Este texto resulta armado de paciencia, de espera. Rodolfo, protagonista de esta novela, se constituye como pedazos dispersos de un espejo anamórfico. Poco a poco, aflora su síntoma, más atenuado –por tanto, ya no tan molesto–, al punto que la recurrencia de lo imprevisible y sorpresivo es otra forma más del relato, ubicando la geografía en los sueños. Así, lo onírico forma parte de un juego, donde reemplaza el monólogo interior, destacando una materia vívida. También: resulta aceptable para el lector, es decir, incorpora estas intervenciones lúdicas como hábito indispensable. Rodolfo es esa forma ambigua de sorpresa lúcida e internalización delirante.
De hecho, estamos ante un devenir controlado por la escritura. Recuerda al gran Italo Svevo, el amigo de Joyce. Diario de un duelo tiene tramos exasperantes, donde la lectura queda adherida a ese demonio recurrente de la incertidumbre postergada. Y así entran los fantasmas, porque los otros –con sus máscaras: familiares, esposa, hijas, compañeros y amigos– habitan la narración como sombras que se pierden en esas fracciones de intimidad desmembrada que son los inestables recuerdos de Rodolfo.
A su vez, existe una crónica de las imposibilidades personales, qué hace al destino existencial una suma de acontecimientos muy lejos de la pátina con que la conciencia los disfraza para apaciguar los reclamos íntimos. Es decir, la trama expone esa indefensión del ser, incluso la inmovilidad como respuesta. Si todo ocurre, de forma casual o no, lejos estamos de dominar una situación, de esa soberbia social defensiva. Y en eso, Alas recurre a la crudeza: el hombre cree acceder al amor, a la lucidez, a la integridad, pero la apariencia es un engaño temporal, lo frágil es la substancia de la vida misma.
Diario de un duelo lleva el pesar ineludible por la madre, que es todas las madres escapando de la maternidad, acaso espantada por los años a merced de un lazo que ahoga. En la contratapa de la edición, Luis Gusmán (en la tradición de Luis Chitarroni al recomendar una lectura), traza referencias: “Quiero nombrar algunas madres de la literatura. La de Proust, en la que el niño esperaba hasta que se le cerraban los ojos para que le leyera y le diera el beso de las buenas noches. La madre en la novela de Elio Victorini: Coloquio en Sicilia, en donde el hijo viaja en tren desde Milán hasta Sicilia; una conversación con su madre que ha sido abandonada por el padre. La inolvidable Addie, la madre de Mientras yo agonizo de Faulkner, en que los hijos carpinteros construyen y clavetean su ataúd, tan cerca de ella que hasta sospechamos que escuchó esa música fúnebre al ritmo sureño de su corazón que dejaba de latir.”
En esta novela sorprende el cierre, el final. El tío es a la vida de Rodolfo un intruso de la duda inicial, definitiva, que tiene que ver con el linaje de los que se pierden en sí mismos, en el valor inabarcable de un nombre, sin ser fórmula divina, ni pasaje a la eternidad, sino marca tan distintiva como incierta.
Diario de un duelo
Autor: Hugo Alas
Género: novela
Editorial: Paradiso, $ 28.000