer solitaria y determinada. En una escena un grupito de hombres borrachos se la cruza y se burla de ella llamándola Carancha. En vez de amilanarse ella se acerca y enfrenta al cabecilla: pá vos entuavía no soy carancha, pero ya lo voy a ser. Su mirada salvaje se clava en el tipo, y el destino del infeliz queda marcado. La próxima vez que se la cruza, en un baile, termina muerto en una pelea.