En la penumbra de un set de filmación o en la pausa de un ensayo teatral, el actor Ricardo Darín suele destilar una parsimonia que confunde a los ambiciosos. Para el resto del mundo cinematográfico, el éxito es una flecha que siempre apunta hacia el Norte, hacia ese epicentro de colinas blancas y carteles de neón llamado Hollywood.
Sin embargo, para el hombre que encarnó la picardía argentina en Nueve Reinas, la brújula parece tener una calibración distinta, una que se rige más por la temperatura del agua de su casa que por los flashes de la alfombra roja. La historia del "no" más famoso del cine nacional no fue un arrebato de soberbia, sino una lenta decantación de principios que comenzó a gestarse cuando la industria estadounidense, golpeó su puerta tras el fenómeno de El hijo de la novia.
La propuesta era, en los papeles, irrechazable: un papel de peso en una superproducción junto a Denzel Washington, bajo la dirección de Tony Scott. El proyecto era Man on Fire. Sin embargo, cuando Darín leyó el guion, se encontró con el mismo muro de siempre, esa frontera invisible que Hollywood levanta para los talentos que vienen del sur. Los productores querían que fuera un narcotraficante mexicano. Aquella tarde, en una oficina que olía a contrato millonario, Darín hizo la pregunta que nadie se atreve a hacer en la cima: "¿Por qué?". ¿Por qué, si el mundo es tan amplio, los latinoamericanos siempre deben ser los que gatillan, los que trafican o los que mueren en el primer acto?
La respuesta de los ejecutivos fue el silencio o, peor aún, la indiferencia del mercado. "Es lo que hay", parecían decirle. Pero Darín, que ya para entonces conocía el peso de su propia firma, decidió que no necesitaba ese dinero si el precio era participar en una caricatura de su propia identidad. No era una cuestión de presupuesto, sino de dignidad artística; no quería ser el villano de turno en una historia que no le pertenecía.

La soberanía de la pileta llena y el agua caliente
El regreso a Buenos Aires no fue el de un derrotado, sino el de alguien que ha salvado su propia piel del engranaje de una industria que suele triturar personalidades para escupir productos. Meses después, en una entrevista televisiva que quedó grabada en el inconsciente colectivo, el actor desarmó la lógica del capitalismo artístico con una sencillez que rozaba lo filosófico. Frente a un interlocutor que no terminaba de entender cómo alguien podía rechazar una montaña de dólares y el estatus de estrella global, Darín lanzó su sentencia de las "dos duchas calientes".
Explicó que su ambición estaba satisfecha: podía comer bien, tenía el cariño de los suyos y, fundamentalmente, podía bañarse con agua caliente cuando quisiera. "¿Para qué quiero más?", se preguntó, dejando al desnudo la angustia de quienes acumulan sin propósito y recordándonos que el tiempo es la única moneda que no se recupera.

Esa decisión marcó un antes y un después en la percepción del cineasta argentino y su lugar en el mundo. Darín no solo se quedó en su país, sino que se convirtió en el motor de una industria que aprendió a hablarle al mundo desde lo local, sin necesidad de impostar acentos ni de pedir permiso en Los Ángeles. Mientras sus contemporáneos lidiaban con contratos de exclusividad, agentes voraces y el desarraigo de vivir en hoteles de lujo en Santa Mónica, él prefería caminar por la calle Corrientes, sentarse a tomar un café en la esquina de siempre y elegir guiones donde el conflicto no fuera la nacionalidad, sino la compleja y contradictoria condición humana.
El tiempo terminó dándole la razón de la manera más contundente posible, como si el destino quisiera premiar su terquedad. En 2010, sin haber filmado un solo minuto en los estudios de California para esa industria que lo pretendía encasillar, subió al escenario del entonces Kodak Theatre para ver cómo El secreto de sus ojos se llevaba la estatuilla dorada, el Oscar. Fue la confirmación de que no hacía falta mudarse para ser universal, ni claudicar ante estereotipos para ser respetado por la Academia. Su negativa a Hollywood fue, en realidad, un sí rotundo a sí mismo, a su lengua y a esa extraña libertad que solo poseen aquellos que saben exactamente cuánto necesitan para ser felices.
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Hoy, se percibe esa integridad; la de un actor que sabe que el verdadero éxito no es que te conozcan en todo el mundo, sino poder caminar por tu barrio con la tranquilidad de quien tiene el termo listo para el próximo mate.
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