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CULTURA / entrevista al editor alberto diaz
sábado 15 septiembre, 2018

El talentoso Sr. Díaz

Editó más de 4 mil libros en casi cincuenta años de carrera. Borges, Quino, Di Benedetto, Gelman, Piglia y Saer fueron algunos de los autores que publicó. Dirigió y fundó editoriales en México, Colombia y Argentina. Persecución, exilio y unas minivacaciones con Cortázar, en este reportaje a uno de los últimos ejemplares de la edición tradicional, una especie en extinción.

por Alejandro Bellotti

Alberto Díaz. Editó más de 4 mil libros en casi cincuenta años de carrera. Borges, Quino, Di Benedetto, Gelman, Piglia y Saer fueron algunos de los autores que publicó. Foto: cedoc

El día se presenta espléndido. Barnizadas con el amanecer pavorreal las colinas que custodian la bahía en sus extremos, los turistas, apenas un puñado a esta altura del año, se disponen para el lagarteo. Al costado de un pequeño restaurante plantado en el centro del balneario, se destaca una palapa que exhibe la pesca fresca sobre la tabla: mero, róbalo, barracuda, marlín azul y dorado. El rechinar del cuero del pescado asado expone una viva relente de ajo, atenuada por soplidos de viento oceánico. Aunque intermitentes, las ráfagas acorralan contra un cerco la copa de una sombrilla hasta finalmente desflorarla.

El pellejo de agua se cuela como un rumor por la bahía. Más allá, los peces aleta que escupe el oleaje, pfff, producen un efecto hipnótico en los visitantes. Uno de los niños, que rato antes jugaba con cubos plásticos y arena en la orilla, ahora corre en dirección opuesta al mar hasta dar con el padre, que descansa, junto a su mujer y a su pequeña hija, en unas tumbonas de madera.

—Papá, queremos ir a pescar esos peces que saltan con mi amigo –el niño señala ahora el borde costero–. Así dispuestos los arbustos, en hilera, el padre cogotea hasta enfocar sobre el objeto.

—¿Ese de ahí? ¿Y dónde está el padre?

Abstraído el ritmo, amansado por los brotes de cielo ajedrezado, el corazón de Zihuatanejo es el muelle Paseo del Pescador, también llamado malecón, un simpático paseo peatonal arbolado que circunda la playa municipal entre el museo arqueológico y la pasarela de pesca.

  Carlitos, de 7 años, había encontrado en la playa un compañero de juego, desconoce el nombre; un niño que no hablaba su idioma, aunque lo sabemos de memoria: los niños se comunican con el lenguaje de los niños.

  —Ahí, ¿ves? Ese es el padre –el índice perfora el tejido hasta dar con una reposera sin rostro de la que se desprenden por uno de los lados unas piernas largas, entrelazadas. Al levantarse de la silla, Alberto despeja todas sus dudas: el larguirucho es Julio Cortázar.

Los padres se encuentran a mitad de camino. Se saludan. Yo no sé pescar, y tampoco me gusta. Yo estoy en la misma. Bla. Pero los chicos quieren ir. Si me acompañás, sería bárbaro. Bla.

Desde el mar se obtienen unas vistas estupendas de la playa y el pequeño poblado. Para 1981, Zihuatanejo es acaso un balneario en vías de desarrollo. Un viejo hotel abandonado en uno de los extremos; algunos bungalows sembrados a la marchanta sobre las planicies de arena, un complejo de pequeños departamentos, y ya.

“Cortázar –junto a Carol Dunlop y su hijo– había llegado a México para participar como jurado de un concurso convocado por la revista Proceso, y había decidido pasar unos días apartado de todo. Cuando nos cruzamos en la playa, pensé: pobre tipo, un escritor de fama internacional que vino a este lugar para estar solo, y justo se topa con un argentino, que además trabaja en su mismo rubro”. Cortázar y Díaz se habían conocido en la editorial Siglo XXI, al momento de publicarse Ultimo round y La vuelta al día en ochenta mundos, “libros fuera del enfoque habitual –aclara Díaz–, cosas de Arnaldo Orfila Reynal porque, cuando no conseguía a un autor prestigioso por encontrarse la obra principal de este en otra editorial más literaria, encargaba libros así. La primera edición de Ultimo round se hizo en Checoslovaquia, una edición preciosa, y se vendió mucho. Fue allí cuando lo conocí. Al momento de llegar los ejemplares. Esa semana nos vimos un par de veces en Buenos Aires. Pero cuando, tiempo después, nos cruzamos en Zihuatanejo, lógico, él ya no me recordaba”.

La salida de pesca fue un fracaso para los adultos, toda una aventura para los críos: “Los chicos sacaron cuatro atuncitos chiquitos. Nosotros por suerte nada, porque son tremendos esos bichos, pesan más de cien kilos; podés estar todo el día para sacar uno. Son preciosos, verlos saltar… ¿pero pescarlos? No sé qué carajo tenía Hemingway en la cabeza”.

Ixtapa-Zihuatanejo es considerado uno de los mejores destinos en el mundo para la pesca deportiva. Sus aguas ostentan peces vela de hasta 130 kilogramos, y el promedio de éxito entre los pescadores es extraordinario. A menos de tres kilómetros de la costa se llega a una profundidad considerable, de modo que la acción llega rápido.

“Esa noche nos juntamos a comer los atuncitos que pescaron los chicos. Cortázar los asó; yo aporté unas cervezas. Comimos en el departamento de él, que estaba en el mismo complejo que el mío. Fue una velada bellísima. Hablamos de Argentina, la dictadura, los exiliados, de Nicaragua, pero de literatura poco”.

Alberto Díaz nació en Buenos Aires en 1944. Estudió Historia en la Universidad de Buenos Aires y fue docente en la Facultad de Filosofía y Letras en diferentes etapas hasta 1993. A fines de los años sesenta se inició en el mundo editorial al ingresar a trabajar en Siglo XXI Editores Argentina. Estuvo allí hasta 1976, cuando debió exiliarse en Colombia, donde se hizo cargo de la delegación que esa misma editorial estaba abriendo en Bogotá. En 1978 se trasladó a México; fue allí donde, luego de un breve tiempo en Siglo XXI, pasó a dirigir Alianza Editorial Mexicana. En 1983 volvió a Argentina, donde constituyó y dirigió Alianza Editorial. Con la compra de esta editorial por el Grupo Anaya, también pasó a dirigir editorialmente a Editorial Losada. En 1993 comenzó a trabajar en Espasa Calpe, que se fusionó con el Grupo Planeta, donde actualmente es director editorial de Emecé y de los sellos Seix Barral, Espasa Calpe y Destino.

—¿Qué debe tener un buen editor?

—La primera condición es que te tienen que gustar los libros, y tener el hábito de lectura incorporado. Un editor no debe publicar su biblioteca, o sea no publicar solo lo que te gusta, tenés que publicar también lo que no te gusta, aunque sí debe estar dentro de cierta línea, lo que se relaciona con la composición del catálogo, otro punto fundamental, que te dará la identidad.

—La biografía de un editor es el catálogo.

—¡Exacto! Cuando el catálogo tiene forma y permanencia en el tiempo. O sea, vos publicás Majul… vende mucho, pero tiene la coyuntura del kirchnerismo, después nada. Pasan. Como editor, también tenés que salir a buscar libros. Para traducir, libros que se te ocurren y se los proponés a un escritor, y después están los instant books, como el que te mencioné. Hay dos tipos de editores: el que funda su propia editorial y el que es fuerza de trabajo. Si sos fuerza de trabajo, tenés menos identidad. Cuando yo empecé en América Latina surge, a través de la Cepal, luego de la Revolución Cubana, la Teoría de la Dependencia. Siglo XXI empieza a publicar todos los libros sobre la dependencia, toma ese nicho. En un momento salen varias novelas de dictadores. De las tres importantes, dos las publica Siglo XXI: El recurso del método, de Alejo Carpentier, y Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos (la otra es El otoño del patriarca, de García Márquez). Además, publicaba libros novedosos, que veinte años después se ponían de moda, como De la gramatología, de Jacques Derrida; nosotros hicimos la primera traducción en el mundo, y no vendimos nada. Veinte años después se puso de moda en EE.UU. y explotó.

—¿Cómo se conectaban entonces con el universo editorial?

—Nos enterábamos de las novedades por revistas especializadas; una de las más consultadas era la Quinzaine Littéraire, que te informaba de los lanzamientos, tipo boletín. Acá llegaba una semana después, mirabas lo que te interesaba y escribías carta a la editorial para pedirle que te reservara exclusividad para poder leer el libro y ver si te interesaba. Te daban el okay, te lo mandaban por correo, y luego de leerlo decidías. Negociabas la plata. Aunque también publicábamos mucho charlando con amigos y colegas en bares y restaurantes. Un recién llegado de París comentaba: hay tal tipo que la rompe, Sartre está trabajando sobre Flaubert, y así. El teléfono era una tortura, más allá de la diferencia horaria.

—¿Cuánto vale el olfato en la labor del editor?

—Mucho. Mirá, yo detecto en un momento que SigloXXI tenía siempre problemas de diciembre a marzo. Como era una editorial que manejaba mucho texto universitario, y no eran libros para leer en la playa, yo salvaba los números con los cheques que llegaban de países que les habíamos vendido libros durante el año, sobre todo Venezuela. Con eso pagaba los servicios, los sueldos. Pero no vendíamos nada. Entonces, un verano decido publicar A mí no me grite, y luego Yo que usted, de Quino. Empezamos a vender mucho también en esa época del año. Y sí, siempre me resultó fácil tener cierto olfato.

El golpe cívico-militar de 1976 en Argentina lo encuentra vendiendo libros en Caracas; allí se cruza de casualidad con León Rozitchner –exiliado ya en Venezuela–, quien le comenta lo ocurrido. Ambos se estiran hasta la zona de Sabana Grande, donde todos los días a las siete de la tarde un argentino vende ejemplares de La Opinión que llegan con los vuelos de Aerolíneas Argentinas. Ahora sí, con el diario en mano, derrapan en un café para leer en profundidad. Comprenden de inmediato que se trataba de un golpe distinto. “Arribé a Buenos Aires el 27 de marzo. No había familiares con pancartas, con abrazos, como era habitual por entonces. La bienvenida quedó en manos de efectivos de la Aeronáutica, que nos subieron a un bus que finalmente nos dejó en Plaza Once. Ya estaba en marcha la II Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que se desarrollaba en el Centro de Exposiciones, al lado de la Facultad de Derecho. Al día siguiente fui a la editorial para preparar un informe del viaje a Venezuela. Allí estábamos con un amigo y colega, Jorge “Negro” Tula, esperando que nos pasara a buscar su mujer para ir a la feria. De pronto tiran la puerta, gritos, armas largas, cuerpo a tierra; efectivos de la Marina que nos llevan detenidos y nos dejan en lo que había sido la antigua Coordinación Federal, en la calle Moreno, a pocas cuadras del Departamento Central de Policía. Aislado siempre desde ese momento. Un par de veces me llevaron encapuchado para interrogarme. Patadas, trompadas, amenazas, pero sin picana. Una noche tocan la puerta de la celda: el policía bueno. “Hola, Alberto, ¿sabés que somos vecinos? Sacate la capucha. ¿Fumás, no? Tomá. ¿Por qué estás aca? ¿Estás casado? Sé que vivís al lado del almacén de la esquina de mi casa. Nos vimos la cara”. Sin respuesta de hábeas corpus, Díaz pasa incomunicado un mes y medio. Cuando finalmente lo sueltan, sin alianza, sin reloj y sin dinero, camina hasta su casa al encuentro de su hijo Carlos, de dos años, y de María Ester, embarazada de Laura. “Mi hija nace el 3 de julio; en la primera salida, un sábado, vamos a la plaza con los niños. En la vereda de enfrente veo a este policía bueno, junto a otro, que me hace señas, indicándome que cruce a su encuentro: ¿Sos pelotudo, vos? ¿No entendiste el mensaje? Que-te-fueras. Te salvaste de casualidad. Tenés una semana. Si para entonces seguís acá, sos boleta”.

La familia Díaz inicia así el trip del exiliado. Lo dijimos: Colombia, México, etcétera. “Me molestó mucho la cobardía del sector editorial. En plena feria se allana y se clausura una editorial internacional importante y las autoridades ni siquiera leen una línea. Al otro que jodieron mucho fue a Centro Editor de América Latina (dirigido por Boris Spivacow; soportó la quema de miles de libros y fascículos, además de amenazas). Desaparecieron muchos correctores, escritores, traductores. Los únicos editores que caímos no desaparecidos, sino presos, fuimos Daniel Divinsky y yo. Divinsky, por publicar un libro infantil, todavía lo recuerdo. Había cinco deditos verdes que eran los malos y cinco rojos que eran los buenos. Por eso va en cana Daniel.

El catálogo. En su dilatada carrera, Díaz editó y publicó, entre otros, a Juan Gelman, María Elena Walsh, Ricardo Piglia, Andrés Rivera, Eduardo Galeano, Antonio Di Benedetto, Jorge Luis Borges, Tulio Halperín Donghi, Mario Benedetti y Juan José Saer, quien le dedicó Las nubes.

—¿Trenzaste amistad con alguno de ellos?

—Con varios, aunque con Saer tuve una relación muy profunda, sin dudas. Mi vínculo con él arranca cuando publico Glosa por Alianza en el 85. Una relación hermosa que duró veinte años. El muere el 10 de junio de 2005; hablé ese mismo día, sobre La grande, que ya estaba casi terminada. El 11 me llamó el hijo para decirme que había muerto, y viajé a París para despedirme en su entierro. Era un tipo increíble, con mucho humor, un bon vivant que no gastaba un mango en pilchas, pero podía invertir lo que no tenía por un buen vino u ofrecer una comida increíble a sus amigos, porque además era un gran cocinero y anfitrión. Un tipo con una cultura vasta y profunda, pero que no hacía alarde de eso.

—¿Cómo era trabajar con él?

—El componía los libros como los poetas, en la cabeza. Pero tomaba notas. Cuando en su cabeza tenía el inicio, el final, y toda la estructura, empezaba a escribir en sus cuadernos enumerados. Esos cuadernos los pasaba a máquina e iba haciendo las correcciones, que eran casi nulas. Cuando se sentaba a escribir la novela, la terminaba en tres meses, pero capaz la estuvo elaborando diez años. Tenía siempre en la cabeza varias novelas. Algunas veces me pedía libros, casi nunca literarios. De pájaros, por ejemplo; solo para conocer el canto del jilguero, para incorporar solo dos líneas en una novela. O un libro de vinos. Decía que el argumento no importaba, pero que las descripciones debían tener fuerza material. El me mandaba el texto, yo lo leía, corregía lo que consideraba y se lo devolvía. La corrección era difícil porque tenía un uso de las comas muy particular, entonces yo debía revisar que no se las corrigieran. Porque si lo agarraba algún corrector con las normas de estilo… Si vos leés en voz alta un texto de Saer, tiene una musicalidad muy particular. El era asmático, un trastorno que te impone cierto ritmo, te ahogás si hacés una frase larga. Por eso el uso de las comas, la cadencia se la imponía su respiración. Es una hipótesis mía. Cuando él hablaba, lo hacía así, con esas pausas.

—Como editor, ¿qué le aportaste a su obra?

—Creo que he hecho algo bueno por su obra, y él ha hecho mucho por mí. Desde 1985 fui su (casi) único editor en castellano hasta su muerte. Hasta ese momento, Juani llevaba publicados en 25 años de trabajo once libros, en diez editoriales distintas de seis ciudades diferentes. Glosa en este sentido termina con esa modalidad errabunda e inicia una etapa de profesionalización creciente en la circulación de sus libros. En total le publico 23 libros en distintas modalidades de edición. Un día le digo que en Seix Barral quieren publicar dos novelas en España. Me dice no, meteles cinco novelas, y pediles 50 mil dólares. Si solo publican dos, el primero no se vende, el segundo ya ni lo mueven. No me leerá nadie, me haré mala fama. Si metemos cinco y les sacamos mucha plata se van a mover para que me lean. A él le interesaba arreglar el anticipo, lo demás no le importaba. De hecho, tuvo agente porque yo lo obligué.

—¿Schavelzon?

—No, una agente alemana que ya murió. Guillermo Schavelzon lo agarra después de muerto. Porque quería vender los Papeles de trabajo. Si bien Juani no lo quería, yo le digo a Laurance que arregle con Schavelzon, porque si bien le cobraría una comisión alta, lo colocaría bien.

—¿Quién es Saer en la literatura argentina?

—Si bien tuve una relación de mucha amistad con él, siendo objetivo, para mí después de Borges es el mejor escrior argentino, tiene un cuidado en la prosa único. En términos de Piglia, es el polo negativo de Borges, pero también es borgeano en el sentido de que tiene un dominio del lenguaje exquisito. El no quería ser escritor latinoamericano, quería ser escritor argentino, pero no por nacionalista, él era cosmopolita. Es un autor que quise y quiero mucho. He publicado autores muy famosos, pero él es el que más me gusta.

 


 

Padre no hay uno solo

Hasta mis 25 años, cuando comencé a trabajar como editor, sabía a qué se dedicaba mi padre, sabía que era bueno en lo suyo y no mucho más, como suele suceder. En ese momento todo cambió, porque empecé a compartir con él un mundo, un oficio, y comprendí bien qué hacía Alberto, cómo lo hacía.

Por eso puedo decir sencillamente que Alberto Díaz es un gran editor, uno de los buenos, de la vieja escuela, de esos que están en franca extinción (aunque probablemente lo que esté en crisis sea ese mundo editorial que era impensable sin estos editores). Un editor culto, que construye vínculos personales con sus autores (“tiene autores” y no publica simplemente libros), que sostiene un compromiso político, es fiel a una línea editorial y ayuda y acompaña a sus autores a desarrollar su obra sin pedirles que sucumban a la tentación de explotar comercialmente algún pequeño éxito (repetir hasta el cansancio algún modelo que funcionó o escribir sobre algún tema candente que pronto quedará en el olvido). Al mismo tiempo, es un editor que entiende muy bien el negocio editorial y que, lejos de jugar a no ensuciarse las manos hablando de ventas, dinero y difusión, comprende que esos son aspectos centrales a la hora de hacer un trabajo profesional. A lo largo de toda su carrera, mi padre valoró y se preocupó especialmente por construir y cuidar las relaciones personales, tanto con los libreros como con los autores y los editores, en un marco de respeto y de reconocimiento.

Así que de alguna manera tengo dos imágenes fuertes de padre, muy distintas entre sí. Uno, el de entrecasa, mi viejo, con quien viví los primeros veintipico de años de mi vida. Y otro, el que descubrí después y de quien hoy soy colega, alguien que se convirtió en un gran amigo con quien nos hemos divertido a lo grande compartiendo cenas, viajes, charlando de cosas del mundo del libro y de los autores (¡tema recurrente entre editores si los hay!)

De chico o adolescente viví con absoluta naturalidad salidas a pescar con Cortázar, una cita para tomar el té en la casa de Beatriz Guido o cenas con Juan José Saer, Ernesto Sabato o Tulio Halperín Donghi. Cuando vivíamos en Colombia o en México y no tenía con quién dejarme, mi padre me llevaba a la editorial donde trabajaba y yo pasaba horas ahí adentro, chocho. Sin embargo, nunca busqué ni deseé trabajar como editor, hasta que a los 25 años me hicieron “una oferta que no pude rechazar”. Y fue mi viejo el que quizá sin proponérselo, y seguramente por eso funcionó, me transmitió los códigos y los placeres de este oficio.

Por eso, no puedo mencionar mis inicios como editor sin recordar, y agradecer, todo el apoyo y, sobre todo, la ayuda que me brindó. Yo no entendía mucho del tema y sus consejos fueron valiosísimos. Recuerdo que tenía tantas cosas para preguntarle que acumulaba dudas, las anotaba, así no lo llamaba mil veces para pedirle consejo y podíamos ver todo en una sola sentada. A lo largo de todas esas charlas e intercambios, no solo tomé real dimensión del gran editor que era, sino que pude comprender lo difícil, complejo, artesanal y personal del recorrido que había hecho mi viejo para convertirse en quien es.

*Carlos E. Díaz


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