CULTURA
Apuntes en viaje

Es el invierno

Odio los cuellos altos y las bufandas y no me hablen de las gorras y los guantes. Las sábanas heladas cuando entro en la cama, las mantas que me asfixian.

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| MARTA TOLEDO

Los gatos empiezan a disputarse los lugares calentitos de la casa: esa manta arriba del sofá, una silla matera con asiento de cuero (con pelo) de vaca, el rincón de la terraza donde aún da un poco de sol a la hora de la siesta… el poco sol que deja entrar la construcción desbocada de los últimos años en Flores. La estufa, pegados contra ella. Peleas donde sacan uñas, vuelan mechas de pelo, chillan y se corren por la casa. No esa performance diaria del resto del año en la que hacen que pelean, pero apenas tiran guantazos, juegan a: el aire es mío y no te toco. Es el invierno. Los aletarga durante horas y los activa cuando despiertan, digo yo para entrar en calor es que se buscan y se prepean. Podrían buscarse para abrazarse, amucharse, acuchararse. Pero no, les va mejor buscarse roña.

Es el invierno también la tarde corta, que cae de repente como las cortinas gruesas de una casa que esconde secretos, cuando no hice casi nada, cuando contaba con el resto del día, cuando apenas me levanto de la siesta.

Es el invierno mientras paseamos con la perra por la plaza a la mañana, buscando el sol entre los árboles, la vereda del sol, el banco al solcito que siempre está ocupado. El rocío en el pasto que no termina de evaporarse, las hojas secas humedecidas. A los soretes de los perros que los soretes de sus dueños no levantaron les crece un moho espumoso, blanco, parecen huevos de rana entre las hebras de césped. Y cuando salimos a la noche, la calle vacía, el olor a sopa sale de las casas, el flash de los televisores, el vapor por los caños de los calefactores. Solo nos topamos con otros perros, casi todos vestidos con capitas abrigadas. Mi perra en cueros, Lady Godiva en la noche barrial, el pelo negro le brilla y echa humo por la boca, una pequeña locomotora de un tiempo que ya no existe: el de las locomotoras y el de los perros sin ropa.

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También es el invierno y una chica que duerme en la calle, cerca de las vías; y otros dos muchachos en la ochava, bajo el porche de una casa deshabitada. Hola, team invierno: en sus barrios no viven personas en la calle ¿no?

Es el invierno y lo detesto. Me consuelo pensando que falta menos para el verano. Que a partir del 21 de junio cada día habrá un poquito más de luz. No me gusta los abrigos, vestirme con capas de ropa, doble par de medias, zapatos gruesos, moverme como una momia. Odio los cuellos altos y las bufandas y no me hablen de las gorras y los guantes. Las sábanas heladas cuando entro en la cama, las mantas que me asfixian. Levantarme a hacer pis a la madrugada, tomar frío y tener que levantarme una segunda vez la misma madrugada.

Pero alguna que otra cosa me gusta de esta época del año que, también hay que decirlo, es cada vez más breve. Las comidas de olla: los guisos, el locro, el puchero… el olor texturado que sale de las cacerolas durante las cocciones largas y envuelve las habitaciones de la casa (un amigo mío decía que su sueño era dormir entre sábanas de mondongo). Las sobremesas al sol de los domingos, ir corriendo las sillas a medida que se corre el sol. Las noches heladas en la ruta cuando las estrellas son puñados de hielo, brillando con tanta intensidad. Cerrar los ojos y acordarme de los inviernos de la infancia: la ropa ahumada por la cocina a leña y la estufa; el ladrillo caliente envuelto en un diario en los pies de la cama; la polenta frita y la cascarilla caliente a la mañana; caminar a la escuela pisando escarcha. El pelo largo, mojado, secándose al sol de la siesta.