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CULTURA / PREMIOS LITERARIOS
domingo 16 febrero, 2020

Fábrica de lectores

Maquinaria excepcional de promoción, el entramado de los premios literarios revela el modus operandi del ecosistema editorial, que en la mayoría de los casos tiene más de negocio que de arte. Opinan escritores, editores y agentes.

por Daniel Gigena

Conocidos por ser un mal necesario dentro de la industria, los premios literarios apuntalan la construcción artificial del prestigio. Foto: PAU CARBONELL
domingo 16 febrero, 2020

Cuando en la primavera de 1997 Ricardo Piglia veía una caricatura de su cara rodeada de llamas en los afiches de la revista Trespuntos, que decoraban la avenida Corrientes del Obelisco a la avenida Callao, se angustiaba. Esa publicación había denunciado un presunto fraude del Premio Planeta de Novela en la edición de ese año. Desconsolado, el escritor llamaba por teléfono a los editores. En los últimos años del menemismo, la palabra “corrupción” asociada a la literatura y a su apellido lo obligó a tomar distancia de la esfera pública, y por un tiempo se refugió en la escritura y en la calma de los claustros universitarios. No obstante, el escritor Gustavo Nielsen les inició un juicio al autor y a la editorial, que ganó en 2005. Luego del escándalo desatado por la premiación de Plata quemada, la novela ganadora del Planeta 1997, el editor responsable del premio debió alejarse del Río de la Plata. Guillermo Schavelzon, director editorial en ese entonces y que participaba del jurado integrado por el montevideano Mario Benedetti, Tomás Eloy Martínez y María Esther de Miguel, fue señalado como el artífice de las gestiones. Acto seguido, renunció y se instaló en Barcelona. Hoy, la agencia Schavelzon-Graham tiene en su cartera de clientes a muchos escritores que recibieron premios en diversos concursos: Pablo De Santis (Premio Planeta-Casa de América 2007), Martín Kohan (Premio Herralde 2007), Eduardo Berti (Premio Emecé 2011) y Agustina Bazterrica (Premio Clarín de Novela 2017), por mencionar solamente a algunos autores argentinos. Representa incluso la obra de Piglia.

Por dinero o por prestigio. Desde Barcelona, Schavelzon destaca que existen dos clases de premios literarios: “Los de reconocimiento, para libros ya publicados, que en general otorgan los Estados y tienen un jurado destacado, y los premios que otorgan las editoriales –dice–. Los primeros dan prestigio, y a veces algún aporte económico. Cuando, a lo largo de los años, se mantiene el nivel del jurado y este acierta en la elección de las obras elegidas, dan ciertas garantías a los lectores. Son premios cuya atención no excede la de los lectores cultos, pero justamente estos no compran un libro porque haya sido premiado”. El segundo tipo de premios, que en general convocan editoriales, es lisa y llanamente promocional. “Tienen como objetivo vender más libros, lo que no debería avergonzar a nadie –argumenta Schavelzon–. La experiencia muestra que estos premios son muy determinantes en la carrera de un escritor, que amplían mucho la cantidad de lectores y de libros vendidos, y que facilitan al autor la independencia económica, lo que no es poca cosa. Paradójicamente, en estos premios es la dotación económica la que más llama la atención mediática”. Según el ex editor, premios como el Planeta, el Alfaguara o el Herralde (que suelen reconocer a autores de los catálogos de Planeta, Alfaguara o Herralde, respectivamente) generalmente son determinantes para la venta de ejemplares. Una vez conocidos los fallos, las entrevistas y notas biográficas (que parecen calcadas) se publican en las páginas culturales de los medios y circulan por redes sociales como publicidad gratuita de los sellos.

La escritora Claudia Piñeiro, que recibió distinciones de los dos tipos de premios (el Clarín de Novela en 2005 por Las viudas de los jueves y el Sor Juana Inés de la Cruz en 2010 por Las grietas de Jara), coincide con su agente literario. “Algunos premios son muy importantes para  que los nuevos autores puedan llegar a la primera publicación –indica–. Cuando nadie te conoce o te recomienda, es difícil que te lean en las editoriales”. En su opinión, un concurso puede jugar de distintas maneras. “Si ganás, conseguiste la publicación, pero aun sin ganar, si quedás como finalista, también”. Después de obtener el premio Clarín de Novela, a Piñeiro se le abrieron muchas puertas, pero antes, al quedar entre los finalistas del Premio Planeta Argentina 2003, cuando Guillermo Martínez ganó con Crímenes imperceptibles, había llamado la atención. “Con esa carta de presentación, me leyeron en otras editoriales y me publicaron”.

La autora, sin embargo, hace una advertencia a los jóvenes y no tan jóvenes escritores que quieren concursar. “Les diría que no gasten dinero, y sobre todo ilusiones, en presentarse a concursos que nunca ganará un autor joven o desconocido –dice–. Haciendo un poco de investigación en internet se van a dar cuenta en los que les conviene participar. Hay varios que están claramente direccionados por las editoriales que los convocan; en esos no hay que perder tiempo. Y luego hay que analizar quiénes conforman los jurados”. Piñeiro integró varios y conoce algunos mecanismos secretos. “Hay premios en los que todos creemos y tienen imagen de absoluta transparencia; en general, no son los convocados por las editoriales. Sin embargo, incluso en esos premios recibí presiones de otro jurado, o de alguien que no era del jurado pero que pertenecía a la industria del libro, para que eligiera a un amigo. Somos seres humanos y todo dependerá de si en ese grupo convocado para elegir el mejor texto tiene más peso la convicción particular de cada uno o las presiones. No lo resalto para desalentar a que se presenten sino para que, si no ganan, sepan que en toda elección intervienen muchos factores”, concluye.

La salud de los concursos. Semanas atrás, los jurados de dos premios internacionales de novela convocados por grandes editoriales (que recompensan en monedas fuertes como el euro y el dólar) distinguieron a un escritor que había firmado su “pase” de un grupo a otro (el español Javier Cercas, que obtuvo el Premio Planeta de Novela 2019 por Terra Alta) y a otro que integraba el catálogo del sello (el mexicano Guillermo Arriaga, ganador del Premio Alfaguara de Novela 2020 con Salvar el fuego). No fueron pocos los que se preguntaron cuánto más reconocimiento o prestigio necesitan dos autores consagrados por sus obras. Tal vez para evitar suspicacias, el lunes pasado la editorial Seix Barral anunció que había otorgado el Premio Biblioteca Breve de Novela 2020 a una escritora casi desconocida, la española Raquel Taranilla, por Noche y océano. En la edición del año pasado, en una jugada quizás más mediática que estética, lo ganó la poeta Elvira Sastre. En los departamentos de marketing de las editoriales se presume que los autores con miles de seguidores en redes sociales pueden vender más ejemplares que los que optan por una discreta vida virtual. Y si tienen menos de 40 años, mucho mejor.

La editora de la filial argentina de Alfaguara, Julieta Obedman, sugiere que el premio de novela de ese sello (del grupo Penguin Random House) es uno de los más interesantes de habla hispana. “Tiene mucha convocatoria y un enorme prestigio literario –afirma–. Esto se debe, por un lado, a los jurados de cada edición, que están presididos por escritores muy reconocidos junto con un grupo de lectores de otros ámbitos de la literatura que debaten en profundidad sobre las novelas finalistas”. Cada año, se recibe un promedio de 700 manuscritos que se distribuyen entre un prejurado de selección. Luego, ese equipo de lectores (libreros, cineastas, críticos literarios y periodistas cuyos nombres permanecen en el más estricto anonimato) “eleva” unas diez novelas al jurado oficial. Los notables leen solo las obras finalistas. En este aspecto, todos los premios se asemejan. Leopoldo Brizuela, Andrés Neuman, Eduardo Sacheri, la chilena Carla Guelfenbein y el mexicano Jorge Volpi, entre otros, ganaron el Premio Alfaguara de Novela. “Los ganadores y las ganadoras suman nuevos lectores –agrega Obedman–. Al ser publicados en toda América Latina y España, apoyados por una gira promocional que los lleva de viaje por cada país, sus libros llegan a muchos miles de lectores en castellano y logran consagrar novelas y autores como exponentes de la buena salud de la literatura en castellano”. Los concursantes, entonces, deben haber superado la fobia a los aviones y aeropuertos antes de enviar sus originales y, en lo posible, contar con el apoyo de un agente literario con contactos.

Otro affaire reciente vinculado con premios (esta vez del grupo de los que, según Schavelzon, conceden más prestigio que dinero) tuvo como protagonista a María Gainza, ganadora del Sor Juana Inés de la Cruz 2019 por La luz negra, su segunda novela. En el típico quid pro quo del sistema de premios, se esperaba que la autora asistiera a la reciente edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara no solo para recibir lo suyo (un diploma y diez mil dólares), sino también para participar de una serie de actividades en el marco de la feria. Como Gainza no pudo viajar por un problema de salud de su hija, desde México se anunció que el premio quedaría en suspenso. Después de una serie de acciones en Buenos Aires, Guadalajara y Barcelona (sede de la agencia que representa a Gainza), el episodio tuvo un final feliz por partida doble: su hija se recuperó y los dólares del premio fueron a parar a manos de la escritora.

Para que en el futuro nadie se lamente de la escasez de anécdotas asociadas con certámenes literarios, el jueves 20 representantes de la Fundación Filba y la Fundación Medifé anunciarán un nuevo premio de novela que empezará a orbitar en el universo literario local. Trascendió que, en este caso, no concursarán novelas inéditas sino obras publicadas durante el año anterior, y que el jurado estará conformado por escritores y críticos de trayectoria irreprochable. Nace un premio Man Booker a la argentina.  

El juego de las contingencias. La poeta y ensayista Alicia Genovese obtuvo en 2013 el Premio Nacional por su libro Aguas y, meses después, el premio Sor Juana 2014 por La contingencia. “Durante mucho tiempo escribía pensando en que lo que hacía no cumplía con la lógica de los premios –revela–. Desde el punto de vista personal, un premio puede generar autoestima y un aporte económico importante en ciertos casos. Pero también implica el aprendizaje de saber recibir y al mismo tiempo filtrar ese lugar de supuesto prestigio que, a la hora de escribir, no sirve para nada. De ese filtrado depende la continuidad creativa de la escritura”. Para esta autora, la problemática de los premios debe ser considerada por una política cultural más amplia. “Los premios pueden alentar, estimular y sacarnos de preocupaciones económicas por un tiempo, pero si es solo eso, hablamos de una pobreza absoluta. Los premios oficiales deberían reactivarse; el Municipal no se entrega desde hace años. Volver a la entrega bianual sería un avance. El Premio Nacional debería darse todos los años en todas las disciplinas, no con la alternancia que tiene ahora. Hay escritores que se mueren sin tener premios destacados, como Juana Bignozzi”.

Consultado al respecto, el secretario de Cultura del gobierno de Cambiemos, Pablo Avelluto, señala que el Estado debe reconocer el talento en todos los campos en los que sea posible. “Y la cultura es uno de ellos –agrega–. Reconocer a los creadores con un sentido plural, no partidario ni oficialista, es una obligación, y haber cumplido con ella es uno de los orgullos que tengo de mi paso por la función pública”. En su gestión, los premios nacionales, que se habían discontinuado en el segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner, “se pusieron al día” en 2018 y las sumas entregadas se actualizaron. No se puede decir lo mismo de los premios municipales que otorga la Ciudad de Buenos Aires.

Hasta hace poco se hubiera podido incluir a César Aira en una lista de autores notables a los que los premios les fueron esquivos. Candidato desde hace pocos años al devaluado Premio Nobel (que a su regreso en 2019 no estuvo exento de polémicas y desacuerdos en torno al de Literatura 2019, otorgado a Peter Handke), el escritor nacido en Pringles fue finalmente reconocido en Chile con el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas 2016. En esa ocasión, al brindar el discurso de rigor, sostuvo: “Ganar un premio importante es un paso bastante decisivo en el camino que lleva a volverse un escritor importante, y ahí se plantea una disyuntiva para la que conviene estar preparado. No creo que se pueda ser importante y escritor al mismo tiempo. Hay que elegir”. Tiempo atrás, el autor de El juego de los mundos había declarado que para él representaría un problema ganar un premio importante y, en consecuencia, perder el anonimato y la libertad creativa. “Sería horrible”, remarcó.

 

Plataformas de lanzamiento

Enzo Maqueira*

Los premios literarios representan una oportunidad para quienes, tras una gran trayectoria, ven ampliada su base de lectores y los ingresos por su obra. Por otro lado, quienes nunca fueron publicados logran abandonar la categoría de “inédito” y subir un primer peldaño en la legitimación. El problema que observamos desde la Unión de Escritoras y Escritores es que algunas editoriales utilizan sus premios como plataforma de lanzamiento de obras de autores que ya publican en ese sello, situación que los noveles suelen desconocer a la hora de enviar sus manuscritos. También sucede que el “premio”, si hay dinero de por medio, en general no es más que un adelanto por los derechos de autor. Por otro lado, nos preocupa particularmente la regularización de los premios municipales de la Ciudad de Buenos Aires, como el Eduardo Mallea o el Ricardo Rojas, que llevan hasta cuatro bienios sin fallo de los jurados, y que se efectivicen los pagos de aquellos que ya fueron asignados.

*Escritor; integra la Unión de Escritoras y Escritores de la Argentina.

 

Repetición y rentabilidad

Ricardo Sabanes*

En el sistema del libro actual, los premios literarios buscan lectores. Lectores para el texto ganador y para la editorial que promueve ese premio. Para que esto sea así, las editoriales organizan acciones para posicionar su marca y la del premio asociado a ella (convocatoria, lecturas de originales, reuniones de jurados de notables), que funcionan como acciones de prelanzamiento del texto que ganará el premio. Los premios están segmentados según el target de las editoriales que los convocan: literarios (Biblioteca Breve, Nadal, Herralde) y upmarket, es decir, textos literarios con atractivos comerciales (premios Planeta, Clarín, Alfaguara). Su importancia radica en el número de lectores que obtienen (a veces son lectores que se incorporan al mercado a partir de ese libro) en el movimiento de prensa y marketing de lanzamiento, y en las inversiones de recursos económicos que realizan las editoriales. Los premios, así descriptos, buscan lectores y con ello rentabilidad.

Este sistema de premios puede caer en cierta repetición. De autores que ganan premios de diferentes editoriales, o de temáticas, a veces provocados por la necesidad de seguridad en lo que a fin de cuentas es una inversión. O pueden estar bajo sospecha y criticados no por los textos premiados, sino por los autores que se premian o por las circunstancias en que esos premios se otorgan. Esto último más en relación con el círculo compuesto por las editoriales, escritores, agentes y prensa cultural que por los lectores. Por otro lado, la magnitud de los montajes necesarios para hacer visibles los premios hace muy difícil que se “descubran” autores nuevos.

*Fue director editorial internacional del Grupo Planeta.

 

Libros, concursos, lectores

Angela Pradelli*

Los concursos literarios siempre me parecieron una buena posibilidad para los que intentábamos publicar nuestros primeros libros. Claro que siempre está la opción de hacer llegar el manuscrito a diferentes editores. En épocas sin internet, había que hacer copias, tomar coraje y recorrer las editoriales. De todos los escritores que la emprendieron así, creo que solo a uno de los que conozco le respondieron afirmativamente y publicaron su novela. Si una cree en la institución que convoca, en su transparencia y en los jurados, me parece que es un buen camino, sobre todo para las primeras publicaciones. Hay varios concursos sospechados por distintas razones; en esos casos, lo mejor es abstenerse. Participé muchas veces como jurada de diferentes concursos y nunca sentí ninguna presión para inclinar el resultado hacia un libro u otro. Ahora que lo recuerdo, sí, solo una vez. Una de las organizadoras me quemó la cabeza diciéndome lo bien que escribía su hijo, que justamente se había presentado en el concurso. Ya saben, no ganó. Aunque se escape un poco del tema de esta nota, me gustaría decir lo siguiente: se oye con frecuencia que los libros, si son buenos, finalmente encuentran siempre la edición. He viajado mucho a las provincias y a menudo me encuentro con autoras y autores cuyos libros, muy muy buenos, reposan en los estantes de sus casas. ¿Tal vez eso quiera decir que debería haber más concursos?.

*Ganó los premios Emecé, Clarín de Novela y municipales de novela y ensayo.


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