CULTURA
Filósofo y polímata

Filosofía en 3 minutos: Demócrito

Fundador del atomismo griego junto a Leucipo y maestro de Protágoras. Es considerado el padre de la física.

Demócrito
Demócrito de Abdera (Abdera, Tracia, c. 460 a. C.-c. 370 a. C.) | Agencia Shutterstock

Actualmente se cree, con algunas variaciones, que las partículas elementales del universo del llamado “modelo estándar” son los leptones y los quarks, es decir, estos ya no contienen evidencia de subpartículas y, en consecuencia, constituyen los últimos componentes de la materia. Desde luego, en la medida que no han dejado de aparecer entidades subatómicas desconocidas en la historia de la física, no hay ninguna certeza de que estas partículas sean finalmente las elementales, porque los quarks o los leptones bien pueden, a su vez, formarse de cuerpos más pequeños. Siempre existe la posibilidad, en este campo de investigación, que nuevas tecnologías de laboratorio y nuevos teoremas y artificios matemáticos permitan el descubrimiento de nuevas subpartículas cada vez más minúsculas. Por el momento, ya es muy aventurado concebir a las formaciones del mundo subatómico (sin contar a las hipotéticas) en términos de “objetos”, debido varios principios epistémicos y técnicos que hacen posible y regulan la medición. En estas condiciones, si se acepta existen partículas indivisibles de la materia, lo interesante es que paradójicamente se confirmarían las premisas del atomismo antiguo, las cuales difieren en sumo grado de la concepción empírica de la teoría atómica moderna.

El uso filosófico y gnoseológico de la palabra átomo (del adjetivo griego átomos: “indivisible” ) procede de los fundadores del atomismo griego en el siglo V a. C., Leucipo y Demócrito (circa 460 a. C.- 370 a. C.). Del primero es poco lo que se conoce y algunos estudiosos y filósofos (Epicuro, por ejemplo) dudan de su existencia histórica. No se sabe con exactitud donde nació (Elea, Abdera, Milos o Mileto) ni el año. Simplicio dice que pertenecía a la escuela de Parménides, y que no siguió la enseñanza de éste. Otras fuentes antiguas afirman que fue discípulo de Zenón de Elea o de Meliso (ambos “eleáticos”) e incluso de Pitágoras. Autores como Aristóteles, Teofrasto, Simplicio, Sexto Empírico o Diógenes Laercio, lo reconocen como el creador de la filosofía atomista. Se le atribuyen dos obras perdidas y un fragmento que formaba parte de una de ellas: “Nada sucede en vano, sino que todo ocurre por una razón y una necesidad”.  En Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, Diógenes Laercio dice, fundándose en algunos testimonios, que Demócrito nació en Abdera (Tracia) o Mileto y que conoció a Anaxágoras, cuarenta años mayor que él, y a Leucipo. Desde Aristóteles, la opinión general es que resulta demasiado difícil aislar el pensamiento de uno y otro. De hecho, los trabajos pioneros del doxógrafo británico Cyril Bailey, en Los atomistas griegos y Epicuro (1928), para distinguir las ideas originales de Leucipo y Demócrito, no han encontrado seguidores de gran entusiasmo.         

Con todo, al contrario que su maestro o amigo, Demócrito era ampliamente conocido en su época como filósofo, pese a no vivir en Atenas, y han llegado al presente muchas anécdotas –la mayoría quizá falsas– sobre su propensión a reírse de los asuntos humanos, a los que juzgaba de poca o ninguna importancia. Según se cuenta, en Abdera lo consideraban loco y llamaron al prestigioso médico Hipócrates de Cos, quien después de visitarlo varias veces para curarlo terminó convirtiéndose en su discípulo. También fue maestro de Protágoras, el gran sofista originario de Abdera, y del retórico Nausífanes de Teos, el educador de Epicuro en filosofía atomista. Contemporáneo de Sócrates, de quien algunas fuentes sostienen que fue oyente de incognito, sin revelar su identidad, Demócrito llegó a ser leído por Platón (que detestaba su pensamiento, se dice, con cierto furia desmedida) y por Aristóteles, cuyos comentarios sobre sus obras, de las que hoy se conservan solo algunos pocos fragmentos, representan una de las principales referencias acerca del atomismo antiguo.

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Se sabe con alguna seguridad que Demócrito era el hijo menor de una familia acomodada y que, con la finalidad de viajar, cedió a los dos hermanos mayores la propiedad inmueble, que componía la parte más cuantiosa de la herencia, y se quedó solo con el dinero que gastó en su totalidad en viajes por Grecia y Oriente. Diógenes Laercio afirma que estudió en su infancia teología y astrología con algunos magos caldeos que el rey persa Jerjes –invasor de Grecia en 481 a. C.– dejó como maestros cuando se hospedó en la casa del padre de Demócrito. También Diógenes relata que, ya adulto, viajó a la India (donde estuvo con los gimnosofistas) y a Etiopía, y que aprendió geometría con los sacerdotes de Egipto, los caldeos de Persia y el Mar Rojo. Por otra parte, existen muchas narraciones, en distintas fuentes biográficas, acerca de los numerosos viajes que emprendió y de su estadía en diferentes regiones. La fama de predecir el futuro, según consta en muchas anécdotas, se explica por sus conocimientos mágicos y astrológicos

Demócrito fue uno de los escritores más productivos de la antigüedad. El gramático alejandrino Trasilo de Mende (siglo I) ordenó sus escritos por tetralogías, lo mismo que hizo con los de Platón, y le asignó trece (que comprenden cincuenta y dos escritos, algunos muy breves), divididos en ética (de donde proceden la mayor parte de los fragmentos conservados), física, matemáticas, música (que incluye literatura y lenguaje), y temas técnicos. Hubo otras obras más que posiblemente, según los especialistas, no eran auténticas. Diógenes Laercio le atribuye cuatro libros sobre física:  la Gran ordenación del Cosmos, la Pequeña ordenación del Cosmos, la Cosmografía y Sobre los planetas. El peripatético Teofrasto, sin embargo, afirma que Leucipo escribió la Gran ordenación y Demócrito la Pequeña, pero es posible que este escrito haya sido un compendio del primero con añadidos o una continuación de este. Como sea, no hay duda que Demócrito ha sido el principal exponente del atomismo originario. De modo particular, se ocupó de la epistemología del atomismo y desarrolló una teoría de la percepción, la cual Teofrasto presenta como suya. Por lo demás, como observa Cicerón, escribió sobre una amplia serie de cuestiones, en conformidad con el tipo de escritor polímata de la época sofística, que Leucipo no trató.

En cualquier caso, las fuentes antiguas sirven de poco para determinar los conceptos que corresponden a cada uno de los fundadores de la filosofía atomista. Cuando Aristóteles se refiere a ella, simplemente nombra a Leucipo y Demócrito a la vez y en los pasajes doxográficos que se refieren a uno de ellos, en general no se puede concluir que la idea comentada sea individualmente suya. En el caso de Simplicio, suele citar a Aristóteles in extenso. Sexto Empírico no siempre es más preciso al aludir a Demócrito y los atomistas. Además, no faltan incongruencias y contradicciones entre los fragmentos citados y las interpretaciones de ellos, por ejemplo, respecto del peso de los átomos. De cualquier manera, los comentarios aristotélicos tienen la ventaja –dentro de sus desventajas hermenéuticas–  de presentar, antes de la recepción epicúrea, una visión de conjunto del atomismo antiguo y una especie de encadenamiento entre el pensamiento de Leucipo y Demócrito que oscila entre la confusión y la claridad.   

En Acerca de la generación y la corrupción, Aristóteles entiende que Leucipo y Demócrito expresan que el vacío existe efectivamente como no-ente y que nada del ente es no-ente, pero no consiste en uno sino en entes infinitos en número y forma, indivisibles e invisibles por la pequeñez de su masa. Ellos –los átomos– se trasladan en el vacío y cuando se reúnen producen la generación de todos los seres y, al separarse, la corrupción. Los cuerpos difieren unos de otros por la posición y ordenación de sus componentes atómicos. Como estos poseen figuras, a partir de ellas se deriva la alteración y la generación, esto es, la generación y la corrupción por su asociación y disociación, y la alteración por el orden y posición que ellas adoptan. De modo que la figura se transforma si algo pequeño se combina con ella, y parece totalmente diversa cuando una sola de sus partes sufre una transmutación. Con las mismas letras, comenta Aristóteles a modo de ilustración, se componen una tragedia y una comedia, lo cual significa que basta una mínima alteración de los átomos mezclados en el compuesto, o de uno solo de ellos, para que se modifique el cuerpo entero.

Esta comparación entre el orden y la posición de los átomos en los compuestos con la combinación de las letras alfabéticas en los textos, la emplea también Aristóteles en Metafísica. Allí expone que para Leucipo y Demócrito los elementos primordiales son lo lleno y lo vacío, y los llamaron respectivamente ser y no-ser. El primero es lleno y sólido, el segundo vacío y sutil, y existe no menos que el ser. Los dos principios (el arché de los atomistas) constituyen las causas materiales de las cosas y las diferencias entre los átomos producen todo lo demás. Según Aristóteles, estas diferencias son la forma, el orden y la posición. El ser solo difiere en ritmo, contacto y revolución. El ritmo, dice, corresponde a la forma, el contacto al orden y la revolución a la posición, porque A difiere de N en la forma, como AN difiere de NA en el orden, y Z se distingue de la N en la posición. De todos modos, estas características de los átomos, que Demócrito denomina rhysmos (ritmo), diathigé (contacto) y tropé (revolución), Aristóteles las transforma, sin ningún reparo, en schéma (forma), taxis (orden) y tesis (posición), que no dicen lo mismo. Al respecto, muchos estudiosos han subrayado que el vocabulario de los atomistas implica cualidades dinámicas, mientras que la terminología aristotélica, al contrario, sugiere un átomo estático. 

Aristóteles y Sexto Empírico, entre otros, están de acuerdo en que Demócrito le niega toda verdad a la aprehensión de los sentidos, ya que los átomos y el vacío componen la realidad profunda de todo lo ente, incluido los órganos sensoriales y de cada cosa percibida. Esto concuerda, al menos hasta cierto punto, con un fragmento de Demócrito. Este dice: “En realidad, no conocemos nada invariable, sino lo que cambia de acuerdo con la disposición del cuerpo, y de las cosas que penetran en él y de las cosas que se le oponen”. El fragmento supone que existen lo real (los átomos y el vacío) y cualidades secundarias, aparentes, y por lo tanto, conocimiento verdadero y aparente o, lo que es lo mismo, verdad y opinión. En otras palabras, las apariencias sensibles son justamente eso, aparentes, y los átomos y el vacío, el ser y el no-ser, que existe no menos que el ser, son lo único que se puede conocer ciertamente, pero no mediante la percepción ordinaria. De aquí que el átomo de Demócrito, eterno y tridimensional, infinito en número y figura, cuyo movimiento gira sin cesar en el vacío –como las partículas de polvo que se agitan en el rayo de sol, dice Lactancio en De ira dei–, la realidad real y verdadera, es cognoscible solo por la inteligencia, por aquello que Anaxágoras llamaba nous: el intelecto.

Salvando todas las distancias que se quiera, esta configuración intelectualista o parmenídea-platónica de la epistemología atomista de Demócrito se confirma en el “modelo estándar” de la física de las partículas elementales o, también, teoría cuántica de los campos, en donde los sistemas atómicos y subatómicos no son “observados” de manera empírica (o sensorial) sino a través de determinaciones operacionales y tecnologías de medición. Sobre la base del postulado de que todas las formas de energía liberan unidades de esta, llamadas cuantos (del latín quantum: “cantidad”), en mecánica cuántica se realizan cálculos de las características y comportamientos de las partículas que se han obtenido solo por mediación de instrumentos. Los teoremas cuánticos posibilitan un conocimiento técnico-matemático –vale decir, intelectivo– de las partículas fundamentales de la materia, no objetivamente de ellas mismas. Según expresa en La imagen de la naturaleza en la física actual (1955) el físico teórico Werner Heisenberg, quien se incluye a sí mismo en la tradición filosófica atomista de Leucipo y Demócrito a Pierre Gassendi, la discusión acerca de la existencia objetiva de las partículas carece de sentido, porque lo que se sabe de su estructura no se debe más, ni a nada menos, que a su interacción con los aparatos de cuantificación.   

 

Doctor en filosofía, profesor de UBA. 

La era del kitsch (Alción Editora, 2021) es su último libro

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