No hubo partido. Fue paliza. O baile. La actuación para guardar en un cofre de un equipo y la del otro para analizarla en un diván. Un San Lorenzo consciente, propositivo, veloz y preciso; Gimnasia tendrá que hacer catarsis: venía de sufir una injusticia arbitral en el clásico que le había costado el empate, pero ayer protagonizó un oprobio. El Ciclón fue la encarnación de su apodo cuando arrasó a un rival perplejo, con futbolistas que parecían de papel. A su paso, el ahora líder marcó la superioridad con clase y a otro ritmo. La foto de Gonzalo Verón tirando la pelota hacia adelante sin que ninguno de los dos defensores que lo intentaban pudiesen detener su marcha refleja el juego de las diferencias; después, Piatti puso el pie para el primer gol. San Lorenzo fue vertical, toque, ole, inteligente, profundo, ole, solidario, ordenado, ole. Gimnasia, lo contrario: miró el partido pasar.
El plan perfecto. A San Lorenzo se lo puede explicar por lo que hizo; un repertorio exquisito. También, por cómo prohibió a Gimnasia. La primera señal de que el equipo de La Plata estaba en cancha la dio Ignacio Fernández, recién a los 37 minutos. Más de media hora de inercia y desidia en un contexto de show tinellizado para un San Lorenzo pico de rating. Gimnasia, casi la nada, asomó con ese remate de uno de sus volantes. A esa altura, el equipo local ganaba con la comodidad que no otorgaba la chapa del resultado. Los argumentos sólidos descansaban en el esquema ídem: doble cinco de memoria, con Mercier-Ortigoza; doble conducción, con Romagnoli-Piatti; y doble espada para agujerear la defensa, con Correa y Verón. Atrás, los laterales suben pero nunca quedan vacías sus espaldas. Alvarado acomoda y juega y, encima, Mercier es el comodín que equilibra el universo. Sin Cauteruccio, el nueve es el espacio.
La fiesta. Leandro Romagnoli sale y la gente lo ovaciona. Ya Alvarado había anotado su golazo y Piatti había picado una jugada que arrastraba toques exactos. San Lorenzo golea y Pipi se golpea el corazón. Los hinchas cantan. Aplauden. Y mientras retumban los ecos, Correa revienta el travesaño. El equipo de Pizzi no se confunde ni se relaja, más allá de que sus hinchas le endulzan los oídos. San Lorenzo es un ballet en una tarde mágica pero no abandona la esencia; el equipo práctico y concentrado no comete deslices. Sólo Pizzi da muestras de que el partido está terminado cuando todavía falta un cuarto de hora. Pero así y todo es imposible que Gimnasia tenga sus quince minutos de fama. A la salida de Romagnoli, el DT le suma las de Piatti y Verón. San Lorenzo termina sin sus tres jugadores más desequilibrantes. Hacía rato que había aplastado el partido bajo su suela.