lunes 30 de enero de 2023
CULTURA Paradigmas kuhnianos

Filosofía en 3 minutos: Thomas Kuhn

Filósofo de la ciencia, físico e historiador, célebre por su contribución al cambio de orientación de la filosofía y la sociología científica en la década de 1960.

20-12-2022 09:58

Es indiscutible que en el habla coloquial la palabra “paradigma” (del griego paradeigma: “mostrar lo que está junto a un modelo o ejemplo”) circula como un significante vacío, un significante-comodín, lo mismo que el término “deconstrucción”, también extraído de la filosofía, apto para cumplir el papel de significar lo más variados significados. Así y todo, en comparación con el vocablo derridiano, “paradigma” tiene una haz de dispersión menos errante y caprichoso y hace de sinónimo, en general (descontando otros usos y abusos), de “ejemplo”, “ejemplar”, “modelo”, “ideal”, “patrón”, “prototipo”, “canon” o “tipo”, entre otros equivalentes. Como se sabe, el defecto de la sinonimia es la confusión conceptual, y de eso no se salva esa palabra que el epistemólogo Thomas Kuhn (1922-1996) concedió al habla corriente, porque quienes ingenuamente la aprovechan para su vocabulario ignoran que de ese modo difunden, tergiversada o deformada, una concepción del conocimiento científico con el que muchos –quizá la mayoría– no estarían de acuerdo. De hecho, la filosofía kuhniana de los paradigmas se enfrenta con respetables supuestos no solo de la epistemología clásica, sino con la imagen popular de la ciencia.   

Kuhn nació en Cincinatti, Estados Unidos, y la mayor parte de su infancia y adolescencia transcurrió entre Nueva York, Pensilvania y Connecticut, en diferentes colegios. El padre era ingeniero industrial y su madre trabajaba como correctora en una editorial y, dicen los biógrafos, que poseía una vasta cultura. En 1940, Kuhn inició sus estudios de física en la Universidad de Harvard, donde también asistió en paralelo a cursos sobre los grandes filósofos clásicos y modernos. De ellos, el que le despertó el mayor interés y quien más lo influyó fue Kant.  En 1943 obtuvo el título de Bachelor. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, en la cual participó como experto en radares, regresó a Harvard para inscribirse en el doctorado en física teórica. Por entonces, Kuhn dudaba acerca de su vocación por la física, dado a la vez concurría al programa de filosofía de la universidad. En esa época una personalidad prominente de Harvard, James B. Conant, un químico afamado, le propuso que impartiera un seminario sobre la mecánica de Aristóteles. Kuhn advirtió, lo que modificó su modo de pensar, que la física aristotélica era una teoría consistente y no un conjunto de errores científicos, un caput mortuum, como hasta el momento creía. 

A partir del estudio de Aristóteles, Kuhn comenzó a pensar que la historia de la ciencia no era lineal ni representaba una evolución continua hasta alcanzar gradualmente un conocimiento superior y más exacto. En otras palabras, descubrió que en el sucederse histórico de las disciplinas científicas sobrevenían drásticas rupturas. De modo que tomó la decisión de no dedicarse a la física sino, después de obtener el doctorado (lo haría en 1949), a la epistemología. En 1948 Kuhn se casó y viajó a Inglaterra y Francia. Allí conoció a Alexandre Koyré, filósofo e historiador de la ciencia, quien ya era muy conocido como especialista en la historia de las ideas. Al regresar de su viaje, fue admitido como Junior Fellow de la Society of Fellows de Harvard, una institución de prestigio en los círculos académicos estadounidenses. En 1956, Kuhn ingresó como profesor en la Universidad de Berkeley para dictar las materias de filosofía de la ciencia e historia de la ciencia. Poco después, publicó su primera gran obra, La revolución copernicana (1957). El libro básicamente se destaca porque es el tratado más completo hasta ese momento sobre los distintos factores –no sólo científicos–  que suscitaron el salto de la astronomía geocéntrica a la heliocéntrica. 

En 1962, Kuhn publicó La estructura de las revoluciones científicas, su escrito más relevante, en el que expone acerca de las ciencias naturales de modo tal que se aparta completamente de los enfoques epistemológicos predominantes en la época. Allí es donde plantea que las ciencias no prosperan de acuerdo con un movimiento uniforme y continuo por el empleo sistemático de un supuesto método científico, sino a través de lo que denomina “paradigma”. En los primeros años que siguieron a su publicación, La estructura de las revoluciones científicas no consiguió más que algunas reseñas en revistas de filosofía y poco estimulantes. En esos años, todavía bajo influjo del positivismo lógico, la opinión mayoritaria de los comentaristas es que Kuhn era un historiador de la ciencia, no un filósofo. El libro, sin embargo, no pasó desapercibido en el campo de la sociología de la ciencia. Esto se explica porque en el análisis kuhniano existe un sujeto sociológico que hace de soporte de los paradigmas: las comunidades científicas. Los epistemólogos, en todo caso, se interesaron cada vez más por La estructura de las revoluciones científicas, y dejaron de percibir a Kuhn como un historiador. 

Esto sucedió a mediados de la década de 1960 a partir de “la revuelta historicista” en epistemología que, en cierta medida, promovió la pensamiento kuhniano sobre las revoluciones científicas. Los filósofos de la ciencia, a consecuencia de ello, se dividieron en dos grupos antagónicos: los detractores de las tesis kuhnianas y los epígonos de estas. Aparte de Kuhn, en esta “revuelta” de la filosofía de la ciencia, Paul Feyerabend e Imre Lakatos ocuparon también un puesto protagónico. Con todo, pese a su fama en aquellos años, Kuhn estaba cada vez más enemistado con los filósofos de Berkeley (donde conoció a Feyerabend), quienes le manifestaban una gran frialdad. Por eso aceptó la propuesta de la Universidad de Princeton de desempeñarse allí como catedrático. En Princeton, donde enseñó de 1964 a 1979, se sintió más cómodo que en Berkeley, si bien seguía experimentado la incomprensión del ámbito académico en general, y en particular de los filósofos académicos, y tanto por parte de sus partidarios como de sus adversarios. En 1979, finalmente asumió en el Massachusetts Institute of Technology de Boston la cátedra de filosofía de la Fundación Rockefeller hasta jubilarse, en 1991.

En La estructura de las revoluciones científicas, Kuhn presenta una nueva teoría del conocimiento científico y en franca oposición con la que hasta entonces dominaba en epistemología. De todos modos, algunos comentaristas han observado que la filosofía de Kuhn no era tan nueva y que había varios antecesores como Koyré y el médico y filósofo Ludwik Fleck (conocido porque en los años 30 propuso el concepto de “colectivo de pensamiento”, comparable con el de paradigma), entre otros. Desde este punto de vista, la perspectiva de La estructura de las revoluciones científicas es “casi” completamente nueva. En síntesis, según Kuhn, el principio de la actividad científica no reside ni la inducción (como piensan los positivistas lógicos) ni en la deducción (como creen los falsacionistas). En Kuhn, existen dos tipos de períodos en absoluto diferentes en la historia de una rama científica: en términos kuhnianos, los de la ciencia normal y los de ciencia revolucionaria. Los primeros son mucho más dilatados que las fases revolucionarias. Estas, al contrario, se producen en plazos más bien breves (por ejemplo, las teorías de la relatividad de Einstein). En la ciencia normal, la tarea de los científicos se concentra en lo que Kuhn denomina “resolución de rompecabezas” (puzzle-solving).

Lo que define un ciclo de ciencia normal kuhniano es que la modalidad de investigación científica se halla íntegramente sometido a una estructura conceptual muy general y un tanto difusa, la cual los científicos jamás o en pocas oportunidades ponen en cuestión y que se transmite sin reformas de fondo de una generación a otra. En la primera edición de La estructura de las revoluciones científicas, Kuhn usa “paradigma” para designar esa estructura. Al poco tiempo de la publicación del libro, varios comentaristas  criticaron el sentido por demás vago y dudoso de este término. Kuhn reconoció estas impugnaciones –a decir verdad, algo de cierto había en ellas– y formuló en el apéndice a la segunda edición de su libro (escrito en 1969) otra denominación para el concepto que pretendía significar: “matriz disciplinaria” y, además,  intentó precisar sus elementos esenciales. 

En primer lugar, están las generalizaciones simbólicas necesarias para la investigación, ya que establecen la clase de leyes empíricas que se debería enunciar para explicar los fenómenos. Con frecuencia aparecen en los libros de enseñanza en forma matemática (por ejemplo, f=m·a en el caso del paradigma newtoniano), aunque a veces también se expresan en palabras del lenguaje natural. En sí mismas, estas formulaciones prácticamente carecen de contenido empírico y, por consiguiente, no son verificables ni falsables, pero indican cómo hay que adoptar toda ley con relación a lo empírico para que se inserte dentro del paradigma. El segundo componente es el “modelo”. Se trata de una visualización intuitiva del dominio investigable y orienta sobre qué cosa buscar en una dirección determinada. Kuhn distingue dos variedades, los que constituyen simetrías heurísticas –esto quiere decir que no se consideran representaciones correctas de la realidad–, y los modelos ontológicos –se supone que reflejan la realidad objetivamente–. En cualquiera de los dos casos, no solo regulan la investigación, sino a la vez permiten dilucidar si la solución de un problema es o no admisible para la comunidad científica. 

El tercer ingrediente de los paradigmas son los valores normativos (eliminados por Kuhn en La tensión esencial, publicado en 1977). En otras palabras, criterios internos o externos a la investigación científica para evaluar la teoría o los resultados experimentales. Entre los internos se encuentran la simplicidad de las leyes formalizadas, su coherencia con otras o la exactitud en las mediciones. Entre los criterios externos figuran la utilidad social o económica de la investigación o su afinidad con ciertos juicios metafísicos o religiosos aceptados por la comunidad. Al cuarto elemento Kuhn lo denomina “ejemplares”, es decir, casos concretos de aplicación de las leyes que, de ahí en más, fungen como ejemplos. Los ejemplares implican objetivaciones específicas del paradigma que sirve para la resolución de rompecabezas, y para encontrar otras zonas de aplicabilidad. En ocasiones no va más allá de los primeros ejemplos históricos del paradigma. En otros, los ejemplares disponen de patrones típicos de utilización del aparato paradigmático. Las generalizaciones simbólicas dependen de los ejemplares. Las primeras solo introducen esquemas de muy pobre significación empírica, la cual amplían solamente cuando logran construir a los segundos como casos de aplicación de las leyes que ellas mismas han infundido. La importancia de los ejemplares proviene de soluciones ad hoc que demuestran la eficacia del paradigma para explicar la realidad en una fase de ciencia normal. 

En estos períodos suelen aparecer de vez en cuando fenómenos que, a pesar  de la voluntad de los investigadores, se resisten a la aprehensión del paradigma. Para la epistemología popperiana, esto supone rotundamente un episodio de falsación. Por el contrario, para Kuhn nada de eso ocurre en la práctica histórica de la ciencia normal. Recién cuando las irregularidades y desajustes se incrementan y, en especial, cuando surgen en un sector significativo para la disciplina, los investigadores empiezan a dudar del paradigma, y éste entra –o puede entrar– en crisis. Como sea, una de las tesis de Kuhn es que no se renuncia a un paradigma si los científicos no cuentan con otro para reemplazarlo. No pocas veces, la anormalidad se resuelve con la metodología paradigmática vigente y en otras una fracción de la comunidad científica empieza a desconfiar seriamente de ella. Es en esa situación cuando puede generarse (o se genera) una revolución científica: la sustitución de un paradigma por otro. 

Está claro que la epistemología kuhniana de los paradigmas (o matrices disciplinarias, como se quiera) rompe con múltiples supuestos no solo de la filosofía de la ciencia previa a su emergencia, sino –lo que es más sugestivo– con la imagen tradicional de la ciencia. Esta dice que el conocimiento científico evoluciona a través de una serie de teorías y procedimientos que postulan algo verdadero acerca de la realidad, y que, con el tiempo, esa verdad se profundiza. Para Kuhn esto es un mito. El nuevo paradigma es tan diferente del anterior que no se puede decir que uno y otro se refieran a los mismos objetos. Con todo, Kuhn no afirma que, en una revolución científica, los dos paradigmas en pugna no tengan ningún vínculo entre sí. Los paradigmas enfrentados dentro de la misma disciplina establecen entre ellos una peculiar relación de inconmensurabilidad, esto es, son inconmensurables el uno al otro. Esta tesis acerca de lo inmensurable de los paradigmas confrontados en una revolución científica (compartida con Feyerabend) ha provocado que muchos comentaristas rechacen su idea general de la ciencia como un craso relativismo epistemológico. 

No obstante, Kuhn declara en muchos de sus textos que él no defiende un relativismo epistemológico, en cuanto de la inconmensurabilidad de los paradigmas no se sigue que sean incomparables. Pero no deja de parecerse mucho a un relativismo, desde luego, en cuanto pone en cuestión la noción misma de verdad. Por otra parte, Kuhn no niega que haya progreso científico en cierto sentido, pero es un perfeccionamiento meramente técnico en el que la ciencia tiende a operar cada vez mejor, con mediciones cada vez más exactas y congruentes y de mayor extensión. Por consiguiente, de ahí no se concluye, de ningún modo, como cualquiera puede darse cuenta, que el desarrollo científico transita un proceso racional y homogéneo que al final conduce a la verdad definitiva, última y universal. Ese es, en suma, el mensaje epistemológico que encierra el significado kuhniano de la palabra “paradigma”, cuya sinonimia indiscriminada en el habla coloquial no sabe ciertamente lo que dice. 

   

 

*Doctor en filosofía, profesor de UBA. 

La era del kitsch (Alción Editora, 2021) es su último libro

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