En el último prólogo de La voluntad, de Eduardo Anguita y Martín Caparrós, uno de los libros fundamentales para entender el golpe militar de 1976, y los últimos cincuenta años que removerán pesadillas pero también sueños en este mes de marzo, Caparrós subrayaba que la historia de la dictadura se había escrito por los derrotados, con la complacencia de los poderosos, y que en 2013 la verdad pública se encontraba en pugna. Para 2026 esa verdad, que alcanzó fuerza argumentativa y simbólica en responsabilizar a las Fuerzas Armadas de instaurar el terrorismo de Estado, aceptada por la sociedad civil y en la arena política, empieza a escabullirse entre los agujeros de las redes y de las generaciones cada vez más ajenas a las imprescriptibles lecciones del señero Nunca más. En este complejo contexto de negacionistas en el poder e impensados detractores de los derechos civiles, las editoriales proponen novedades y acciones colectivas que inauguren e imaginen, una y treinta mil veces más, en palabras de Olimpo, de Blas Matamoro, “un cielo inédito presto para recibir los inéditos mitos del futuro, que mueven al feligrés en duelo por su camino hacia la tierra de los hombres”.
Estas líneas pueden leerse 50 años después en la recuperación de la editorial Blatt & Ríos de ensayos, que tienen la triste mancha de haber sido de los primeros que prohibió la dictadura, el 6 de septiembre de 1976, en nombre de restablecer “la vigencia de los valores de la moral cristiana, de la tradición nacional y de la dignidad del ser argentino”. Como tantas otras publicaciones secuestradas y quemadas, aquí el crítico y narrador Matamoro exponía a los ídolos populares constructos del capitalismo que “profaniza todo”, era uno más de los cientos de títulos censurados que se recuerdan en otra novedad, 76, de Felipe Pigna (Planeta). Haciendo un repaso de los libros y autores vedados por los alcances del Acta del 24 de marzo de 1976 y la Ley 20.840 de Seguridad Nacional –sancionada por el gobierno constitucional de Isabel Perón en 1974–, se rescatan estas palabras de Laura Devetach, rememorando la incineración de ejemplares del infantil La torre de cubos por “crítica a la organización del trabajo, la propiedad privada y el principio de autoridad”. Reflexionaba Devetach, premiada en la italiana Feria de Bologna: “Querían que habláramos y viviéramos en blanco y negro. Querían penetrar en el espacio poético donde están las cosas inalienables, neutralizar el lenguaje, no dejar ni un rastro del registro en palabras de la pobreza social, de la posibilidad de otro mundo. Mataban palabras y mataban personas. Pero vamos a seguir afirmando con Juan Gelman: A pesar de los genocidas la lengua permanece, sortea sus agujeros, el horror que no puede nombrar”.
Desaparecida dos veces, de Teresa Donato (Seix Barral), cuenta la travesía de la oficial montonera Ana María Massochi, hoy una abuela que necesita recordar a sus nietos e hijo los aciertos y errores de su generación, y comienza a sacar del pozo lo que no se podía hace medio siglo. Aunque algunas púas lacerando, se velan nombres como el del represor que secuestró, violó y mantuvo en libertad amenazada a Massochi, “Está vivo. Pidiendo libertad condicional. Hay un rumor que dice que dicen que el 24 el presidente Milei libera represores. Yo creo que lanzan el rumor para ver cómo pega. La verdad es que tengo miedo. Me da miedo. Por ella. Por mí. No quiero ni pensar la marcha del 24 de marzo. No será igual llevar la bandera con las fotos de los desaparecidos”, cierra la autora de una no ficción que indaga la memoria colectiva desde las subjetividades, en la terra aún incógnita de las esquirlas de la violencia política en la psicopatología familiar como en El árbol del coyote, la última ficción de Federico Lorenz (La Flor Azul). Ambos relatos comparten miedos y pérdidas pero también los gestos mínimos de humanidad que resultaron hechos concretos de resistencia.
Lo que es más que la suma de sus partes. En el nuevo milenio, una de las novelas que mejor indagaron el imaginario social de la dictadura, en una creciente lista que incluye Los topos, de Félix Bruzzone, y La casa de los conejos, de Laura Alcoba, y cómo el pasado próximo continúa operando sobre el presente, fue la ganadora en 2005 del Premio Internacional Dos Orillas, El colectivo (Edhasa), de Eugenia Almeida. Una edición largamente agotada en 2007, a casi veinte años nuevamente disponible, esta novela debut de la hoy reconocida escritora cordobesa “comenzó con la imagen de dos mujeres y un hombre cruzando las vías del tren, cargando unas valijas. De esa escena empezó a desplegarse una historia. No sabía que esa historia transcurría durante la dictadura. Fue algo que apareció durante la escritura”. Almeida tira de las cuerdas de una sociedad enraizada aún con diferentes formas de sometimiento, incluso en las zonas y personas menos pensadas. “En el caso del personaje de Marta quizá lo que está en juego es lo complejas que somos las personas. Haber sido víctima de violencia no te pone a salvo de ejercerla. Basta mirar la situación política internacional para corroborarlo”, comenta la narradora y periodista sobre la esposa del autoritario abogado Ponce, “Marta se acota en la ficción de cruces poéticos y climas despojados, es de esos muñequitos de lata a los que alguien da cuerda de más. Se oye un trac”. Y no pasan la barrera, quedan del peor lado, y son una mancha en los caminos clausurados, un desperdicio, aunque se resisten a sumergirse en las aguas del olvido por los lazos de la memoria, los de las convicciones que supimos obtener, con pérdidas terribles de una generación entera masacrada, y frecuentemente también los lazos del afecto.
Entre las nuevas miradas sobre la dictadura se encuentra la de Mariana Tello Weiss en Fantasmas de la dictadura. Una etnografía sobre apariciones, espectros y almas en pena (Sudamericana), sobre los restos anímicos del exterminio orquestado a partir de 1976. “Algunas personas conocedoras del tema pero mucho más jóvenes, nacidas en democracia, leyeron los borradores de este texto. Dijeron, abrumadas, que a veces olvidamos, o no conocemos, lo que implica la desaparición como experiencia, lo que implicó en el origen, antes de ser domesticada en acciones de lucha, transformada en relatos coherentes. Los fantasmas son un recordatorio de su origen, del corazón de esas tinieblas, de que algo debe ser hecho con ellos, con la injusticia de la que han sido objeto”, finaliza la antropóloga especializada en violencias y derechos humanos, desaparecida cuando era una bebé junto a su madre en 1976, éste su trabajo muy arriesgado materializando reales a los fantasmas que aún controlan nuestra cotidianeidad y proyectan sus sombras a las nuevas generaciones.
Una invitación del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) y Siglo XXI para pensar un libro destinado a los adolescentes se transformó en Avisale a mi mamá, de Mónica Zwaig, con siniestras IA, adultos del “no te metas” y personajes callados por 50 años. La autora de Una familia bajo la nieve (Blatt & Ríos), novela que bosqueja cómo formar una familia en el exilio, sostiene que “la manera de abordar los crímenes de la dictadura cambia siempre porque, a medida que va pasando el tiempo, se van procesando los temas de manera diferente, se abren otras preguntas, se descubren otras pruebas, otros crímenes. Me intriga mucho y me da mucha confianza también ver cómo van a tratar estos temas las siguientes generaciones, con su propio lenguaje y sus intereses. En cuanto a la memoria, siempre vamos a enfrentarnos a la pregunta de cómo mantener la memoria viva. Creo que hay un montón para hacer todavía, no solo para investigar sino también para difundir, procesar y crear lenguajes que respondan al presente”, indica.
El poder faccioso ahogado en su salsa legalista. Golpe militar y dictadura en Argentina (1976-1983) Sur, paredón y después…, del historiador académico Carlos Malamud (Catarata), se detiene en los años de plomo en el planteo de renovadas preguntas: ¿cómo definir el golpe y el gobierno posterior? ¿Fue una dictadura de seguridad nacional, militar o cívico-militar? ¿Cuáles fueron los distintos tipos de violencia?, y otras maneras de entender a una sociedad que permitió que “los jefes de la dictadura más sangrienta que conoció Argentina supieran destruir cuanto se puso a su alcance”. Pero esa destrucción precisó de leyes de base. Este es el foco de la inédita investigación de Emilia Simison y Alejandro Bonvecchi en Cómo gobernó la dictadura. Facciones, instituciones y políticas en el Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983) (Edhasa), que analiza los escasamente indagados archivos de la Comisión de Asesoramiento Legislativo (CAL).
Integrada por militares de rango medio de las tres Fuerzas Armadas, las sesiones se llevaban a cabo en el edificio del Congreso y participaron civiles en asesoría, taquígrafos y tareas de apoyo, señalan los autores de carreras en universidades londinenses y porteñas respectivamente. “En ese lapso se discutieron más de 2.100 proyectos de ley y se sancionaron más de 1.650 leyes. Estas incluyeron leyes importantes que siguen mayormente en vigencia como la Ley de Entidades Financieras. El funcionamiento de la CAL afectó significativamente al régimen porque sus reglas forzaron a las Fuerzas y a sus facciones a consensuar los contenidos de las políticas públicas. Como las preferencias de las facciones eran bastante divergentes, muchas políticas fueron bloqueadas y muchas otras modificadas sustantivamente. Eso impidió la hegemonía de una facción sobre las demás y fue sesgando la trayectoria del régimen, eliminando cursos de acción posibles y facilitando los que llevaron a su colapso”, afirman Simison y Bonvecchi, y no solamente del régimen, sino de la sociedad entera, entrampado en una hiperlegislativa dictadura “que no permaneció aislada de la influencia civil ni operó de manera consistente como agente de ningún sector económico”, contrariamente a las interpretaciones corrientes de la transición constitucional de los ochenta y militante de los dos mil.
“La política faccional del Proceso llevó a que los neoliberales no pudieran imponer sus políticas fiscales preferidas sobre los gobiernos provinciales, ni sus políticas comerciales preferidas sobre los desarrollistas, ni evitar que los banqueros, aliados a las demás facciones del régimen, modificaran la Ley de Entidades Financieras para establecer y proteger la garantía de los depósitos que derivó en la crisis de 1980”, apuntan los investigadores desmitificando la discrecionalidad de los dictadores y, en simultáneo, que las políticas de Martínez de Hoz fueran las dominantes, “En política institucional, los politicistas no consiguieron imponer a las demás facciones su estrategia de apertura política ni su respuesta preferida para las consecuencias de la represión, ni lograron controlar la política de defensa, ni evitar que los duros destituyeran a Viola y se embarcaran en el curso que llevaría al fin del régimen”, demarcan Simison y Bonvecchi el punto en que nació nuestra democracia, amenazada y derrotada, que además padece en la actualidad el debilitamiento de los derechos civiles por el nuevo orden global.
“En las democracias actuales, la política no prescinde del uso de la fuerza, como nunca lo ha hecho, pero la permisividad de cada sociedad y su gobierno respecto de la penetración de los intereses corporativos y de la articulación de las prácticas ilegales con las instituciones puede ser decisiva en el incremento de los niveles de violencia”, advierte Pilar Calveiro en el nuevo posfacio de su clásico Política y/o violencia (Siglo XXI).
Políticas editoriales. “Las marcas del terrorismo de Estado en la historia misma de la editorial están, no pueden negarse. Desde el allanamiento de las oficinas en 1976, que forzaron al cierre y al exilio de buena parte del equipo, esas marcas son parte de nuestra historia y de nuestra agenda de prioridades, que a su vez se vincula con la concepción fundacional de la editorial, en 1965 y con Arnaldo Orfila Reynal a la cabeza, como un proyecto cultural y político”, destaca Ana Galdeano, editora de Siglo XXI, y enfatiza que “con el regreso del 2000 el desafío fue y es evitar cualquier flexión autorreferencial y convocar a las voces más interesantes que, desde la reconstrucción histórica o el ensayo de discusión, puedan volver sobre ese período para contarlo en toda su complejidad y también para problematizar los procesos de memoria”. Además de las novedades de Pilar Calveiro y Mónica Zwaig, presenta la editora la de Valentina Salvi y Luciana Messina Qué están haciendo las derechas con los 70, donde se pregunta por qué la etiqueta de “negacionismo funciona más como un tapón que como un disparador para entender las operaciones gubernamentales y el discurso de sus influencers, streamers y, sobre todo, del pujante activismo juvenil libertario”, resume.
En colectivo a esta decisión de Siglo XXI de recordar sin ambages el 50 aniversario del golpe, se suman otras iniciativas como la del Fondo de Cultura Económica, con sus libros de la buena memoria a precios módicos y charlas gratuitas en “Marzo 76/26. Historia, memoria y literatura para entender el pasado y discutir el presente” hasta el 31 de marzo, en el local de Costa Rica 4568, y donde se presentará ese último día la novedad de En contra del bien, de Hernán Brienza. La editorial Marea, que viene desde hace veintidós años consolidando el objeto libro en espacio de reflexión y transmisión generacional de la memoria, publica en marzo cinco novedades y comienza con presentaciones de libros, diálogos y encuentros en este año para “no retirarse ni dejar el campo libre para que avancen los discursos negacionistas”, remarca la directora del sello, Constanza Brunet.
“El interés por los libros sobre la dictadura fue fluctuando desde el comienzo de Marea, en 2003. Pero siempre hay un público interesado y son apuestas a largo plazo, long-sellers que tenemos por décadas en el catálogo. Últimamente nos planteamos un nuevo desafío, llegar a las nuevas generaciones, por eso lanzamos la colección ¿Cómo Fue? para jóvenes lectores y también publicamos en 2025 nuestra primera novela gráfica, Murales. Una historia sobre Santiago Maldonado, de Daniel Feierstein y Juan Soto”, comenta la compiladora junto a Debret Viana de una de sus novedades, Dijimos nunca más, con prólogo de Taty Almeida y Adolfo Pérez Esquivel. “Son 80 voces, la mayoría autoras y autores de la editorial, pero también referentes de derechos humanos, maestros que nos enseñaron a pensar el genocidio, los crímenes de lesa humanidad, el robo de la identidad”, adelanta Brunet.
“El ojo en la tormenta, además de ser una historia apasionante que no se puede largar hasta la última página, es muy importante por la figura de Víctor Basterra”, acota sobre la minuciosa investigación de Pablo Corso, que revaloriza al fotógrafo que conservó la “quinta copia”, aquellas tomas que expusieron la dimensión siniestra de la rapiña y el genocidio, “Sin su accionar, no habría pruebas gráficas de lo que sucedía dentro de la ex-Esma. Sin esos elementos y su testimonio, las pruebas en contra de las cúpulas militares en el Juicio a las Juntas no hubieran sido tan contundentes. Fue un valiente en un contexto tremendo, que nos enseña que la acción humana siempre puede marcar una diferencia en cualquier contexto. Esto también toma otra dimensión en este momento histórico”, remarca.
“Mi necesidad de justicia era superior”. “Miedo siempre tuve. Pero mi necesidad de justicia era superior a eso”, dijo Víctor Basterra mirando fijo al defensor de los asesinos el 22 de julio de 1985 durante el Juicio a las Juntas. Siguen sus palabras resonando, al igual que las que se escuchan en 50 historias de juicios por la dictadura en Argentina (La Retaguardia) y en Los martes Adelina (Ediciones Bonaerenses). “No tengo una respuesta sobre cómo construir con ese pasado pero sin duda el proceso de Argentina de consolidación de democracia, búsqueda de la verdad y de la justicia y memoria es de los más fuertes del mundo, y creo que todavía queda mucho por hacer. En ese sentido, todas las artes cumplen un rol fundamental para analizar y seguir pensando ese pasado”, señala Mónica Zweig, autora con Félix Bruzzone de la singular obra teatral Cuarto intermedio, sobre los juicios. Y agrega Eugenia Almeida: “En ese contexto de violencia y crueldad desde el poder político y económico, creo que quienes trabajamos por la defensa de los derechos humanos enfrentamos el gran desafío de hacer hoy todo lo posible para que se cumplan (son vulnerados todos los días, de una manera abrumadora) y, a la vez, pensar en nuevas formas de transmisión a las generaciones más jóvenes –que nacieron en democracia– para compartir con ellos lo que pasó en aquellos años y la herencia latente de esa violencia”, puntualizando la narradora que “tenemos una democracia joven que debe ser protegida de embates autoritarios. Imaginar estrategias para contrarrestar lo que nos proponen: tierra arrasada para alimentar a los buitres”. “Ir a la marcha del 24 pero no a la defensiva”, se ilusiona Ana Galdeano, retomando la apuesta de la socióloga Marcela Perelman, “en un contexto tan hostil y con un discurso oficial tan agresivo, no sé si eso es posible. Pero la sola propuesta de salir de la posición defensiva me parece que abre y oxigena”.
“La dictadura nos dejó una sociedad rota, con una generación desaparecida, con cientos de personas que viven aún hoy con su identidad robada. En ese sentido la acción de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo fue revolucionaria, como la de los organismos de derechos humanos. Hacia el futuro, estas son las bases sobre las que construir. Volver al Nunca Más es construir futuro en la verdad”, redondea Constanza Brunet. Se impone la esperanza en la constelación de estos nuevos libros de que dando testimonio en tiempos difíciles se venza al “terror que se basa en la incomunicación”. Lo decía Rodolfo Walsh para la Agencia de Noticias Clandestinas en diciembre de 1976, meses después de la muerte de su hija, Victoria, Vicki, y semanas antes de desaparecer. Walsh aparece modelo a 50 años del golpe en una realidad virtualizada, opresiva y fragmentada. Rompa el aislamiento, derrote el terror, haga circular esta información.